Capítulo 1 – El papel frío
El sol brillaba con fuerza sobre las calles empedradas de Oaxaca, tiñendo de dorado cada rincón mientras yo conducía por más de quinientos kilómetros de colinas y valles hasta llegar al lugar donde se celebraría la boda de mi ex. Desde que dejé atrás la carretera, podía percibir en el aire la fragancia de las flores cempasúchil y el dulce aroma del pan de muerto recién horneado. Aquella combinación de olores me transportaba a recuerdos antiguos, a tardes soleadas junto a ella, y a promesas que, al parecer, nunca debieron hacerse.
La entrada al salón de fiestas estaba adornada con guirnaldas de colores vivos, globos y luces que reflejaban la alegría de la celebración. El sonido de los mariachis retumbaba entre las paredes decoradas con papel picado y velas. Mi corazón latía con fuerza, entre la emoción y el nerviosismo. Cada paso que daba me acercaba más al pasado que creía haber dejado atrás.
Antes de que pudiera asimilar la escena, la madre de ella me tomó del brazo y me arrastró a un rincón poco iluminado del salón. Su mirada estaba cargada de urgencia. Sin decir palabra, colocó en mi mano un papel frío que me erizó la piel. Lo abrí con manos temblorosas. Solo una línea:
“Ella no quiere estar aquí…”
Mis ojos se abrieron con incredulidad. El vino en mi copa tembló y casi se derrama sobre el suelo de piedra. El corazón me latía con una fuerza desbocada, como si quisiera escapar de mi pecho. Todo alrededor seguía con su ritmo festivo: risas, brindis, canciones. Pero para mí, el tiempo se había detenido.
Di un paso hacia atrás, tratando de comprender. Y entonces la vi. Estaba sentada cerca del altar improvisado, sobre una silla de madera, con las manos temblorosas sobre el regazo. Su vestido blanco parecía demasiado grande para ella, y sus ojos, que alguna vez brillaban con complicidad, ahora estaban vacíos, perdidos en la distancia. Mi sangre hirvió de rabia y miedo al mismo tiempo.
—“No… esto no puede ser cierto” —susurré, más para mí que para alguien más.
Avancé hacia ella, esquivando invitados y mesas adornadas con flores. Cuando finalmente tomé su mano, sus ojos se encontraron con los míos, llenos de lágrimas contenidas:
—“Tú… tú no deberías estar aquí. Si nos ven, habrá problemas…”
—“No me importa. Te voy a sacar de aquí, sea como sea” —respondí con determinación.
El sonido de los mariachis se volvió un murmullo distante mientras la arrastraba suavemente hacia la salida, por callejones estrechos pintados de colores vivos y con paredes decoradas con murales de calaveras y flores. Cada paso que dábamos estaba cargado de tensión. Los pensamientos de nuestra infancia compartida, nuestras risas y peleas, se mezclaban con el miedo de lo que podía suceder si nos atrapaban.
Llegamos a un coche estacionado al final de la calle. El motor rugió mientras nos subíamos. Ella se recostó contra mi hombro, finalmente exhalando un suspiro profundo. Miré hacia atrás, hacia el salón donde la fiesta seguía, y sentí un alivio mezclado con tristeza. La boda no era un acto de amor, sino una deuda impuesta por su familia. Y ahora, ella estaba conmigo, libre por primera vez en horas, quizá en años.
Capítulo 2 – La huida y los secretos
El camino hacia la sierra estaba oscuro, iluminado solo por la luna y algunas estrellas que brillaban tímidamente entre nubes dispersas. El aire fresco de la noche nos golpeaba el rostro, mezclando los aromas del campo con la pólvora de los petardos de la fiesta que se alejaba detrás de nosotros.
—“¿Cómo… cómo pudieron obligarte a esto?” —pregunté, intentando mantener la voz firme, aunque sentía que podía quebrarme.
—“Es… mi padre. Tiene deudas con gente poderosa… y yo… yo nunca pude decir que no. Siempre creí que debía proteger a mi familia, aunque eso me destruyera” —su voz estaba quebrada, y sus lágrimas mojaban mi camiseta.
Sentí un nudo en la garganta. El peso de la tradición, del deber familiar y de la violencia silenciosa que puede esconderse detrás de un apellido respetado en Oaxaca, nos acompañaba mientras avanzábamos por la carretera sinuosa.
—“No tienes que hacerlo sola más. Ahora estás conmigo” —le aseguré, apretando suavemente su mano.
Mientras avanzábamos, recordé todo lo que nos había separado: la distancia, el orgullo, los malentendidos. Pero también recordé la complicidad que teníamos cuando éramos adolescentes, caminando por las calles del centro histórico, compartiendo tacos de suadero y risas interminables bajo los portales de cantera rosa.
De repente, en una curva, escuchamos el motor de un vehículo detrás de nosotros. Luces que brillaban intensamente en la oscuridad. Mi corazón se aceleró: ¿nos habían seguido?
—“¡No pueden atraparnos!” —grité, más para mantenerme firme que para ella.
Ella asintió, con los ojos llenos de terror. El coche detrás aumentó la velocidad. Sentí cómo la adrenalina me recorría el cuerpo. Tomé la decisión de acelerar también, tomando un desvío hacia caminos rurales que conocía de viajes anteriores. La sierra nos ofrecía refugio, pero cada curva era un recordatorio de que estábamos solos y que la persecución no había terminado.
Finalmente, llegamos a una cabaña abandonada que conocía en la ladera de la montaña. Era un lugar sencillo, rodeado de maíz y nopales, con una vista espectacular del valle iluminado por la luna. Cerré la puerta con llave y respiré profundamente.
—“Aquí estaremos a salvo… por ahora” —dije, intentando sonar seguro.
Nos sentamos frente a una pequeña fogata. La luz naranja iluminaba su rostro, suavizando la tensión de horas atrás. Por un momento, solo nos quedamos en silencio, escuchando los grillos y el viento entre los árboles.
—“Gracias por venir por mí… no sé si hubiera podido huir sola” —murmuró.
—“Nunca lo hubieras estado. No mientras yo esté aquí” —respondí.
En ese momento, comprendí que la huida no solo era física; también era emocional. Estábamos escapando de las expectativas familiares, de la deuda de su padre, de años de sacrificio forzado. Cada palabra, cada suspiro, era un paso hacia nuestra libertad.
Pero mientras la noche avanzaba, no podía evitar pensar en lo que vendría: ¿cómo enfrentaríamos la vida fuera de la sombra de Oaxaca, de su familia y de los hombres que podrían buscarnos por la deuda? El suspenso no había terminado, y el futuro se sentía como un territorio desconocido, peligroso y excitante a la vez.
Capítulo 3 – El amanecer de la libertad
Cuando el primer rayo de sol iluminó la cabaña, nos despertamos con la sensación de que algo había cambiado. La noche de miedo y huida había pasado, pero no los recuerdos ni el peligro. Afuera, los campos de maíz brillaban con la luz dorada de la mañana, y el canto de los pájaros traía una paz que parecía imposible la noche anterior.
—“Tenemos que decidir a dónde ir ahora” —dije, mientras preparaba café con una pequeña hornilla—. “No podemos quedarnos aquí para siempre”.
Ella asintió, con un gesto de determinación. Su rostro reflejaba una mezcla de miedo y resolución: por primera vez parecía estar tomando decisiones por ella misma, no por la deuda de su padre ni por las expectativas de nadie.
—“Mi tío en la Ciudad de México… él siempre me apoyó. Podría ayudarnos a escondernos hasta que todo se calme” —sugirió.
—“Entonces iremos a Ciudad de México. Pero antes…” —la interrumpí suavemente—, “quiero que sepas que esto no es solo huir. Es nuestra oportunidad de vivir como queremos. Juntos”.
Ella sonrió tímidamente, y en ese instante supe que, pese al peligro, la libertad tenía un sabor dulce, intenso, que no habíamos sentido en años.
Mientras subíamos al coche, ambos respiramos profundamente, conscientes de que el viaje hacia la ciudad sería largo y lleno de incertidumbres. Pero también sabíamos que cada kilómetro nos alejaba de un pasado que no queríamos repetir.
Durante el camino, hablamos de sueños olvidados, de planes que parecían imposibles en el pasado. Reímos, lloramos y compartimos silencios que hablaban más que mil palabras. La cultura, la música y los aromas de México nos acompañaban, recordándonos que estábamos conectados con la tierra que nos vio crecer y que nos ofrecía la fuerza para empezar de nuevo.
Al entrar a la ciudad, el bullicio y las luces nos recibieron, diferentes a la tranquilidad de Oaxaca, pero llenos de oportunidades. Por primera vez, nos sentimos libres, no por huir, sino por elegir nuestro propio camino. La deuda, la tradición y las expectativas familiares quedaron atrás, mientras un nuevo capítulo comenzaba, lleno de posibilidades.
—“¿Crees que algún día volveremos a Oaxaca?” —preguntó ella, mirando por la ventana.
—“Quizá. Pero no como prisioneros. Solo cuando queramos, con libertad” —respondí, y nos sonreímos, conscientes de que ese día marcaba el verdadero comienzo de nuestras vidas.
El sol iluminaba nuestra ruta, y con cada kilómetro, dejábamos atrás la sombra del pasado, avanzando hacia un futuro que podíamos construir juntos.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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