Capítulo 1 – La noche en que regresó el pasado
La lluvia caía con una intensidad casi irreal sobre el empedrado del pequeño pueblo de Santa Lucía, en el corazón de Jalisco. Las gotas golpeaban los techos de teja y corrían como hilos plateados por las calles estrechas, reflejando la luz amarillenta de los faroles antiguos. Alejandro Morales permanecía de pie junto a la ventana de su casa, con una taza de café ya frío entre las manos, observando cómo la tormenta parecía querer borrar los contornos del pueblo que lo había visto nacer.
Habían pasado veinte años desde la muerte de su padre, y aun así, ciertas noches como esa le devolvían una sensación incómoda en el pecho, como si algo no resuelto intentara abrirse paso.
Entonces, el golpe en la puerta.
No fue fuerte, pero sí insistente. Tres golpes secos, medidos, cargados de una urgencia que no combinaba con la hora. Alejandro frunció el ceño. Nadie visitaba a nadie a esas horas, menos con un clima así.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, sin abrir.
—Soy yo… Rafael —respondió una voz envejecida—. Don Rafael.
Alejandro sintió que el estómago se le encogía. Hacía décadas que no escuchaba ese nombre.
Abrió la puerta.
Frente a él estaba un hombre empapado, de hombros caídos, con el rostro surcado por arrugas profundas y unos ojos cansados que parecían cargar un peso antiguo. Don Rafael había sido el mejor amigo de su padre, casi un hermano. Tras el funeral, había desaparecido del pueblo sin dejar rastro.
—Pasa —dijo Alejandro, aún incrédulo.
Dentro, el aroma del café recién recalentado se mezcló con el olor a tierra mojada. Don Rafael se sentó lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo enorme. Sus manos temblaban.
—No debí venir —murmuró—. Pero ya no puedo seguir callando.
Alejandro lo observó con atención.
—Mi padre murió hace veinte años, don Rafael. ¿Qué puede ser tan urgente ahora?
El hombre levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Tu padre no murió por accidente —dijo finalmente—. Nunca fue un simple choque en la carretera.
El silencio que siguió fue más ensordecedor que la lluvia.
—¿Qué está diciendo? —preguntó Alejandro, con la voz tensa.
—Fue un plan —continuó Don Rafael—. Algo que se preparó con paciencia… dentro de la misma familia.
Alejandro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Está mintiendo —susurró—. Mi familia jamás…
—Eso mismo pensé yo —lo interrumpió—. Hasta que vi cosas. Escuché conversaciones. Y cuando quise hablar… ya era demasiado tarde.
Don Rafael sacó del bolsillo interior de su abrigo un sobre amarillento.
—Aquí hay copias de documentos, notas, nombres. Yo los guardé todos estos años esperando tener el valor de entregártelos.
Alejandro tomó el sobre con manos temblorosas. Su mundo, hasta ese momento ordenado y comprensible, comenzaba a resquebrajarse.
—¿Quién fue? —preguntó, casi sin voz.
Don Rafael negó lentamente.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
Capítulo 2 – Las grietas de la sangre
Alejandro regresó a la vieja casa familiar al día siguiente. El portón de hierro chirrió como si protestara por su regreso. Dentro, todo parecía detenido en el tiempo: la imagen de la Virgen de Guadalupe sobre la pared principal, la mesa larga donde antes se reunían todos los domingos, el eco de risas que ya no existían.
—Volviste —dijo su tío Ernesto, apareciendo desde la cocina—. Pensé que ya no querías saber nada de este lugar.
—Necesito respuestas —respondió Alejandro.
Durante los días siguientes, Alejandro comenzó a observar a su familia con otros ojos. Su tío Ernesto, siempre correcto, demasiado interesado en los asuntos del viejo negocio familiar de tequila. Su tía Lucía, silenciosa, que evitaba cualquier mención del pasado. Y su primo Javier, quien había crecido con él como un hermano.
Una noche, mientras revisaba antiguos papeles en el despacho de su padre, Alejandro encontró registros de una disputa por tierras, fechados poco antes del fallecimiento.
—Esto no estaba aquí antes… —murmuró.
Al día siguiente, enfrentó a su tío.
—¿Por qué mi padre quería vender parte del terreno? —preguntó.
Ernesto se tensó.
—Era una mala idea —dijo—. Podía arruinar a la familia.
—¿Tanto como para destruirlo todo? —insistió Alejandro.
Ernesto se levantó abruptamente.
—No revuelvas el pasado, muchacho. Hay cosas que es mejor dejar enterradas.
Pero Alejandro no se detuvo.
Habló con antiguos trabajadores, con vecinos, con viejos conocidos del pueblo. Poco a poco, una verdad incómoda emergía: su padre quería romper con ciertos acuerdos familiares que beneficiaban a unos pocos.
La noche antes del Día de Muertos, Alejandro encontró a Javier en el patio, colocando velas.
—¿Recuerdas a mi papá? —preguntó Alejandro.
Javier sonrió con tristeza.
—Claro. Era como un segundo padre para mí.
—Entonces dime —dijo Alejandro mirándolo fijamente—, ¿qué pasó realmente aquella noche?
Javier desvió la mirada.
—No todo fue como nos dijeron —admitió—. Pero ya es tarde para cambiarlo.
El corazón de Alejandro empezó a latir con fuerza.
Capítulo 3 – La verdad entre los muertos
El cementerio estaba iluminado por cientos de velas. El aroma de las flores de cempasúchil flotaba en el aire mientras la música tradicional resonaba suavemente. Alejandro caminó entre las tumbas hasta llegar a la de su padre.
—Aquí termina todo —dijo una voz detrás de él.
Era Javier.
—Fuiste tú —susurró Alejandro.
Javier cerró los ojos.
—No quería —dijo—. Pero tenía miedo. Pensé que si él seguía adelante, todos lo perderíamos todo.
—¿Y decidiste cargar con eso? —preguntó Alejandro, con lágrimas en los ojos.
—No pasa un día sin que me arrepienta —respondió Javier—. Creí que el tiempo lo enterraría.
Alejandro respiró hondo.
—La verdad no se entierra —dijo—. Solo espera.
Al amanecer, Alejandro se quedó solo frente a la tumba de su padre. El cielo comenzaba a aclararse.
—Te fallé por no preguntar antes —susurró—. Pero ya no más silencios.
No hubo venganza. Solo verdad. Y aunque el dolor seguía ahí, Alejandro comprendió que enfrentarla era la única forma de seguir viviendo.
En ese pequeño pueblo de Jalisco, entre recuerdos, tradiciones y heridas abiertas, comenzaba un nuevo capítulo. No uno libre de dolor, pero sí de mentiras.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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