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Cuando mi esposo se fue de viaje por trabajo, mi suegra me obligó a dormir en la sala. Ya entrada la noche, la advertencia llena de preocupación de la empleada doméstica mayor —“Señorita, no duerma en este cuarto”— reveló un secreto que me llenó de un miedo absoluto…

CAPÍTULO 1: LA CASA QUE RESPIRA EN SILENCIO

La primera noche que dormí en la sala, supe rằng algo en esa casa no quería que yo estuviera allí.

La lluvia caía sobre Guanajuato como un murmullo antiguo, deslizándose por las fachadas de colores y las calles empedradas que parecían retener los pasos del pasado. La casa de la familia de Diego se alzaba al final de un callejón estrecho, una construcción colonial de muros gruesos, altos ventanales y un silencio que pesaba más que la piedra.

Diego había partido esa mañana rumbo al norte, a una mina perdida entre montañas áridas. Antes de irse, me besó la frente.

—No te preocupes —me dijo—. Mi madre es estricta, pero buena persona.

Esa misma noche, doña Isabela me llamó a su despacho. No levantó la vista de su rosario cuando habló.

—Cuando Diego no está, tú dormirás en la sala.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿En la sala? Pero… nuestra habitación…

—Así se ha hecho siempre —cortó, con una voz seca que no admitía réplica.

No discutí. Su mirada evitaba la mía, como si temiera que yo leyera algo en sus ojos.

La sala era amplia, con un techo alto sostenido por vigas oscuras. Las paredes estaban cubiertas de retratos antiguos: hombres serios con bigotes espeso, mujeres de mirada dura, todos observándome como jueces silenciosos. En el centro, un sofá viejo de cuero marrón, frente a un pequeño altar. Allí estaba la foto de una mujer joven, vestida de blanco, con un rebozo tradicional. Su rostro era delicado… y profundamente triste.

—¿Quién es ella? —pregunté.

—Familia —respondió Isabela sin emoción—. Reza antes de dormir.

Apagué la luz pasada la medianoche. El silencio era tan espeso que podía oír mi propia respiración. Cerré los ojos… y entonces lo escuché.

Un susurro.


Muy suave. Como dos voces hablando al mismo tiempo.

Me incorporé de golpe.

—¿Hola…?

Nada.

Me recosté de nuevo, convencida de que el cansancio me jugaba una mala pasada. Pero el aire se volvió frío. El sofá crujió, como si alguien se sentara a mi lado.

Quise gritar.

En ese instante, una mano temblorosa tocó mi hombro.

—Señora… —susurró una voz anciana—. No duerma aquí.

Era María, la empleada de la casa. Su rostro estaba pálido, sus dedos apretaban un rosario con desesperación.

—Por el amor de Dios —dijo—. Levántese. Antes de que sea tarde.

Y entonces, todas las luces se apagaron.

CAPÍTULO 2: LOS PECADOS QUE NO DUERMEN


María me llevó a la cocina, encendiendo una vela con manos temblorosas. El reloj marcaba la una de la madrugada.

—¿Qué pasa, María? —pregunté, intentando mantener la calma—. ¿Por qué no puedo dormir en la sala?

La anciana se sentó frente a mí, respirando con dificultad.

—Porque esa sala no es para los vivos —dijo al fin—. Nunca lo ha sido.

Me contó que llevaba más de cuarenta años trabajando para la familia. Que había visto cosas que nunca se atrevió a decir en voz alta. Que la mujer del altar se llamaba Lucía.

—Fue la primera esposa del señor de la casa —susurró—. Hermosa. Buena. Demasiado buena.

Lucía llegó joven, enamorada, creyendo que aquel matrimonio la salvaría de la pobreza. Pero Isabela nunca la aceptó.

—Decía que Lucía quería robarle a su hijo —continuó María—. Cuando el marido se iba de viaje, la obligaba a dormir en la sala. Cerraba las puertas. Decía que era “disciplina”.

Sentí que me faltaba el aire.

—Una noche… Lucía no respondió al amanecer.

María bajó la mirada.

—Desde entonces, cuando un hijo se casa y se va… la sala debe “ocuparse”.

Un golpe seco resonó en el piso superior.

—¿Escuchó eso? —pregunté.

María se persignó.

—Ella sabe que usted está aquí.

Regresé a la sala contra mi voluntad. Doña Isabela estaba sentada en la oscuridad, como si me hubiera estado esperando.

—No hagas caso a supersticiones —dijo—. La casa tiene memoria. Eso es todo.

—¿Quién era Lucía? —me atreví a preguntar.

Por primera vez, su rostro se quebró.

—Una ingrata.

Esa noche no dormí. En el espejo del rincón vi el reflejo de una mujer de blanco, de pie detrás del sofá. No se movía. Solo me miraba.

Y yo supe que no quería hacerme daño.

Quería que escuchara.

CAPÍTULO 3: LA LUZ QUE NUNCA SE APAGA


Al amanecer, enfrenté a Isabela. Le conté todo: los susurros, la figura en el espejo, las palabras de María.

Ella guardó silencio durante mucho tiempo. Luego, comenzó a llorar.

—Yo solo quería proteger a mi familia —dijo entre sollozos—. Nadie iba a quitarme a mi hijo.

Confesó su miedo, sus celos, su error imperdonable. Lucía murió sola, esperando que alguien abriera la puerta.

—Desde entonces… ella espera —susurró—. No para vengarse. Para no estar sola.

Ese mismo día, llamé a Diego. Le conté todo. Regresó de inmediato.

—Nos vamos —dijo, tomándome la mano—. Ahora.

Salimos de esa casa antes del anochecer.

Meses después supe que Isabela mandó derribar la sala. Hizo misas, rituales antiguos, rezos que mezclaban fe católica y tradiciones locales.

Dicen que la casa quedó en silencio.

Pero los vecinos juran que, algunas noches, una luz se enciende donde ya no hay sala…
y que una mujer de blanco sigue sentada, esperando que alguien, por fin, la vea.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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