Capítulo 1 – El regreso bajo el sol del desierto
Lucía Herrera regresó a Santa Rosalía de la Sierra el mismo día en que el calor parecía más denso que de costumbre, como si el desierto de Sonora la estuviera esperando. El autobús chirrió al detenerse frente a la vieja terminal, un edificio bajo con paredes color crema cuarteadas por los años. Cuando bajó, nadie la reconoció de inmediato. Habían pasado quince años, y la niña que se fue ya no existía.
—¿Lucía? —dijo una voz insegura.
Ella giró. Frente a ella estaba Carmen, la vecina de toda la vida, con el cabello más canoso y los ojos llenos de una sorpresa que rozaba el miedo.
—Soy yo —respondió Lucía con una sonrisa contenida—. Volví.
Carmen la abrazó con fuerza, como si quisiera comprobar que era real.
—Pensamos que no regresarías nunca… después de todo.
Lucía no preguntó “después de qué”. Lo sabía. En Santa Rosalía, los silencios hablaban más que las palabras.
La casa de los Herrera seguía en pie al final de la calle principal, con su portón de hierro oxidado y el patio lleno de polvo. Lucía empujó la puerta y el sonido metálico resonó como un aviso. Dentro, el aire olía a madera vieja y recuerdos encerrados.
—Llegaste tarde —dijo una voz masculina desde la sala.
Era Esteban, el hermano mayor. Su rostro mostraba arrugas que no recordaba, y su mirada evitaba la de ella.
—Llegué cuando pude —contestó Lucía—. ¿Dónde están los demás?
—Cada quien con su vida —respondió él, seco—. Papá murió hace tres años.
Lucía cerró los ojos un instante. Lo había sospechado, pero oírlo dolía.
—¿Y mamá? —preguntó, aun sabiendo la respuesta.
Esteban apretó los labios.
—Ya sabes lo que pasó.
Sí, Lucía lo sabía. El “accidente”. El que nadie quiso explicar con claridad.
Esa noche, sola en su antiguo cuarto, Lucía abrió la mochila que había traído consigo desde la ciudad. Sacó un cuaderno envuelto en una tela descolorida. El diario de su madre. Sus manos temblaron al tocarlo.
“Si alguien lee esto, es porque ya no estoy”, decía la primera página.
El corazón de Lucía comenzó a latir con fuerza. Afuera, el viento del desierto golpeaba las ventanas. Ella no lo sabía aún, pero ese regreso no solo removería el pasado, sino que pondría a todo el pueblo frente a una verdad que llevaba años enterrada.
Y mientras pasaba la página, una sombra se detuvo frente a la ventana, observando en silencio.
Capítulo 2 – Las verdades que arden
Durante los días siguientes, Lucía se movió por el pueblo como una observadora silenciosa. Visitó el mercado, la iglesia, la plaza central. Sonrisas tensas, saludos breves. Santa Rosalía no había olvidado.
Por las noches, leía el diario de su madre con una atención casi obsesiva.
“Están interesados en la tierra. Dicen que es por el progreso, pero no confío en ellos. Alguien de la familia habla con ellos.”
Lucía cerró el cuaderno con rabia contenida.
—¿Quién te traicionó, mamá? —susurró.
Buscó respuestas en Don Julián, un viejo amigo de su padre que ahora atendía una pequeña cantina.
—Tu madre era una mujer valiente —le dijo él mientras limpiaba un vaso—. Preguntaba demasiado.
—¿Sobre qué? —insistió Lucía.
Don Julián bajó la voz.
—Sobre las tierras, sobre unos permisos… y sobre tu hermano Esteban.
Lucía sintió un golpe seco en el pecho.
—Eso no puede ser verdad.
—Aquí nada es lo que parece, muchacha.
Esa misma tarde, enfrentó a su hermano.
—¿Vendiste las tierras? —preguntó sin rodeos.
Esteban se puso pálido.
—No sabes de lo que hablas.
—Lo sé todo —mintió Lucía—. Mamá lo sabía.
El silencio se hizo espeso.
—Tú no entiendes —dijo Esteban al fin—. Nos prometieron trabajo, dinero… Yo solo quería salvar a la familia.
—¿Y para eso dejaste que mamá tuviera miedo?
Esteban no respondió.
Lucía siguió investigando. Habló con una exfuncionaria municipal, revisó documentos viejos, ató cabos. El diario coincidía con todo: reuniones secretas, firmas dudosas, presiones silenciosas.
Una noche, alguien tocó la puerta de la casa.
—Déjalo así, Lucía —dijo una voz desde la oscuridad—. Hay cosas que es mejor no remover.
—Mi madre no pensaba lo mismo —respondió ella con firmeza.
La sombra se alejó sin decir nada. Lucía supo entonces que estaba cerca de la verdad.
Y que no todos estaban dispuestos a dejarla salir a la luz.
Capítulo 3 – El peso de la verdad
El día de la asamblea comunitaria llegó con un cielo despejado y un sol implacable. El salón municipal estaba lleno. Lucía se sentó al frente, con el diario en las manos.
—Quiero decir algo —anunció cuando le dieron la palabra.
Murmullos recorrieron la sala.
—Mi madre murió creyendo que había fallado —continuó—. Pero la verdad es que intentó protegernos.
Abrió el cuaderno y leyó fragmentos. Nombres. Fechas. Acuerdos ocultos.
Esteban se levantó de su asiento.
—¡Basta! —gritó—. No entiendes lo que provocas.
Lucía lo miró con tristeza.
—Sí lo entiendo. Y por eso estoy aquí.
Los presentes comenzaron a hablar entre ellos. La exfuncionaria confirmó lo dicho. Don Julián asintió en silencio.
Al final, no hubo gritos ni caos. Solo una verdad imposible de negar.
Días después, Lucía se encontró sola frente a la casa familiar. El desierto se extendía infinito, como siempre.
Cerró el diario de su madre con cuidado.
—Ya puedes descansar —susurró.
Santa Rosalía no volvería a ser la misma. Tampoco Lucía.
Pero por primera vez en quince años, sentía que había vuelto a casa de verdad.
Fin.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
Comentarios
Publicar un comentario