Capítulo 1: El silencio después de la lluvia
Mi madre murió cuando el verano ya se estaba despidiendo de Puebla. Las lluvias habían sido intensas ese año, y el patio aún conservaba charcos pequeños donde se reflejaban las macetas de cempasúchil que ella misma había sembrado antes de enfermar. Decía que esas flores siempre sabían esperar a los muertos.
La casa olía distinto desde que ella no estaba. No era solo el incienso del altar ni el chocolate espeso que ya nadie preparaba por las mañanas. Era un olor a ausencia, a cosas que se quedan suspendidas en el aire cuando alguien se va sin despedirse del todo.
—No puedo creer que ya no esté —dijo Clara, mi hermana mayor, una noche mientras recogíamos los platos—. Parece que va a salir del cuarto en cualquier momento.
Yo no respondí. Miré el pasillo oscuro, esperando escuchar el roce de sus sandalias. Mateo, el menor, apretó los dientes.
—Papá ni siquiera habla de ella —murmuró—. Es como si quisiera borrar todo.
Nuestro padre pasaba la mayor parte del tiempo en el corredor, sentado en su sillón de mimbre, fumando sin parar y mirando hacia el Popocatépetl, que se recortaba firme y distante en el horizonte. Cuando intentábamos hablarle, respondía con frases cortas, como si cada palabra le pesara demasiado.
María seguía ahí. Siempre había estado ahí. Desde que yo tenía memoria, ella se levantaba antes que todos, barría el patio, calentaba agua y hablaba poco. Mujer de rostro sereno, de origen nahua, vestía faldas oscuras y blusas sencillas. Nunca levantaba la voz. Nunca opinaba.
Hasta que un día, menos de un mes después del entierro, papá nos llamó a la sala.
—Tenemos que hablar —dijo.
Nos sentamos frente a él. María permaneció de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas.
—He decidido casarme —soltó, sin rodeos.
Sentí que el suelo se movía.
—¿Qué dijiste? —pregunté.
—Con María —añadió, mirándola apenas—. Ya es hora.
Clara se puso de pie de inmediato.
—¡Eso es una falta de respeto! —exclamó—. Mamá ni siquiera lleva cuarenta días enterrada.
Mateo golpeó la mesa.
—¿Cómo puedes pensar en eso ahora?
Papá no levantó la voz. Solo aspiró el humo del cigarro.
—No les estoy pidiendo permiso.
—¡Estás traicionando su memoria! —le grité.
María bajó la cabeza. Sus dedos temblaban.
—Yo no pedí esto —susurró—. Don Ernesto, por favor…
Papá levantó la mano.
—No es momento de discutir —dijo—. El domingo vendrá toda la familia. Ahí se aclarará todo.
Esa noche casi no dormí. Sentía rabia, confusión, y algo más difícil de nombrar: miedo. Miedo de que nuestra familia, ya fracturada, se rompiera del todo.
El domingo llegó con un cielo pesado. Desde temprano empezaron a llegar los tíos, los primos, los murmullos. En la cocina, María preparaba el mole sin decir palabra.
Antes de sentarnos a la mesa, vi a papá sacar un sobre viejo del cajón del aparador.
No supe por qué, pero en ese instante entendí que nada volvería a ser igual.
Y entonces, cuando todos ya estaban reunidos, papá se puso de pie y dijo:
—Antes de comer, tengo algo que leerles.
El silencio cayó como una losa.
Capítulo 2: Lo que se dice frente a todos
La mesa estaba servida, pero nadie tocó los platos. El mole se enfriaba lentamente mientras las miradas iban de mi padre al sobre amarillento que sostenía entre las manos.
—¿Qué es eso, Ernesto? —preguntó mi tía Rosa, frunciendo el ceño.
Papá respiró hondo.
—Es el testamento de Laura.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Mamá hizo un testamento? —susurró Mateo.
—Nunca nos dijo nada —añadió Clara.
—Porque no quería preocuparlos —respondió papá—. Me pidió que lo leyera solo cuando fuera necesario.
Desdobló el papel con cuidado. Su voz sonó firme al principio, pero conforme avanzaba, se volvió más lenta, más cargada.
Mi madre dejaba claro su amor por nosotros, su deseo de que siguiéramos juntos, que cuidáramos la casa. Hasta ahí, todo parecía normal.
Hasta que llegó al último párrafo.
—“La casa y el terreno del fondo los dejo a María López…” —leyó.
Un murmullo recorrió la sala.
—¿Qué? —exclamó un primo.
Yo me puse de pie de golpe.
—¡Esto es una broma!
Clara estaba pálida.
—¿Por qué ella?
Papá levantó la vista.
—Porque tu madre así lo quiso.
Mateo apretó los puños.
—¿Y tú sabías esto todo el tiempo?
—Sí.
—¿Y no dijiste nada?
—Porque no era el momento.
María salió de la cocina. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Yo nunca pedí nada —dijo, arrodillándose—. Su mamá me pidió que me quedara. Que cuidara a su esposo. Yo solo cumplí.
—¿Cuidarlo cómo? —escupió Clara.
—Con respeto —respondió papá con dureza—. Más del que ustedes creen.
La discusión estalló. Voces cruzadas, reproches antiguos, secretos a medias. Alguien acusó a María de oportunista. Otro recordó que ella había sido quien acompañó a mamá en el hospital cuando nosotros no pudimos.
—¿Dónde estaban ustedes cuando Laura no podía levantarse sola? —preguntó papá—. María estuvo ahí todos los días.
El silencio volvió a imponerse.
Yo miré a María. Por primera vez la vi no como parte del mobiliario, sino como una mujer cansada, cargando una promesa demasiado grande.
—¿Mamá sabía que te casarías con él? —le pregunté.
María asintió.
—Fue su idea —dijo—. Para que no me quedara sola.
Esa noche, nadie se fue satisfecho. La familia se dispersó en medio de miradas tensas y palabras no dichas.
Yo subí al cuarto de mi madre y me senté en su cama. Toqué la colcha. Cerré los ojos.
Por primera vez, dudé de mis propias certezas.
Capítulo 3: Lo que permanece
El tiempo no arregló las cosas, pero las volvió más soportables. La boda fue sencilla. Sin fiesta. Sin música. Solo nosotros, un juez, y un ramo pequeño de cempasúchil frente al altar improvisado de mi madre.
No llamamos a María “mamá”. Ella nunca lo pidió.
Siguió haciendo lo mismo de siempre: cocinar, limpiar, cuidar. Pero ahora también se sentaba junto a papá por las tardes, en silencio, mirando el volcán.
Un día me acerqué a ella.
—¿Fuiste feliz? —le pregunté.
María sonrió con tristeza.
—Fui leal.
Años después, cuando papá murió, fue ella quien nos llamó.
—Vengan —dijo—. Es su casa.
Nos entregó las llaves y se fue con una maleta pequeña.
En el patio, los cempasúchiles seguían floreciendo.
Entonces entendí que algunas promesas no se gritan.
Se viven.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
Comentarios
Publicar un comentario