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El día en que su esposa cayó gravemente enferma, él la llevó a la casa de su familia para que la cuidaran, y luego, con alegría, recibió a su amante para que se quedara a vivir con él. Pero lo que no sabía era que su esposa ya estaba al tanto de todo y había elaborado un plan que haría que él y su amante entraran en pánico esa misma noche…

Capítulo 1 – La enfermedad y la traición


La tarde en que todo comenzó, el sol caía a plomo sobre el pequeño pueblo de Tequila, en Jalisco. Las calles estaban silenciosas, salvo por el murmullo del viento que arrastraba las hojas secas de los árboles. Diego caminaba con pasos acelerados hacia la casa de su familia, llevando a Marisol en brazos. Su esposa, pálida y débil, apenas podía mantenerse consciente.

—Diego… —susurró ella, con voz temblorosa—. ¿Qué pasa?

—No te preocupes, mi amor. Todo va a estar bien —respondió Diego, intentando sonar confiado mientras sentía un alivio secreto recorrer su cuerpo—. Solo vamos a la casa de tu mamá, ella te cuidará.

Marisol asintió débilmente, sin sospechar que Diego, más allá de las sonrisas y palabras tranquilizadoras, ya pensaba en cómo su “vida libre” comenzaría apenas dejara a Marisol bajo el cuidado de su familia.

Diego dejó a Marisol en la sala de la casa de su madre. La mujer, al ver el estado de su hija, se apresuró a tomar su temperatura y llamar a un médico local. Diego, fingiendo preocupación, se despidió con un beso en la frente y salió con el corazón latiendo aceleradamente. Afuera, en la calle polvorienta, respiró hondo, disfrutando de un silencio que lo hacía sentir dueño del mundo. Esa tarde, esperaba la visita de Sofía, su amante.

Sofía llegó puntual, con un vestido ligero que contrastaba con la sombra de la casa en la que ahora se encontrarían solos. Diego la recibió con una sonrisa que reflejaba la satisfacción de alguien que cree haber ganado la partida.

—¡Hola, hermosa! —exclamó Diego, abrazándola con fuerza—. Ahora podemos estar juntos, sin miedo, sin obstáculos.

—Sí… por fin —respondió Sofía, con un brillo travieso en los ojos—. Pensé que nunca llegarías a hacer esto.

Diego rió mientras la conducía al interior de la casa. Lo que ambos ignoraban era que Marisol, aunque débil, estaba más despierta de lo que parecía. Durante semanas, había seguido las conversaciones susurradas, los mensajes ocultos y los pequeños encuentros de Diego con Sofía. Pero no había actuado por impulso; su inteligencia y paciencia le permitieron planear algo mucho más grande.

Esa misma noche, Diego y Sofía celebraban la “libertad” en la sala. Las luces eran cálidas, y un ligero aroma a mezcal flotaba en el aire. Sin embargo, apenas habían comenzado a relajarse cuando un primer indicio perturbador apareció: un susurro apagado que parecía provenir de las paredes.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Sofía, frunciendo el ceño.

—Seguramente es el viento —mintió Diego, intentando sonar calmado—. No te preocupes.

Pero la duda se había instalado. Minutos después, las luces comenzaron a parpadear sin razón aparente, y una puerta se cerró de golpe en el pasillo contiguo. Sofía se aferró al brazo de Diego, con los ojos abiertos de par en par.

—Diego… no me gusta esto… —dijo, la voz temblorosa—. ¿Qué está pasando?

Diego trató de reír, pero el nudo de miedo que se formaba en su estómago le impidió hacerlo con convicción. Era la primera señal de que algo había escapado a su control, algo que Marisol había planeado meticulosamente desde que fingió estar enferma.

Marisol había colocado cámaras discretas en la casa, pequeñas grabadoras y mecanismos que permitirían simular fenómenos inexplicables. Su plan no era simplemente confrontarlos; quería que la humillación fuera total, que el miedo los atrapara en la misma trampa emocional que ella había sufrido en silencio durante meses.

Mientras tanto, Diego y Sofía se encontraban atrapados en un juego que no comprendían, con cada sombra y cada crujido incrementando la tensión. La noche apenas comenzaba, y lo que parecía un momento de felicidad pronto se transformaría en un infierno cuidadosamente diseñado.

Capítulo 2 – La noche del terror


El reloj marcaba las once cuando un frío inesperado recorrió la casa. Las ventanas, cerradas y selladas, dejaron pasar un viento que parecía susurrar nombres conocidos. Diego y Sofía se miraron, esta vez conscientes de que no estaban solos.

—Esto no tiene sentido… —murmuró Diego, mientras avanzaba hacia la cocina—. Tal vez es solo… el aire acondicionado…

—¡Diego! —gritó Sofía, sobresaltada—. ¡La puerta del pasillo se movió sola!

Diego quiso reír para calmarla, pero el tono de su propia voz sonaba hueco, nervioso. Un segundo golpe resonó desde el corredor: algo pesado cayó al suelo, sin que nadie lo hubiera tocado. Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas.

—Tenemos que irnos —dijo, la voz entrecortada—. Esto… esto no es normal.

—Tranquila… —Diego intentó calmarla, aunque el corazón le palpitaba con fuerza—. Seguramente hay una explicación.

Pero mientras hablaban, una grabación comenzó a reproducirse desde un pequeño dispositivo oculto detrás de la televisión. La voz de Marisol, clara y firme, llenó la sala:

—“Diego, Sofía… creyeron que podían engañarme… creyeron que podían vivir en mi casa como si yo no existiera… pero yo los he visto todo.”

Sofía soltó un grito que resonó por los pasillos. Diego quedó paralizado. Cada secreto, cada mentira, cada encuentro furtivo que había compartido con Sofía comenzó a narrarse en la voz de Marisol. El miedo y la vergüenza se mezclaban con una adrenalina que los mantenía hipnotizados frente a la pantalla.

—¡Esto es… una locura! —gritó Diego, mientras su rostro se enrojecía de ira y temor—. ¡Marisol! ¿Qué has hecho?

La voz continuó:

—“Hoy aprenderán que subestimarme fue su peor error. Cada sombra, cada crujido, cada parpadeo de luz es un recordatorio de lo que hicieron. No habrá escapatoria hasta que enfrenten la verdad.”

Sofía abrazó a Diego, temblando, mientras ambos intentaban comprender cómo todo lo que parecía natural se había convertido en un teatro de terror. Cada puerta que se cerraba sola, cada sombra que se movía, estaba calculada para maximizar su pánico. La noche se volvió interminable, y cada minuto parecía más largo que el anterior.

A medianoche, un último efecto se activó: las luces se apagaron por completo. El silencio absoluto llenó la casa, roto solo por el sonido de su respiración agitada y el eco de sus pasos. Diego sintió por primera vez la vulnerabilidad de la que Marisol había hablado tantas veces en secreto: la sensación de estar atrapado sin salida, completamente expuesto.

—Esto… esto es demasiado —susurró Diego, casi sin voz.

—Te lo mereces —respondió Sofía, con lágrimas en los ojos—. No puedo creer que hayamos llegado a esto…

La noche continuó, cada hora una tortura psicológica que Marisol había preparado con meticulosidad, y que dejaría cicatrices emocionales profundas en ambos traidores.

Capítulo 3 – El despertar y la lección


Cuando finalmente comenzó a amanecer, un rayo de sol atravesó la ventana de la sala, iluminando la escena de caos: muebles volcados, cortinas enredadas, y Diego y Sofía acurrucados, temblando y exhaustos. No había más trucos, ni luces parpadeantes, ni susurros misteriosos. La trampa había cumplido su propósito.

Marisol apareció en el umbral de la sala, vestida con ropa sencilla y una expresión serena. Diego y Sofía la miraron, incrédulos, aún temblando de miedo y vergüenza.

—¿Marisol… tú…? —balbuceó Diego—. ¿Estás… sana?

—Sí —respondió ella, con calma—. Y quiero que comprendan algo. Esta noche no fue solo un juego. Fue una lección.

Sofía bajó la cabeza, incapaz de articular una palabra. Diego, por primera vez, sintió un peso que no podía ignorar. La mujer a quien había subestimado, la que había cuidado pacientemente su hogar y soportado silenciosamente su traición, estaba frente a él con una dignidad que él había perdido por completo.

—Han aprendido que el engaño y la mentira tienen consecuencias —continuó Marisol—. No se trata de venganza; se trata de justicia. La confianza no se rompe impunemente.

Diego asintió lentamente, humillado. Por primera vez, comprendió que la libertad que había buscado con Sofía era ilusoria. Sofía, por su parte, se retiró en silencio, su orgullo también herido, consciente de que su complicidad había sido su peor error.

Marisol se acercó a ellos y, sin un gesto de odio, les dijo:

—Ahora pueden irse. Y recuerden, nunca más subestimen a alguien que sabe esperar, observar y planear.

Con un último vistazo, Marisol cerró la puerta tras de sí. Diego y Sofía salieron, transformados por la experiencia, cargando no solo el miedo de la noche anterior, sino también la certeza de que habían perdido algo irrecuperable: la confianza y la dignidad que una mujer sabia había defendido con paciencia y astucia.

Marisol, en cambio, regresó a su rutina, más fuerte que nunca, sabiendo que la verdadera victoria no estaba en la venganza inmediata, sino en demostrar, con inteligencia y calma, que la paciencia puede superar incluso la traición más dolorosa.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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