Capítulo 1 – El rostro de Luis
La ciudad de México brillaba como un mar de luces de neón, pero dentro del rascacielos más alto del distrito financiero, la atmósfera era pesada. Los ascensores subían y bajaban con un ritmo constante, mientras el murmullo de las conversaciones en los pasillos se mezclaba con el tintinear de los teléfonos y las teclas de los computadores. Alejandro Morales, presidente de Sol de Oro, caminaba por su oficina en silencio, con el ceño fruncido y el corazón latiéndole acelerado.
—No puede ser… —murmuró, observando las cifras en la pantalla—. ¿Cómo alguien pudo desviar tantos millones sin que nadie lo notara?
Su secretaria, Rosa, entró con cautela.
—Señor Morales… ¿todo bien? —preguntó, percibiendo la tensión.
—No… algo pasa dentro de la empresa, Rosa. Algo grave. —Alejandro se giró hacia la ventana, viendo cómo los autos parecían hormigas moviéndose por la ciudad—. No podemos permitir que esto se filtre. Si alguien sospecha que la empresa está en problemas…
Rosa asintió, pero Alejandro no le prestó atención. La verdad era que él desconfiaba de todos, incluso de quienes llevaban años a su lado. Después de una semana revisando balances y facturas, Alejandro decidió que la única manera de descubrir al culpable era infiltrarse él mismo.
—Luis —dijo finalmente—. Necesito que me ayudes a integrarme al personal, desde cero.
—Luis, señor? —Rosa levantó una ceja, confundida—. ¿No sería mejor contratar a un auditor externo?
—No. Necesito verlo con mis propios ojos. Nadie debe saber quién soy realmente. —Su mirada era firme, casi feroz—. Luis será mi identidad dentro de la empresa.
Ese mismo día, Alejandro se transformó. Cambió su traje elegante por una camisa sencilla y unos pantalones de mezclilla. Se dejó crecer un poco la barba, se peinó de forma descuidada y adoptó la postura de un trabajador promedio. En su corazón, una mezcla de adrenalina y miedo lo recorría: nadie lo reconocería… o eso creía.
Al llegar al piso de contabilidad, el aroma a café y papeles impresos lo golpeó. Los murales coloridos de Diego Rivera y escenas de la vida mexicana decoraban los pasillos, recordándole que aunque su mundo era corporativo, la ciudad seguía viva allá afuera.
—Hola… soy Luis, nuevo en contabilidad —dijo con voz temblorosa mientras estrechaba la mano de sus compañeros.
La mayoría lo miró con curiosidad, algunos con desdén. Solo Isabella, la asistente del presidente, lo observó con una sonrisa.
—Bienvenido, Luis. Si necesitas algo, aquí estoy —dijo con una voz suave, pero Alejandro percibió algo detrás de su cordialidad. Algo calculador.
Durante las primeras semanas, Alejandro registró cada movimiento de sus colegas, desde la entrada de facturas hasta los pequeños desvíos de dinero que parecían insignificantes. Cada noche, al salir, caminaba por la Avenida Reforma iluminada, con los músicos de mariachi y los vendedores de tacos creando una mezcla caótica pero familiar que lo anclaba a la realidad.
Pero algo le decía que Isabella sabía más de lo que mostraba. Cada vez que los informes llegaban a su escritorio, un sentimiento de incomodidad le recorría la espalda. Sus ojos, aunque amables, parecían observarlo a él tanto como él a ellos.
—Luis… ¿todo bien con los reportes de hoy? —preguntó un día, inclinándose ligeramente sobre su escritorio.
—Sí… creo que sí —respondió, evitando su mirada—. Todo parece en orden.
Ella asintió, pero Alejandro notó un brillo en sus ojos que le heló la sangre. Algo estaba mal, y él lo sabía.
La noche cayó y Alejandro volvió a su apartamento, pero su mente permanecía en la empresa. La traición podía estar mucho más cerca de lo que imaginaba.
Capítulo 2 – Sombras detrás del escritorio
Pasaron los días, y Luis —o Alejandro bajo su disfraz— comenzó a detectar patrones extraños. Cada vez que Isabella era asignada a revisar un informe financiero importante, surgían movimientos de dinero que nadie podía explicar. No eran simples errores contables; eran desviaciones intencionales, precisas, calculadas.
Un viernes, después de un largo día de trabajo, Alejandro decidió seguir a Isabella discretamente hasta la cafetería del edificio. Ella caminaba con paso firme, saludando a todos con familiaridad, como si nada estuviera ocurriendo. Alejandro la observaba desde la distancia, intentando captar alguna pista, pero su corazón latía con fuerza al pensar que la mujer a la que había confiado todo su tiempo podría ser la responsable.
—Isabella… ¿te importa si me siento contigo? —preguntó él, tratando de sonar casual.
—Claro, Luis. Pero hoy pareces cansado. ¿Algo te preocupa? —Ella lo miraba con atención, y Alejandro sintió un escalofrío.
—Es el trabajo… y los números. A veces siento que algo se me escapa. —Sonrió débilmente, intentando parecer inocente.
Isabella asintió y se inclinó hacia él:
—Luis… si alguna vez necesitas ayuda, no dudes en pedírmela. Confío en que eres capaz, pero a veces, trabajar en equipo… —Su voz se detuvo, como si midiera cada palabra.
Alejandro tragó saliva. Cada frase, cada gesto de Isabella era calculado. Él sabía que debía mantenerse firme, pero su confianza en ella luchaba contra su instinto.
Esa noche, decidió revisar los sistemas de datos por su cuenta. Entró a la sala de IT, con una credencial temporal que había conseguido discretamente. Las pantallas mostraban transacciones, registros de acceso y movimientos financieros. Y entonces lo vio: un patrón que conectaba cada desviación de dinero, cada informe alterado… con Isabella.
—No… no puede ser… —susurró, retrocediendo un paso.
Isabella no solo estaba implicada; ella era la mente maestra. Cada movimiento había sido planeado con precisión. Y la traición dolía más porque él confiaba en ella, la había considerado su aliada, su amiga.
El corazón de Alejandro latía con fuerza. Cada sonido de la ciudad afuera parecía amplificarse: el claxon de un taxi, el murmullo de los transeúntes, el canto lejano de un mariachi. La traición se sentía tangible, casi física.
Decidió que necesitaba pruebas más contundentes. Durante la siguiente semana, comenzó a documentar cada interacción, cada mensaje, cada transferencia sospechosa. Luis se convirtió en Alejandro una vez más, pero manteniendo su fachada de trabajador promedio, mientras la verdad se revelaba lentamente ante sus ojos.
Una noche lluviosa, Alejandro caminaba por la calle con paraguas en mano, pensando en lo que haría cuando finalmente confrontara a Isabella. La ciudad se reflejaba en los charcos, como si duplicara la luz y la sombra que él sentía dentro de sí. Sabía que el enfrentamiento sería inevitable, y que su mundo cambiaría para siempre.
—Luis… —la voz de Isabella resonó en su mente—. ¿Cómo pudiste dudar de mí?
Alejandro cerró los ojos. No podía permitir que la emoción nublara su juicio. Debía ser estratégico, frío, como la ciudad que lo rodeaba: brillante, hermosa, pero capaz de tragar secretos en la oscuridad.
Capítulo 3 – La confrontación
El lunes siguiente, Alejandro convocó a una reunión extraordinaria del consejo. Isabella entró, con su sonrisa habitual, segura de sí misma. El resto del equipo se mostraba expectante, sin entender por qué el presidente parecía tan serio.
—Gracias por asistir —comenzó Alejandro, su voz firme pero controlada—. Hoy debemos hablar de algo importante.
Isabella se inclinó ligeramente, curiosa, y Alejandro desplegó su prueba: gráficos, registros de transferencias, capturas de pantalla y correos electrónicos cuidadosamente documentados. Cada evidencia señalaba a Isabella y sus cómplices, mostrando la red de manipulación financiera que había llevado a la empresa al borde del desastre.
—Isabella… —dijo Alejandro, la voz tensa—. ¿Puedes explicarme esto?
Ella permaneció en silencio un instante. Sus ojos, fríos y calculadores, no parpadearon. Finalmente habló:
—No tienes pruebas concluyentes… solo sospechas. —Su sonrisa desapareció, dejando ver una calma inquietante.
—Estas no son sospechas —replicó Alejandro, extendiendo las hojas sobre la mesa—. Son hechos. Todo está registrado. Todo apunta a ti.
Un murmullo recorrió la sala. Los demás miembros del consejo miraban a Isabella, quienes por primera vez dudaban de ella. Finalmente, Isabella bajó la cabeza, consciente de que no había escapatoria.
—Está bien… —susurró—. Lo admito. Pero no actué sola. —Su confesión abrió la puerta a descubrir a los cómplices y recuperar el dinero desviado.
Después de la reunión, Alejandro salió al balcón de su oficina, observando la Avenida Reforma. La ciudad parecía tranquila, pero él sabía que las sombras siempre existían, ocultas detrás de cada sonrisa y cada gesto amable.
—Luis… —murmuró para sí mismo—. Gracias por recordarme que, a veces, para proteger la luz, hay que caminar por la oscuridad.
La ciudad seguía viva, con sus luces y música, tacos y murales, pero Alejandro entendió que, incluso en la ciudad más brillante, el peligro podía acechar en los lugares más inesperados. Y él estaba listo para enfrentarlo, siempre.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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