Capítulo 1 – Sombras en la Cocina
El sol de la tarde caía con fuerza sobre la Ciudad de México. Mariana estaba en la cocina de su casa en la colonia Condesa, donde los muros pintados de un amarillo cálido reflejaban la luz intensa del día. Afuera, los árboles de jacaranda y los postes de luz daban sombra a los adoquines, pero dentro de la casa todo era calma, casi demasiado perfecta. Mariana removía una salsa para los tacos con la precisión de alguien acostumbrado a controlar cada detalle de su vida. Su marido, Diego, estaba en el despacho revisando documentos de su empresa inmobiliaria. Sin embargo, Mariana sabía que él no estaba tan ocupado como aparentaba.
—¿Mariana? —gritó Diego desde el estudio—. ¿Dónde dejaste los sobres de los pagos de la semana?
—En el cajón de la derecha, junto a la impresora —respondió ella con un tono sereno, aunque su mente estaba en otra parte—. ¿No ibas a hacer eso tú?
—Ah, sí… sí, lo haré después —dijo él, con un tono que denotaba nerviosismo.
Mariana sabía la verdad: Diego tenía una relación con la joven que él había contratado como empleada doméstica. Valeria, con apenas veinte años, se movía por la casa con una combinación de timidez y descaro que irritaba y fascinaba a Mariana a partes iguales. Lo más sorprendente para Mariana era que, pese a saberlo, no sentía la necesidad de confrontarla. En cambio, había decidido un plan mucho más elaborado.
—Valeria, ¿puedes barrer la terraza? —dijo Mariana, con voz suave—. Y recuerda, organiza los utensilios de la cocina como te indiqué.
Valeria, que estaba doblando ropa, levantó la mirada y asintió, pero sus ojos revelaban un destello de incomodidad. Mariana lo notó y sintió una especie de satisfacción silenciosa. Cada gesto, cada mirada de la joven, era una pieza de su tablero de ajedrez.
La Ciudad de México era un mar de ruidos: los vendedores ambulantes, el tráfico constante y las risas de los niños en los parques cercanos. Pero dentro de la casa, Mariana se sentía dueña de un pequeño mundo donde ella decidía el ritmo de todo, incluso de las emociones ajenas.
—Mariana, ¿quieres que te haga un café? —preguntó Valeria, con voz temblorosa, intentando romper la tensión.
—Claro, gracias —respondió Mariana, tomando su taza con delicadeza. Sonrió ligeramente—. Qué amable eres.
Mientras Valeria se alejaba hacia la cafetera, Mariana se apoyó en el marco de la puerta de la cocina. Pensó en cómo, durante años, había perfeccionado la paciencia y la observación. Este no era solo un juego de celos; era un ejercicio de estrategia. Cada día contaba, cada acción tenía un propósito.
Esa tarde, Mariana comenzó a tomar notas mentales sobre los movimientos de Valeria: qué cajones revisaba con más frecuencia, qué objetos tocaba con cuidado, y cómo evitaba mirar directamente a Diego cuando él pasaba cerca. Esa información, aparentemente trivial, era el primer paso de un plan que prometía ser infalible.
La noche cayó y la luz anaranjada se filtró por los ventanales. Mariana escuchó el sonido de las llaves de Diego, y su corazón se tensó ligeramente. Diego entró con la chaqueta colgada sobre el brazo y una sonrisa distraída.
—¿Qué tal tu día? —preguntó, mientras dejaba caer un par de papeles sobre la mesa de centro.
—Tranquilo. Solo preparando la cena y revisando unos detalles en la casa —dijo Mariana, calmada—. Valeria está haciendo un buen trabajo, ¿no lo crees?
Diego la miró con una mezcla de sorpresa y orgullo, sin sospechar que Mariana sabía más de lo que parecía.
—Sí… es una chica eficiente —dijo, mientras tomaba un sorbo de su agua—. Aunque, bueno… es joven, todavía le falta experiencia.
Mariana asintió, sonriendo levemente, mientras su mente trazaba la siguiente jugada de su plan. Afuera, las luces de la ciudad brillaban como diminutas llamas. Dentro de la casa, la calma era solo una ilusión.
Capítulo 2 – El Laberinto de la Duda
Durante los días siguientes, Mariana observó con meticulosa atención cada movimiento de Valeria. La joven empezaba a mostrar signos de inquietud: se movía más rápido de lo habitual, revisaba cajones y gabinetes sin necesidad, y sus ojos se desviaban hacia Mariana cada vez que pensaba que no la miraban.
—Valeria, ¿todo bien con los trastes? —preguntó Mariana un martes por la mañana, mientras colaba el café recién hecho.
—Sí… sí, solo estoy… organizando un poco —respondió la joven, con voz temblorosa.
—Muy bien, gracias por tu esfuerzo —dijo Mariana, sonriendo suavemente—. Sabes, me gusta cómo cuidas cada detalle de la casa.
A partir de ese día, Mariana empezó a dejar “pistas” cuidadosamente planeadas. Un sobre con un recibo falso dejado en un cajón, un mensaje anónimo impreso y colocado sobre la mesa del comedor, la cerradura del despacho ligeramente modificada para que chirriara y llamara la atención. Todo estaba pensado para generar una sensación de vigilancia constante, aunque nadie estaba realmente observando.
Valeria comenzó a sospechar que algo no estaba bien. Cada ruido extraño, cada puerta que se cerraba sola, se convertía en motivo de ansiedad. Mariana, por su parte, mantenía la serenidad de siempre, como si nada ocurriera. Esa dualidad aumentaba el efecto psicológico: Valeria no sabía cuándo Mariana estaba observando o cuándo estaba simplemente realizando sus tareas domésticas.
—Mariana… —dijo Valeria un día, mientras colocaba platos en el estante—. ¿Crees que estoy haciendo algo mal?
—No, querida —respondió Mariana, acercándose a ella con calma—. Solo quiero que la casa se mantenga ordenada. Eso es todo.
Pero el tono suave no mitigaba la tensión en los hombros de Valeria. Mariana disfrutaba de ver cómo el miedo se filtraba lentamente en la rutina diaria de la joven, como un veneno suave y constante.
Una semana después, Mariana sintió que era momento de dar un paso más. Esa noche, cuando la casa estaba silenciosa y Diego se había retirado temprano, dejó un sobre grande sobre la mesa del comedor. Dentro había una carta que Valeria encontró por la mañana, escrita con palabras ambiguas y sugerentes: “Alguien te está observando. Cuida cada movimiento.”
Cuando Valeria leyó la carta, su rostro palideció. Mariana estaba en la cocina, lavando los platos, y la escuchaba murmurar:
—¿Quién… quién podría…?
Mariana no respondió. Simplemente se apoyó en el fregadero y observó el efecto de su táctica: miedo y duda consumiendo lentamente a Valeria desde dentro.
—Mariana… yo… creo que necesito un descanso —dijo Valeria, finalmente rompiendo el silencio—. Algo no está bien aquí.
—Claro, descansa lo que necesites —respondió Mariana, con suavidad—. Toma tu tiempo.
Valeria salió al patio trasero, tratando de calmarse, pero el miedo no la dejaba. Mariana se permitió un suspiro apenas audible, mientras en el corazón de la casa, todo estaba en su lugar… excepto la paz de Valeria.
Capítulo 3 – La Huida Silenciosa
La tensión alcanzó su punto máximo una noche de viernes. Mariana había preparado una cena ligera y Diego estaba revisando contratos en su estudio. Valeria, por su parte, parecía al borde de la desesperación. Caminaba de un lado a otro, revisando gabinetes y mesas, como si buscara algo que pudiera confirmar sus temores.
—Mariana… —susurró Valeria, con voz casi quebrada—. No puedo quedarme aquí. No puedo…
—Claro que puedes, Valeria —respondió Mariana, acercándose con calma—. Pero si sientes que es demasiado, puedes irte. Solo te pido que dejes todo en orden antes de salir.
El rostro de Valeria se descompuso. Sus manos temblaban mientras tomaba un pequeño bolso. Mariana permaneció impasible, un modelo de serenidad que contrastaba con la ansiedad de la joven.
—Gracias… por… por todo —dijo Valeria, apenas audible, mientras abría la puerta principal.
Mariana asintió levemente. —Que te vaya bien, Valeria.
Al cerrar la puerta, un silencio extraño invadió la casa. Diego salió del estudio y miró alrededor, sorprendido por la ausencia repentina de Valeria.
—¿Dónde está Valeria? —preguntó, con un tono de confusión mezclado con preocupación.
—Se fue —respondió Mariana, mientras se servía un café—. Decidió que era mejor.
Diego abrió la boca, como si quisiera preguntar más, pero se detuvo. Mariana lo miró y simplemente sonrió, esa sonrisa que no necesitaba palabras para transmitir su triunfo silencioso.
Mariana se sentó en el balcón, dejando que el sol de la Ciudad de México acariciara su rostro. Las calles seguían llenas de vida, los vendedores gritaban sus ofertas, los niños jugaban en los parques cercanos, pero dentro de la casa, la paz había regresado.
No era un triunfo ruidoso ni vengativo; era la calma que surge de la paciencia, la estrategia y la observación. Mariana sabía que, a veces, la verdadera fuerza no estaba en el enfrentamiento directo, sino en la quietud que hace que otros pierdan su propio equilibrio.
Mientras el viento del atardecer movía suavemente las hojas de los árboles, Mariana cerró los ojos y sonrió. La Ciudad de México seguía su ritmo frenético, pero ella, por fin, había recuperado su mundo.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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