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El padre, dado por muerto desde hacía mucho tiempo, reapareció inesperadamente con una reliquia antigua en sus manos. Aquel objeto guardaba indicios clave sobre el misterioso fallecimiento de su hijo. La familia quedó atónita ante su regreso, y él empezó a idear cuidadosamente una estrategia para hacer justicia y descubrir al verdadero responsable.

Capítulo 1 – El regreso del que no debía volver


La noche había caído sobre el pueblo como una manta espesa. En la plaza central de San Isidro del Desierto, las velas del Día de los Muertos titilaban frente a los altares, y el aroma del copal se mezclaba con el del pan recién horneado. Doña Elena Morales acomodaba con manos temblorosas la fotografía de su hijo Diego, mientras murmuraba una oración.

—Siempre llegas tarde, hijo —susurró—. Pero aquí te espero.

Fue entonces cuando alguien tocó la puerta.

Tres golpes secos, firmes, imposibles de confundir con el viento. Elena se quedó inmóvil. Nadie visitaba esa casa desde hacía años. Tragó saliva y caminó lentamente por el pasillo.

—¿Quién es? —preguntó con voz apagada.

Silencio.

Abrió la puerta… y el mundo se le vino encima.

—¿Alejandro…? —balbuceó.

El hombre frente a ella estaba envejecido, más delgado, con la barba entrecana y los ojos hundidos, pero era él. Alejandro Morales, su esposo, el mismo al que había llorado como muerto.

—Soy yo, Elena —dijo con un hilo de voz—. Perdóname por volver así.

Ella retrocedió un paso, llevándose la mano al pecho.

—Esto no puede ser… Yo te enterré… yo…

Alejandro levantó lentamente la mano. En ella llevaba un collar de obsidiana, oscuro, casi absorbente.

—No morí —dijo—. Me escondí. Porque si no lo hacía, Diego habría muerto en vano.

Elena rompió en llanto.

Dentro de la casa, el altar parecía observarlos. Alejandro se acercó al retrato de su hijo y cerró los ojos.

—No fue un accidente —murmuró—. Y ya sé quién lo hizo.

Esa misma noche, Alejandro se reunió en secreto con Lucía Herrera, una periodista local conocida por no soltar una historia hasta exprimirla por completo.

—Si estás aquí —dijo ella, mirándolo fijamente—, es porque lo que traes es grande. Y peligroso.

Alejandro colocó el collar sobre la mesa.

—Diego encontró esto en una excavación cerca de la frontera. No era solo una pieza antigua. Era una llave.

Lucía frunció el ceño.

—¿Una llave para qué?

—Para una red que mueve reliquias como si fueran mercancía común. Gente poderosa. Intocable… hasta ahora.

Lucía respiró hondo.

—¿Sabes que si publicamos esto, no habrá marcha atrás?

Alejandro asintió.

—No busco venganza. Busco verdad.

Afuera, el viento del desierto apagó varias velas. Algo acababa de despertarse en San Isidro.

Capítulo 2 – Las huellas enterradas


Durante los días siguientes, Alejandro volvió a recorrer el pueblo como un fantasma. Nadie sabía si estaba vivo o muerto. Algunos lo reconocían; otros bajaban la mirada.

Lucía lo acompañaba con su libreta siempre en mano.

—Diego vino a verme dos semanas antes de morir —recordó ella mientras caminaban por el antiguo sitio arqueológico—. Estaba nervioso. Me dijo: “Si algo me pasa, no fue un error”.

Alejandro apretó los puños.

—Yo también lo noté raro. Me pidió que desapareciera si él no volvía.

—¿Por eso huiste?

—Sí. Porque entendí que alguien más estaba observando.

En la excavación, un antiguo trabajador, Don Mateo, aceptó hablar.

—El muchacho encontró símbolos raros —dijo en voz baja—. Luego llegaron hombres de traje. Dijeron que era asunto del gobierno. Después… Diego ya no volvió.

Lucía anotó cada palabra.

—¿Los reconocería?

—Claro que sí.

Las piezas empezaban a encajar, pero el peligro crecía. Alejandro empezó a tener dudas.

—¿Y si todo esto solo vuelve a abrir heridas? —le confesó a Elena una noche.

Ella lo miró con firmeza.

—Las heridas nunca cerraron, Alejandro. Solo se cubrieron de polvo.

Mientras tanto, Lucía recibió una advertencia anónima.

“Deja el pasado en paz.”

Ella sonrió con nerviosismo.

—Llegamos al nervio —le dijo a Alejandro—. Eso significa que estamos cerca.

El punto álgido llegó cuando descubrieron que el collar ocultaba coordenadas grabadas casi invisibles. Llevaban a una bodega abandonada.

Dentro, hallaron documentos, fotos, nombres. Pruebas suficientes para derrumbar más de una reputación.

Alejandro cayó de rodillas.

—Diego murió por esto…

Lucía puso una mano sobre su hombro.

—No. Vivió para que esto saliera a la luz.

Pero alguien más los observaba desde las sombras.

Capítulo 3 – La verdad bajo la luz


El anuncio se hizo público durante la fiesta patronal. Toda la plaza estaba llena. Música, luces, risas… y expectativa.

Lucía subió al escenario improvisado con un micrófono en mano.

—Hoy no vengo a celebrar —dijo—. Vengo a decir lo que se ha callado por años.

Los murmullos crecieron.

Alejandro apareció a su lado. Algunos reconocieron su rostro y el silencio fue total.

—Mi hijo no murió por azar —dijo con voz firme—. Murió por saber demasiado.

Lucía presentó las pruebas. Nombres, fechas, conexiones. Nadie gritó. Nadie aplaudió. Solo miradas que evitaban otras miradas.

Cuando terminó, Alejandro colocó el collar frente al altar comunitario.

—Que la verdad no vuelva a enterrarse.

Días después, el pueblo cambió. No todo se resolvió de inmediato, pero algo esencial se había movido.

En casa, Alejandro encendió una vela frente a la foto de Diego.

—Descansa, hijo —susurró—. Ya no estás solo.

El viento del desierto entró suavemente por la ventana. Afuera, un mariachi tocaba una melodía lenta. No era tristeza. Era cierre.

La verdad, al fin, había regresado a casa.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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