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Mi esposo recién había salido de viaje por trabajo cuando mi hija se acercó a mí, con voz temblorosa: —Mamá… debemos salir de la casa de inmediato. Justo cinco minutos después de cruzar la puerta principal, ocurrió algo que nunca hubiera imaginado…

Capítulo 1 – La alarma en la casa antigua


El aire estaba denso aquella mañana en la colonia Roma, en Ciudad de México. Las calles estrechas aún conservaban el aroma del café recién molido y del pan de los pequeños puestos ambulantes, pero dentro de la casa antigua de la familia Hernández, un silencio inquietante lo envolvía todo.

Mi esposo, Eduardo, acababa de partir hacia Monterrey por trabajo, dejándome sola con Sofía, nuestra hija de ocho años. La casa, con sus paredes de ladrillo rojo y ventanas de hierro forjado, siempre me había dado una sensación acogedora, pero esa mañana parecía respirar una tensión invisible.

—Mamá… —susurró Sofía, apareciendo de repente detrás de mí, con los ojos muy abiertos y la voz temblorosa—. Tenemos que salir de la casa… ¡ahora!

Me giré, alarmada. —¿Qué pasa, Sofía? ¿Por qué dices eso?

La niña no respondió con palabras; solo me agarró de la mano y comenzó a tirar de mí hacia la puerta principal. Su agarre era firme, casi desesperado. Cada paso que dábamos hacia el portón parecía alargar el silencio que llenaba la casa.

Al cruzar el umbral, un estallido ensordecedor sacudió las paredes. Las ventanas vibraron violentamente, y un olor acre a quemado llenó el aire. Mi corazón se aceleró, golpeando contra mi pecho como si quisiera salir.

—¡Sofía, agárrate! —grité mientras nos cubríamos con los brazos.

El humo se colaba por la puerta, formando remolinos que parecían bailar ante nuestros ojos atónitos. Afuera, los vecinos empezaban a asomarse, unos con miedo, otros con curiosidad. Un par de personas corrían con sus teléfonos en mano, llamando a los bomberos.

Sofía estaba temblando, sus lágrimas corrían por su rostro. La abracé fuerte, tratando de transmitirle calma, aunque mi propio miedo era intenso. No podía creer que algo así estuviera sucediendo, justo cuando creí que el día sería tranquilo.

—Mamá… ¿estamos bien? —preguntó, entre sollozos.

—Sí, mi amor —respondí, apretándola contra mí—. Estamos bien… solo tenemos que esperar a que llegue ayuda.

Cuando los bomberos llegaron, revisaron la casa y determinaron que un cortocircuito en las viejas instalaciones eléctricas había causado el estallido. Afortunadamente, nadie resultó herido.

Sentadas en la banqueta, viendo cómo los vecinos comentaban entre susurros y cómo el humo se disipaba lentamente, sentí una mezcla de alivio y gratitud. Sofía seguía temblando, pero su miedo empezaba a ceder.

—Mamá… —dijo finalmente—. Nunca más quiero que pase algo así.

—Yo tampoco, Sofía. Pero recuerda algo —le dije, con voz suave—: lo importante es que estamos juntas, y que podemos protegernos. Eso vale más que cualquier casa o cosa material.

Mientras caminábamos de regreso hacia un café cercano para calmarnos, me di cuenta de que aquel día había cambiado algo en nosotras. La seguridad y la familia eran lo más valioso, y ninguna casa antigua podía reemplazar eso.

Pero, mientras caminábamos, un extraño sentimiento me recorrió: no podía sacudirme la sensación de que aquel estallido no había sido solo un accidente… como si algo más estuviera esperando, oculto, dentro de las sombras de la ciudad.

Capítulo 2 – Ecos de la noche


Esa noche, después de la conmoción, regresamos a casa temporalmente. La casa, aunque ya había sido revisada por los bomberos, parecía distinta: los pasillos se veían más oscuros, los muebles más viejos, y cada crujido de las vigas de madera me hacía saltar.

Sofía insistía en dormir conmigo en la habitación principal, abrazando su muñeca mientras susurraba:

—Mamá… ¿y si vuelve a pasar?

—Nada va a pasar, mi vida —la tranquilicé, aunque mi voz sonaba más insegura de lo que quería—. Todo está bajo control.

Apagué la luz y traté de dormir, pero el silencio de la casa era demasiado profundo. Cada sombra parecía moverse, y cada sonido —el viento que entraba por las rendijas, un perro ladrando a lo lejos— me mantenía alerta.

A las tres de la mañana, un golpe seco en la planta baja me despertó. Sofía, que ya estaba medio dormida, dio un pequeño grito. Mi corazón se disparó.

—Mamá… —susurró—. ¿Qué fue eso?

Me levanté lentamente, tomando una linterna y una vieja llave inglesa que guardaba en la mesita. Bajé las escaleras con cuidado. La casa estaba en silencio nuevamente, salvo por el sonido del reloj de pared que marcaba cada segundo con precisión.

De pronto, escuché un murmullo, casi como un suspiro, proveniente del salón. Mis manos comenzaron a sudar y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Me acerqué, iluminando con la linterna cada rincón. No había nadie.

—Debe ser… el viento —me dije, aunque ni yo me lo creía del todo.

Pero entonces, una sombra cruzó frente a la ventana. Parpadeé y no estaba. Sofía comenzó a llorar suavemente desde la habitación. La tomé en brazos y subí nuevamente, intentando convencerme de que todo era producto del miedo y la imaginación.

Esa noche, mientras la ciudad dormía y las luces amarillas de la calle se filtraban por las cortinas, comprendí que algo había cambiado en la casa y en nosotras. El accidente del día había abierto una puerta invisible, y los ecos de esa tarde parecían querer recordarnos que no estábamos completamente a salvo.

—Mamá… —dijo Sofía, entre sueños—. No quiero quedarme sola nunca más…

—Nunca lo estarás —susurré, acariciando su cabello—. Te lo prometo.

Pero mientras cerraba los ojos, no podía dejar de pensar en la sombra que había visto. Una pregunta rondaba mi mente: ¿era solo un reflejo del miedo o algo más acechaba entre las paredes antiguas de nuestra casa?

Capítulo 3 – Revelaciones y nuevas certezas


Al amanecer, la ciudad despertaba con el sonido de los vendedores y el olor del pan recién horneado. El trauma de la noche anterior todavía nos acompañaba, pero decidí que era momento de enfrentar la situación con calma.

Llamé a Eduardo y le conté lo sucedido. Su voz preocupada me hizo sentir menos sola, pero también me recordó que, a pesar de la distancia, dependíamos la una de la otra.

—Tengo que volver —dijo finalmente—. Esto no puede quedar así.

Mientras tanto, me dediqué a inspeccionar la casa con más cuidado. Encontré varios cables viejos y enchufes dañados. Todo parecía indicar que el accidente eléctrico no era el único problema; la casa estaba envejeciendo, y su estructura comenzaba a mostrar signos de debilidad.

Sofía y yo comenzamos a hacer pequeños cambios: revisamos cada rincón, aseguramos las ventanas, y establecimos reglas de seguridad que nos permitieran sentirnos más tranquilas. La niña comenzó a recuperar su risa, aunque todavía miraba las sombras con cierta cautela.

Una tarde, mientras paseábamos por la Alameda Central, la conversación surgió de manera natural.

—Mamá… —dijo Sofía—. ¿Crees que la casa nos asustó a propósito?

—No, mi amor —respondí, sonriendo con ternura—. La casa no tiene conciencia. Pero a veces los lugares viejos nos recuerdan que debemos cuidar lo que más queremos. Nos enseñan a estar alerta y a protegernos.

Comprendí que la lección más importante no estaba en los cables ni en las paredes, sino en la relación con mi hija y nuestra capacidad de enfrentar el miedo juntas. La experiencia nos hizo más fuertes, más unidas.

Meses después, la casa seguía siendo nuestro hogar, aunque ahora con más cuidados y cariño. Cada ladrillo, cada ventana de hierro forjado, nos recordaba que la seguridad y la familia son los tesoros más valiosos. Y cada noche, cuando Sofía se acurrucaba a mi lado, ya no había miedo, solo confianza y amor.

Esa tarde, viendo el sol filtrarse entre los árboles y las calles llenas de vida, sentí que habíamos vencido no solo al accidente, sino a la sombra de la incertidumbre que nos había perseguido. Habíamos aprendido a escuchar, a proteger y, sobre todo, a valorar lo que realmente importa: estar juntas, vivas y agradecidas.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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