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Cuando descubrí que mi esposo me estaba siendo infiel, le conté a mi mamá que tenía otra mujer. Ella solo sonrió de una manera muy extraña y me dijo: —Pon esto en la cama por mí… A la mañana siguiente, él estaba arrodillado frente a mí, llorando y pidiéndome perdón…

Capítulo 1 – Bajo el sol color miel

San Miguel de Allende en temporada seca parece una postal encendida. El sol cae como miel espesa sobre las calles empedradas, y las fachadas pintadas de amarillo, rosa mexicano y terracota vibran bajo el cielo limpio. A veces pienso que mi matrimonio empezó con ese mismo brillo: intenso, cálido, casi perfecto.

Conocí a Javier un Día de Muertos, en la explanada frente a la parroquia. Las banderitas de papel picado bailaban sobre nuestras cabezas y el aire olía a copal y a cempasúchil. Él estaba junto a un altar comunitario, acomodando una fotografía de su abuelo.

—La familia es lo más sagrado que tenemos —me dijo aquella noche, sin saber que esa frase se me quedaría grabada para siempre.

Sonreía con una seguridad tranquila. Hablaba de hijos corriendo por el patio, de domingos con barbacoa en casa de su madre, de tradición y raíces. Cuando me tomó de la mano mientras el mariachi comenzaba “Si nos dejan”, sentí que el mundo era sencillo.

Nos casamos un año después.

Los primeros meses fueron suaves como pan dulce recién horneado. Desayunábamos juntos, hablábamos de ahorrar para ampliar la casa, soñábamos con pintar la habitación del fondo para cuando llegara el primer bebé. Yo trabajaba medio turno en una tienda de artesanías; él en un taller mecánico a las afueras del pueblo.

Pero poco a poco algo empezó a desentonar, como una guitarra mal afinada en medio del mariachi.

—Me salió trabajo extra —decía Javier, evitando mi mirada—. Hay que aprovechar.

Regresaba tarde. A veces, pasada la medianoche. Yo fingía dormir cuando entraba. El colchón se hundía a mi lado y su cuerpo traía un aroma que no reconocía. No era grasa de motor. No era polvo de carretera.


Era un perfume dulce, ligero, ajeno.

—¿Desde cuándo usas colonia nueva? —pregunté una noche, intentando que mi voz sonara casual.

—Ah, es del taller. Uno de los muchachos llevó una muestra. Ni me gusta —respondió, dándome la espalda.

También estaban los mensajes. Su teléfono, antes siempre sobre la mesa, comenzó a vivir boca abajo. Una vez, mientras se bañaba, vibró. En la pantalla apareció un nombre femenino que no conocía. El mensaje decía: “¿Mañana a la misma hora?”

No lo abrí.

No era ciega.

Solo no quería mirar de frente lo que ya sabía.

La confirmación llegó una tarde ardiente. Había cerrado la tienda temprano y decidí pasar por el centro a comprar veladoras. Mientras cruzaba la calle junto a un pequeño hotel cerca del jardín principal, lo vi.

Javier salió por la puerta lateral.

No estaba solo.

A su lado caminaba una mujer joven, de cabello negro brillante que le caía hasta la cintura. Reían. Ella le acomodó el cuello de la camisa con una familiaridad que me heló la sangre. Él se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla.

El mundo no se detuvo. Los coches siguieron pasando. Un vendedor ambulante gritó el precio de sus nieves. Pero dentro de mí algo se rompió con un sonido seco, definitivo.

No grité. No corrí hacia ellos.

Me quedé quieta hasta que se fueron en direcciones opuestas, como si nada.

Esa noche no volví a casa.

Tomé un taxi hacia la casa de mi madre, en la periferia, donde las calles ya no están empedradas y el polvo se levanta con cada paso. Su casa es antigua, con un patio central lleno de nopales y macetas de cempasúchil que ella cuida como si fueran hijos.

Cuando abrió la puerta, me miró largo rato antes de hablar.

—¿Qué pasó, hija?

Entré sin responder. Me senté frente a ella en la cocina, donde siempre hay una olla de barro y el olor a canela flota en el aire.

Le conté todo. Sin lágrimas. Sin dramatismos. Cada detalle, como si estuviera leyendo la lista del mercado.

Cuando terminé, el silencio fue espeso.

Mi madre dio un sorbo a su atole y luego sonrió de una manera que no supe descifrar.

—Pon esto en tu cama —dijo, levantándose despacio.

Regresó con una bolsita de tela roja. La dejó sobre la mesa con suavidad.

La abrí. Dentro había hierbas secas, pétalos de cempasúchil, un hilo rojo y un papel doblado.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Un recordatorio.

—¿De qué?

Me miró fijo.

—Hay hombres que solo entienden cuando se ven a sí mismos perderlo todo.

Sentí un escalofrío.

—Mamá, yo no quiero hacerle daño.

—Nadie está hablando de daño —respondió con calma—. Estoy hablando de conciencia.

En San Miguel siempre han convivido la fe católica y las creencias antiguas. Se habla de curanderas, de sueños que advierten, de señales que llegan cuando uno no quiere escuchar. Yo nunca fui supersticiosa.

Pero esa noche regresé a mi casa con la bolsita roja apretada en el bolso.

Javier llegó tarde, como siempre.

—¿Estabas dormida? —preguntó desde la puerta.

—No.

No hubo más palabras. Se cambió en silencio y se metió a la cama. Cuando entré al cuarto, él ya estaba de espaldas.

Esperé a que su respiración se volviera profunda.

Entonces, con cuidado, coloqué la bolsita bajo su almohada.

Me quedé despierta, mirando el techo, escuchando el tic-tac del reloj. Afuera, un perro ladró a lo lejos. El aire estaba pesado.

En algún momento, Javier comenzó a moverse inquieto.

Murmuraba cosas que no entendía.

De pronto, soltó un gemido ahogado.

—No… —susurró.

Su cuerpo estaba empapado en sudor.

No lo desperté.

Solo observé.

Al amanecer, se incorporó de golpe, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Miró alrededor, desorientado.

Metió la mano bajo la almohada.

Sacó la bolsita roja.

Y entonces encontró el papel.

Sus manos temblaban cuando lo abrió.

Yo estaba en la cocina preparando café cuando lo escuché caminar hacia mí.

Sus pasos no sonaban firmes como siempre.

Eran inseguros.

Me di la vuelta.

Su rostro estaba pálido. Los ojos, enrojecidos.

—Tenemos que hablar —dijo con la voz quebrada.

Y antes de que pudiera responder, se arrodilló frente a mí.

El café siguió hirviendo detrás de mí.

Y su primera lágrima cayó sobre el piso frío.

Capítulo 2 – El sueño del hombre que desaparece


—Perdóname —dijo Javier, con la frente casi tocando el suelo—. Fui un tonto. No quiero perderte.

Lo miré sin moverme. El olor a café recién hecho llenaba la cocina, mezclándose con la tensión que flotaba entre nosotros.

—¿Perderme? —pregunté con calma—. ¿Desde cuándo te preocupa eso?

Levantó la vista. Sus ojos estaban hinchados.

—Anoche… soñé algo horrible.

No respondí. Dejé que hablara.

—Estaba en el panteón. Era Día de Muertos. Todo estaba lleno de veladoras. Busqué mi foto en el altar de mi familia… y no estaba. Nadie me recordaba. Mi mamá, mis hermanos… tú…

Tragó saliva.

—Tú estabas del otro lado de la reja. Me miraste… y te fuiste. Yo intentaba llamarte, pero no salía mi voz.

Se llevó las manos al rostro.

—Sentí que no existía. Como si me hubiera borrado yo solo.

Mi corazón latía con fuerza, pero mi expresión no cambió.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —pregunté.

Sacó el papel del bolsillo y lo extendió con manos temblorosas. Yo ya conocía la frase escrita por mi madre:

“La familia es un regalo. La traición es quemar tu propio altar.”

—Esto estaba bajo mi almohada —dijo—. ¿Tú lo pusiste?

Lo miré largo rato.

—¿Importa?

El silencio se hizo espeso.

—Sí importa —susurró—. Porque entendí. Entendí que estaba destruyendo lo único real que tengo.

—¿Y la otra mujer? —pregunté sin alzar la voz.

Su rostro se contrajo.

—Se llama Lucía. No significa nada.

—No me insultes —respondí, esta vez con firmeza—. Nada no se esconde. Nada no miente.

Bajó la cabeza.

—Me sentía… importante —admitió—. En el taller siempre es lo mismo. Facturas, grasa, problemas. Con ella era distinto. Me hacía sentir joven, admirado.

—¿Y yo qué te hacía sentir?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

—Seguridad —dijo al fin—. Casa. Paz.

Sonreí con tristeza.

—La paz no se valora hasta que se pierde.

Se acercó un poco más, todavía de rodillas.

—Terminé con ella. Anoche. Antes de llegar a casa.

Lo observé buscando una señal de mentira. No la encontré, pero eso ya no era suficiente.

—No te creo solo porque lo digas —respondí—. Las palabras son fáciles.

—Dime qué hacer.

Esa pregunta revelaba algo nuevo en él: miedo verdadero.

Respiré hondo.

—Vas a irte de la casa.

Su rostro se tensó.

—¿Qué?

—Necesito silencio para pensar. Y tú necesitas entender lo que casi perdiste.

—Pero…

—Si de verdad quieres salvar esto, empieza por respetar mi decisión.

Javier cerró los ojos. Asintió despacio.

—Está bien.

Esa misma tarde empacó una maleta pequeña. Lo observé desde la puerta del dormitorio.

—¿Vas a la casa de tu mamá? —pregunté.

—Sí.

Antes de salir, dudó.

—¿Hay algo más en esa bolsita? —preguntó en voz baja.

Lo miré.

—Solo cosas que ayudan a recordar.

Cuando la puerta se cerró, la casa quedó en un silencio que dolía.

Esa noche dormí sola. Sin perfume ajeno. Sin teléfono vibrando.

Pero también sin certezas.

Los días siguientes fueron extraños. Javier llamaba, pero no contestaba siempre. Necesitaba sentir el vacío que él había creado.

Mi madre vino a verme al tercer día.

—¿Y ahora qué? —preguntó, regando las plantas del patio.

—No lo sé —admití.

—El miedo despierta —dijo ella—. Pero no cambia a nadie si no hay voluntad.

—¿Y si solo fue el susto?

Me miró con dulzura.

—Entonces lo sabrás pronto.

Esa misma noche, alguien tocó la puerta.

No era Javier.

Era Lucía.

La reconocí de inmediato.

—Necesitamos hablar —dijo, con voz firme pero nerviosa.

El corazón me golpeó el pecho.

La dejé pasar.

Se sentó en la sala, mirando alrededor como si midiera el territorio.

—No sabía que estaba casado al principio —dijo—. Me lo dijo después.

—Y aun así seguiste.

Bajó la mirada.

—Sí.

El aire se volvió pesado.

—Pero terminó conmigo —continuó—. Y no por mí. Por usted.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quiere?

—Solo decirle que no lo busque. Porque él… él sí la quiere.

Sus palabras no eran dulces. Eran una mezcla de orgullo herido y verdad incómoda.

—Gracias —respondí al fin.

Cuando se fue, me quedé sentada largo rato.

¿Era amor lo que lo había hecho volver? ¿O el miedo de desaparecer como en su sueño?

Esa noche, el teléfono vibró.

Un mensaje de Javier:

“Estoy frente a la parroquia. No para suplicarte. Solo para pensar. Si decides que vuelva, lucharé. Si no, entenderé.”

Miré la pantalla durante varios minutos.

Afuera, las campanas comenzaron a sonar.

No respondí.

Pero algo dentro de mí sabía que la decisión que tomara cambiaría el resto de mi vida.

Y por primera vez, el suspenso no estaba en si él me elegiría a mí.

Sino en si yo lo elegiría a él.

Capítulo 3 – El altar que no se quema


Pasaron semanas.

Javier no volvió a buscar excusas. Comenzó terapia con el párroco del barrio, pidió más responsabilidades en el taller y dejó su teléfono desbloqueado cuando venía a dejar dinero para los gastos.

No insistía.

Esperaba.

Una tarde acepté verlo en el jardín principal.

Nos sentamos frente a la parroquia donde todo había empezado.

—No quiero prometerte perfección —dijo—. Quiero prometerte trabajo.

Lo observé con atención. Había algo distinto en su postura: menos arrogancia, más humildad.

—¿Por qué ahora sí? —pregunté.

—Porque entendí que el amor no es emoción constante. Es decisión diaria. Y yo dejé de decidirte.

Sus palabras no eran espectaculares. Pero eran sinceras.

—Si vuelvo —dije—, habrá condiciones.

—Las que sean.

—Transparencia total. Terapia de pareja. Y si vuelves a fallar, no habrá segunda oportunidad.

No dudó.

—Acepto.

El proceso no fue mágico. Hubo discusiones, lágrimas, desconfianza. Hubo noches en que el recuerdo del hotel me atravesaba como un cuchillo invisible.

Pero también hubo esfuerzo.

Pequeños actos constantes.

Meses después, regresó a casa.

No como dueño.

Como alguien que sabe que está reconstruyendo algo frágil.

Un año más tarde, en un nuevo Día de Muertos, montamos un altar en el patio. Colocamos fotos de nuestros abuelos, pan de muerto, veladoras.

Javier sostuvo mi mano.

—Gracias por no rendirte —susurró.

Lo miré.

—Gracias por despertar.

Mi madre, sentada junto a las flores de cempasúchil, sonrió en silencio.

Nunca supe si la bolsita roja tenía algún poder especial.

Quizás no.

Quizás el verdadero hechizo fue enfrentarse al miedo de quedarse solo, de no ser recordado, de convertirse en alguien que quemó su propio altar.

En San Miguel la gente cree en milagros.

Yo creo en decisiones.

Y aprendí que el amor no es el sol brillante del principio.

Es la voluntad de quedarse cuando la luz cambia.

Es cuidar el altar todos los días.

Para que nunca vuelva a arder.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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