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En el autobús de regreso al pueblo, subió la última pasajera, y apenas cinco minutos después empezó a insistir en bajarse, diciendo que, pase lo que pase, no podía continuar el viaje. El chofer y los demás pasajeros, visiblemente molestos, la dejaron bajar en un tramo solitario del camino… Diez minutos después, todo el autobús entró en pánico por lo que ocurrió…

Capítulo 1 – El viaje que nadie esperaba

La tarde caía lentamente sobre los campos de maíz que rodeaban la carretera de Oaxaca. El sol iluminaba los surcos de tierra roja y los trigos mecían sus espigas con la brisa tibia, mientras los pájaros se preparaban para su último vuelo antes de la noche. En medio de este paisaje, un pequeño autobús avanzaba con dificultad sobre la carretera polvorienta que conectaba la ciudad con los pueblos rurales.

Dentro del vehículo, el aire estaba cargado de cansancio. Obreros, comerciantes y estudiantes regresaban a sus hogares después de una semana agotadora. La música de mariachi se filtraba desde un radio viejo y crepitante, y entre las notas de trompeta se escuchaban conversaciones apagadas: risas nerviosas, quejas por el calor y algún que otro regaño de madre a hijo. El conductor, don Ernesto, un hombre de cincuenta años con barba canosa y ojos cansados, manejaba con firmeza, acostumbrado a los caminos estrechos y a los viajeros impacientes.

Fue entonces cuando ella apareció. Una joven de rostro pálido y ojos grandes se acercó al autobús que esperaba a salir de la última parada antes del camino de terracería. Vestía un abrigo rojo que destacaba con fuerza contra el gris de la tarde. Su presencia era silenciosa pero perturbadora: se aferraba a la barandilla con manos temblorosas y apenas respiraba. Nadie conocía su nombre. Nadie, excepto el conductor, que le dedicó un simple gesto de saludo y permitió que subiera.

—Buenas tardes, señor —dijo con voz suave, casi un susurro, mientras se escabullía hacia el fondo del autobús.

Don Ernesto asintió y arrancó, sin mirar atrás, concentrado en la carretera. La joven se sentó junto a la ventana, observando el paisaje que desaparecía lentamente. Sus ojos, sin embargo, no reflejaban la fascinación por el campo ni el cansancio del viaje: había algo en ellos, una preocupación que parecía absorber todo a su alrededor.

Los pasajeros la miraban de reojo, algunos con curiosidad, otros con incomodidad. Una señora de mediana edad, que viajaba con su hijo pequeño, susurró:

—¿La ves? Parece que está enferma o algo así…

Un joven con mochila, sentado frente a ella, añadió:

—O tal vez está huyendo de alguien. Mira cómo evita que la gente le hable.

La joven no respondió. Su mirada se perdió en la línea del horizonte, y un escalofrío silencioso recorrió el autobús. A pesar de la calma aparente, nadie podía quitarse la sensación de que algo estaba por suceder.

Cinco minutos después de salir de la última parada, un abrupto movimiento cambió la atmósfera. La joven se levantó de repente, casi sin aviso, y caminó hacia el pasillo con pasos rápidos pero vacilantes.

—¡Señor! —exclamó con una voz que ahora sonaba más urgente—. ¡No puedo seguir! ¡Por favor, necesito bajar ahora!

El autobús quedó en silencio. Algunos pasajeros soltaron un suspiro de frustración. Don Ernesto frunció el ceño:

—¿Qué sucede, señorita? La carretera es larga y aún no hemos llegado a la siguiente comunidad. —Su voz sonaba firme, pero algo en el tono dejaba entrever la preocupación.

—No puedo… —dijo ella, con la respiración entrecortada—. ¡No puedo continuar!

Una señora desde el fondo murmuró:

—¿Y si está loca?

Don Ernesto no respondió. Lentamente redujo la velocidad y orilló el autobús en un tramo despejado, rodeado de campos y arbustos bajos. Era un lugar que nadie elegiría para detenerse voluntariamente, pero la joven no ofreció resistencia. Saltó del vehículo con rapidez, y su abrigo rojo se perdió entre los colores cálidos de la tarde.

—¡Ya se fue! —comentó alguien, aliviado—. Menos mal, estaba empezando a poner nervioso a todos.

El autobús continuó su camino, pero la tensión seguía flotando. Nadie hablaba; incluso la música del mariachi parecía apagada por la incertidumbre que dejaba la joven detrás. La sensación de que algo iba mal se hizo más intensa con cada curva del camino de terracería.

Diez minutos más tarde, mientras el autobús avanzaba por una cuesta llena de curvas y charcos de agua reciente, un estruendo metálico quebró el aire. Don Ernesto gritó:

—¡Agárrense todos!

El autobús resbaló en un charco fangoso. Los pasajeros gritaron, los bolsos volaron y un niño comenzó a llorar desconsoladamente. Don Ernesto luchó por mantener el control, mientras el vehículo se deslizaba peligrosamente hacia la cuneta. Con un esfuerzo sobrehumano, logró detenerlo casi al borde de la caída.

El silencio que siguió fue pesado y absoluto. Los pasajeros respiraban con dificultad, y varios se miraron, compartiendo el miedo que nadie se atrevía a nombrar.

—¿Están todos bien? —preguntó don Ernesto, con la voz temblorosa a pesar de su esfuerzo por mostrarse firme.

Nadie respondió de inmediato. Fue entonces cuando alguien señaló hacia el borde del camino:

—Miren… la chica… —dijo un hombre mayor—. Está allí… observándonos.

Todos giraron la cabeza. A unos metros de la cuneta, la joven permanecía de pie, inmóvil, con los ojos fijos en el autobús. La luz del atardecer iluminaba su rostro pálido y su abrigo rojo. Nadie sabía por qué se había detenido o qué presagiaba su presencia, pero algo en su mirada parecía contener un secreto que nadie podía ignorar.

Don Ernesto respiró hondo, encendió de nuevo el motor y continuó lentamente el viaje. Los pasajeros, aún con el corazón latiendo acelerado, se sumieron en un silencio reflexivo. La joven había dejado una marca indeleble: un misterio que prometía acompañarlos hasta que regresaran a sus hogares en la oscuridad de la noche.

Capítulo 2 – Susurros entre los maizales


La noche cayó con rapidez sobre el camino. Las luces del autobús iluminaban apenas la estrecha carretera de Oaxaca. Los campos, antes dorados por el sol, se tornaron sombras negras y alargadas, y el canto de los grillos llenó el aire. Los pasajeros permanecían callados, aún afectados por el incidente con la joven de abrigo rojo. Nadie hablaba, pero cada mirada se dirigía al asiento vacío donde ella había estado.

Don Ernesto apretaba el volante con fuerza, recordando el resbalón en la cuneta. Su corazón aún latía con rapidez. Sabía que la carretera era peligrosa y que cualquier descuido podía costar vidas. Sin embargo, lo que más le inquietaba no era la vía, sino la joven. Algo en su manera de mirar, en la urgencia de su súplica, había dejado una sensación de presagio que no podía explicarse.

—Señor Ernesto —dijo la señora con su hijo pequeño, tratando de romper el silencio—. ¿Cree usted que… que algo malo le pueda haber pasado?

Don Ernesto negó con la cabeza, aunque en su interior sentía un nudo de inquietud.

—No lo sé… —respondió—. Pero todo lo que podamos hacer es continuar y rezar para que esté bien.

El joven que había especulado sobre su posible huida no podía evitar mirar por la ventana hacia la oscuridad. A lo lejos, la figura de la joven parecía moverse entre los maizales, aunque cada vez que el autobús se acercaba, desaparecía.

—¿La ven? —susurró—. Ahí… entre los cultivos… parece que nos sigue.

—Estás viendo cosas —replicó su madre, apretando el brazo del niño—. Es imposible…

Pero nadie se convenció del todo. Una sensación de inquietud se había instalado en el grupo. Cada curva de la carretera parecía alargar el suspense, y el sonido del motor se mezclaba con el murmullo de los maizales mecidos por la brisa.

Don Ernesto recordó las historias de viejos camioneros, de espíritus que rondaban los caminos rurales de Oaxaca. Siempre había pensado que eran cuentos para asustar a los niños, pero algo en la noche y en el recuerdo de la joven le hizo dudar.

—Quizá… solo es una chica perdida —dijo un hombre desde el fondo—. Pero… algo en sus ojos… parecía advertirnos. Como si supiera algo que nosotros no.

El silencio volvió. El autobús avanzaba lentamente, y los pasajeros empezaron a compartir pequeñas historias de encuentros extraños en caminos desolados, tratando de explicarse lo que habían vivido. Sin embargo, cada relato aumentaba la tensión, y cada risa nerviosa se apagaba pronto.

De repente, un fuerte crujido resonó detrás del autobús. Los pasajeros se miraron con alarma. Don Ernesto giró la cabeza, pero no vio nada. La oscuridad era casi total, salvo por las luces del vehículo que iluminaban solo unos metros adelante.

—¿Qué fue eso? —preguntó una voz temblorosa.

—Probablemente un animal… —respondió don Ernesto, aunque su tono no convencía ni a él mismo.

Pero cuando el autobús tomó una curva cerrada, todos vieron algo que los hizo contener la respiración: allí, en el borde de la carretera, entre los maizales, estaba la joven de nuevo. Esta vez parecía más cerca, y su mirada intensa parecía atravesar la oscuridad y el vidrio del autobús.

—¡Señor! ¡Frene! —gritó alguien—. ¡Está allí!

Don Ernesto pisó el freno, y el autobús chirrió al detenerse casi en seco. La joven levantó una mano, como si quisiera advertirles de algo, pero antes de que alguien pudiera reaccionar, se dio vuelta y desapareció entre las sombras.

El aire se volvió pesado, y un murmullo recorrió el interior del autobús:

—¿Qué está pasando? —dijo la señora, abrazando a su hijo—. Esto… esto no es normal.

Don Ernesto se inclinó sobre el volante, respirando hondo. La sensación de peligro estaba más viva que nunca. No era solo la carretera, no era solo la noche… era algo que había visto en esos ojos rojos y pálidos que lo seguían desde la cuneta.

El autobús continuó su camino, más despacio que antes, y cada pasajero parecía preguntarse si la joven realmente existía o si era solo una advertencia de lo que estaba por venir. Nadie habló más, y un silencio tenso acompañó al vehículo mientras avanzaba hacia el corazón de la oscuridad rural de Oaxaca.

Capítulo 3 – El secreto entre sombras


El reloj marcaba cerca de las nueve de la noche cuando el autobús finalmente alcanzó un tramo más abierto. La luna apenas iluminaba los campos de maíz, creando sombras que se movían con el viento. Los pasajeros estaban agotados, tanto física como emocionalmente, y algunos cerraban los ojos para calmarse. Sin embargo, la tensión permanecía, invisible pero palpable.

De repente, un grito cortó la quietud. El niño que viajaba con su madre señalaba hacia la cuneta:

—¡Ahí está otra vez!

Todos miraron, y entre la penumbra, la figura de la joven de rojo parecía materializarse de nuevo, observándolos con una intensidad que helaba la sangre. Su presencia era etérea, casi como si flotara entre la realidad y un mundo que nadie más podía ver.

Don Ernesto detuvo el autobús, respirando con fuerza. —¡¿Qué quiere de nosotros?! —exclamó, más para sí que para los pasajeros—. ¡Esto no tiene sentido!

—Quizá… —dijo el joven de la mochila, con voz temblorosa—. Tal vez está tratando de advertirnos de algo… algo que no podemos ver.

El grupo permaneció inmóvil, todos enfrentando un miedo que no podía explicarse con lógica. La joven levantó nuevamente una mano, y el viento parecía susurrar su nombre. Un olor a tierra mojada y maíz quemado se mezclaba con la noche, como si el campo mismo participara del misterio.

—Debemos seguir —dijo don Ernesto, con voz firme, aunque su pulso aún se aceleraba—. No podemos quedarnos aquí.

Mientras reanudaban la marcha, los pasajeros comenzaron a notar detalles extraños: marcas recientes en el camino, ramas rotas como si alguien hubiera pasado apresuradamente, y sombras que parecían replicar los movimientos de la joven. Cada curva aumentaba la sensación de que no estaban solos.

—Es como si nos estuviera guiando —susurró la señora con su hijo, la voz cargada de temor y fascinación al mismo tiempo—. Tal vez… algo malo estaba a punto de suceder.

Y entonces, ocurrió.

El autobús tomó una curva pronunciada y, en el borde del camino, un tronco caído bloqueaba parcialmente la vía. Don Ernesto reaccionó a tiempo, evitando un accidente, pero los pasajeros gritaron al unísono. Fue entonces cuando todos comprendieron: la joven no estaba allí para asustarlos; estaba tratando de salvarlos. Su súbita insistencia en bajar, sus apariciones entre los maizales, todo había sido una advertencia.

El silencio se rompió con un suspiro colectivo de alivio y una mezcla de asombro y respeto. Nadie se atrevió a hablar por un momento. La joven, finalmente, se giró y desapareció en la penumbra de los campos, dejando atrás un misterio que permanecería con ellos para siempre.

El autobús continuó su camino hacia el pueblo, los pasajeros aún temblando, pero con un nuevo entendimiento: a veces, lo inexplicable puede ser un acto de cuidado, y los secretos de la noche guardan historias que nunca se contarán por completo.

Al llegar al pueblo, todos bajaron del autobús, mirándose unos a otros con una mezcla de incredulidad y gratitud. La joven ya no estaba, pero su presencia seguía viva en la memoria de cada uno. Don Ernesto apagó el motor, se recostó en su asiento y murmuró:

—Nunca olvidaré esta noche…

Y mientras las luces del pueblo comenzaban a iluminar las calles de Oaxaca, los pasajeros comprendieron que algo extraño, misterioso y maravilloso había cruzado sus vidas. La joven del abrigo rojo había dejado una lección: a veces, escuchar lo inexplicable puede salvarnos más que cualquier precaución.

El viaje había terminado, pero la historia apenas comenzaba en los corazones de quienes la habían vivido.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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