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Abandonaron a su padre anciano, que vivía solo en el campo. Los tres hijos se habían ido a la ciudad, formaron su propia familia, tuvieron hijos, y durante tres años completos no regresaron ni una sola vez. Solo cuando se enteraron de que su padre había vendido la casa por una buena cantidad de dinero, se apresuraron a volver… pero al llegar a la entrada del pueblo, un vecino les dio una noticia que los dejó completamente pasmados, incapaces de creer lo que oían…

Capítulo 1 – El Silencio del Campo

El sol apenas comenzaba a despuntar sobre los cerros de Oaxaca, iluminando los campos de maíz que se mecían suavemente con el viento de la mañana. En un pequeño pueblo, donde las casas se alineaban a lo largo de caminos de tierra polvorienta, Don Ernesto, de 78 años, encendía su cafetera de barro en la cocina de su vieja casa de madera. Cada gesto suyo parecía marcado por la rutina: preparar el café, mirar por la ventana los primeros rayos del sol y saludar a los pocos vecinos que pasaban rumbo al campo.

—Buenos días, Don Ernesto —saludó Martín, un niño del vecindario, mientras cargaba su canasta de huevos.
—Buenos días, pequeño —respondió el anciano, esbozando una sonrisa que apenas borraba la nostalgia en sus ojos—. ¿Y tu hermana, Mariana?
—Todavía dormida, dice mamá que no me despierten —contestó el niño, riéndose—.

Don Ernesto asintió y volvió a mirar su jardín, donde las plantas de tomate y chile crecían con cuidado. Cada hoja, cada flor, parecía recordarle a los hijos que había dejado atrás. Alejandro, Marisol y Diego: tres adultos que habían partido hacia Ciudad de México, en busca de mejores oportunidades, dejando al padre solo en la soledad del pueblo.

Esa soledad no era amarga, pero sí constante. Cada tarde, mientras las sombras del monte se alargaban sobre los caminos, Don Ernesto se sentaba en el porche con su café y observaba a los niños jugar, imaginando que uno de sus hijos regresaba a saludarlo, aunque fuera por un instante.

Una tarde, mientras revisaba unas cuentas viejas, un hombre bien vestido de la ciudad apareció en la puerta.
—¿Don Ernesto? —preguntó con un tono que mezclaba respeto y urgencia.
—Sí… ¿y usted es? —inquirió el anciano, con curiosidad y precaución.
—Soy señor Herrera, empresario. He oído que quiere vender su casa. Estoy dispuesto a pagarle una suma importante.

Don Ernesto lo miró un momento, evaluando, y luego, con la serenidad que le daba la edad, asintió:
—Bien… podemos hablar de eso dentro.

Esa noche, después de que el hombre se marchara, Don Ernesto se sentó frente a la chimenea, la carta de intención sobre la mesa, y pensó: “Tal vez es hora de cerrar este capítulo.” No se trataba solo del dinero; era un acto de liberación, una decisión de vivir el tiempo que le quedaba sin depender de otros.

En Ciudad de México, mientras tanto, Alejandro revisaba su correo electrónico, Marisol atendía llamadas de trabajo y Diego planeaba el fin de semana con su familia. Fue Alejandro quien gritó primero:
—¡Chicos, miren esto! ¡Papá ha vendido la casa!

Los tres se quedaron en silencio un momento, cada uno procesando la noticia a su manera. Marisol frunció el ceño:
—¿Cómo es posible que no nos haya llamado? —preguntó, con un hilo de culpabilidad en la voz.
—Tal vez ya no le importamos tanto —susurró Diego, aunque rápidamente se sintió culpable por pensar eso.
—No, no… esto significa que todavía podemos… bueno, no sé, recuperar un poco de lo que dejamos atrás —dijo Alejandro, intentando convencerse a sí mismo más que a sus hermanos.

El viaje hacia el pueblo comenzó esa misma tarde. En el autobús, los tres apenas hablaban; el silencio estaba cargado de ansiedad y expectativas. Cada uno se imaginaba la reacción del padre, la sorpresa y, sobre todo, la posibilidad de recibir algún beneficio económico con la venta de la casa.

Cuando llegaron, la vista del pueblo les provocó una mezcla de nostalgia y nerviosismo. Las calles de tierra, los techos de teja y los campos verdes parecían exactamente iguales que cuando se habían ido, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero lo que nadie esperaba era encontrarse con un rostro familiar: la señora Carmen, la vecina que siempre los saludaba de niños. Su expresión era grave.

—¿Ustedes son los hijos de Don Ernesto? —preguntó, con un hilo de preocupación en la voz.
—Sí… señora Carmen, ¿cómo está? —Alejandro intentó sonar casual, aunque su corazón latía con fuerza.
—No han escuchado… ¿verdad? —dijo ella, y por primera vez los tres hijos percibieron que algo estaba mal—. Don Ernesto… ya no está en la casa. Se fue ayer por la tarde.

El corazón de Marisol se detuvo por un instante.
—¿Qué quiere decir? —susurró, temblando—. ¿Se fue? ¿A dónde?

La señora Carmen extendió un sobre con la letra del padre:
—Dejó esto para ustedes. Dijo que era importante que lo leyeran antes de preguntar más.

Marisol tomó el sobre con manos temblorosas y comenzó a leer en voz alta:
"Mis queridos hijos, he vivido plenamente los años en esta casa. Este lugar y la tierra que lo rodea ahora pertenecen a alguien que apreciará su valor. Me voy a buscar la tranquilidad que merezco, donde no tenga que preocuparme por quienes solo recuerdan a su padre cuando hay algo que ganar. Los amo, pero el amor no se compra con dinero. – Papá"

El silencio se apoderó del grupo. Alejandro, siempre el más impulsivo, abrió la boca para hablar, pero no encontró palabras. Diego cerró los ojos, como si el mundo entero se desmoronara frente a él. Marisol sostuvo la carta contra su pecho, con lágrimas que no sabía si eran de dolor o de remordimiento.

Esa noche, los tres se quedaron en la pequeña posada del pueblo, incapaces de dormir. Afuera, los grillos cantaban y el viento movía suavemente los maizales. Cada uno revivía los momentos que dejaron atrás, los cumpleaños olvidados, los llamados no atendidos, las promesas de visitas que nunca llegaron. Y mientras la luna se alzaba sobre Oaxaca, entendieron que algo más valioso que cualquier herencia había desaparecido: la presencia de su padre.

Capítulo 2 – La Casa Vacía


Al amanecer, el pueblo despertaba con el sonido de los pájaros y el murmullo de los vecinos preparando sus campos. Alejandro, Marisol y Diego se dirigieron hacia la casa, esperando encontrar al padre sentado en el porche, con su café, tal como siempre lo recordaban. Pero la puerta estaba cerrada, las ventanas vacías, y el aire olía a polvo y abandono.

—Esto no puede ser real —dijo Alejandro, golpeando suavemente la puerta—. Seguro está dentro, solo que se escondió para hacernos una broma.
—No es una broma… —susurró Marisol, mientras los ojos le ardían—. Esto… esto es definitivo.

Los tres caminaron por el patio, observando cada rincón, cada maceta, cada herramienta en el suelo. Diego se inclinó para tocar la madera de la puerta, recordando los días de infancia, los juegos, las risas. Un suspiro escapó de su boca y los tres se quedaron en silencio, sintiendo el peso de los años que habían perdido.

—Tenemos que hablar con alguien —dijo Diego, finalmente—. Tal vez alguien sabe adónde se fue.

La señora Carmen apareció de nuevo, como si supiera que los hijos estarían allí a primera hora. Su expresión era grave, y algo en su mirada hacía que los tres sintieran un escalofrío.

—Don Ernesto decidió irse sin avisar a nadie —dijo con voz suave, pero firme—. No dejó dirección ni planes concretos. Solo la carta que ya leyeron.

—¿Pero cómo puede hacer algo así? —preguntó Alejandro, con un hilo de frustración—. ¡Somos su familia!

—A veces, los padres tienen que tomar decisiones que ni los hijos entienden —contestó Carmen—. Tal vez su deseo de vivir en paz es más importante que cualquier lazo que ustedes creen que existe.

La tarde cayó y los tres se sentaron en el porche vacío. Los recuerdos inundaban sus mentes: los cumpleaños olvidados, las tardes de lluvia viendo juntos el cerro, las historias de juventud de Don Ernesto contadas frente al fuego. La culpa los quemaba desde adentro, mezclada con la impotencia de no poder corregir los errores.

—Nunca pensé que la vendría a dejar así —dijo Marisol, con la voz quebrada—. Siempre pensé que él estaría ahí… siempre.

—Nos dejó un mensaje —dijo Diego, tratando de sonar firme—. Y aunque no queramos admitirlo, nos lo merecemos.

La noche cayó sobre el pueblo, oscura y silenciosa, y los tres se quedaron mirando la casa, preguntándose qué caminos habría tomado Don Ernesto. Nadie sabía dónde estaría ni si volvería.

En algún lugar más allá de los campos de maíz, bajo el cielo estrellado de Oaxaca, Don Ernesto caminaba solo, libre de la carga que su familia nunca entendió. Con cada paso, sentía la paz que su corazón buscaba desde hace años, mientras sus hijos enfrentaban la realidad de la ausencia definitiva.

El misterio de su destino flotaba en el aire del pueblo, y los tres hijos comprendieron que la historia no había terminado: había un camino que su padre había elegido, y ellos tendrían que enfrentarse a sus propios remordimientos.

Capítulo 3 – La Verdad Revelada


Al tercer día, Alejandro, Marisol y Diego decidieron recorrer el pueblo, hablando con vecinos, esperando alguna pista que los acercara a su padre. Cada conversación era un recordatorio de lo poco que sabían de su vida mientras crecían, de lo distante que se habían vuelto.

—Don Ernesto siempre hablaba de su jardín, de sus siembras… y de ustedes —les dijo un vecino, mientras les ofrecía café—. Pero él nunca decía cuándo iba a faltar alguien para cuidarlo.

—¿Nunca nos mencionó que estaba solo? —preguntó Marisol, con un nudo en la garganta.
—Supongo que esperaba que volvieran —contestó el hombre, bajando la voz—. Siempre lo hacía todo por amor, aunque no lo entendieran.

El pueblo parecía envolverlos en una mezcla de nostalgia y culpa, mientras el rumor de la venta de la casa se expandía como viento entre los árboles. Cada mirada de los vecinos les recordaba que su padre ya no estaba allí, y que el tiempo perdido no se podía recuperar.

Al final del día, se sentaron frente a la nueva dueña de la casa, una mujer que había llegado con Don Ernesto para formalizar la venta. Ella les explicó con calma:
—Su padre me dijo que cuidaría la casa y que yo podría habitarla. Pero él… él necesitaba alejarse. Me dijo que este lugar es suyo, pero que la vida es más grande que un terreno o una casa.

Alejandro cerró los ojos, sintiendo que la culpa se convertía en un peso insoportable.
—Nunca pensé que lo veríamos así… —murmuró—. No por la venta, sino por él… él nos ha dejado solos también, en nuestro egoísmo.

Marisol tomó la mano de Diego, buscando consuelo.
—Tenemos que entenderlo —susurró—. No es solo una lección sobre dinero. Es sobre nuestra manera de amar y de estar presentes.

En la distancia, el sonido de un río cercano y los grillos del campo acompañaban sus reflexiones. Comprendieron que su padre había encontrado algo que ellos no podían dar: paz, libertad y dignidad.

Al final del día, mientras regresaban a la posada, Alejandro miró hacia los campos de maíz iluminados por la luz del atardecer:
—Tal vez un día comprendamos por qué se fue. Pero ahora… solo podemos aprender de su ejemplo.

El amanecer siguiente, Don Ernesto seguía caminando por un sendero que llevaba al bosque, con la mirada serena y los pasos firmes. Su decisión había sido difícil, pero sabia. Los tres hijos, de regreso en la posada, miraban el pueblo vacío con la lección grabada en el corazón: el amor verdadero no se compra, se vive, y las decisiones tomadas con dignidad a veces dejan cicatrices, pero también enseñan lo que realmente importa.

El silencio del campo ya no era vacío: estaba lleno de enseñanzas y recuerdos. Y aunque la ausencia de Don Ernesto pesara, su ejemplo permanecía vivo, guiando a sus hijos hacia un entendimiento profundo sobre la vida, la familia y la libertad.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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