Capítulo 1 – La promesa bajo la bugambilia
Guadalajara en temporada de secas tiene un color particular. El aire se vuelve dorado, el polvo se levanta suave sobre las banquetas y las bugambilias parecen arder contra el cielo despejado. Frente a mi casa en Zapopan, una bugambilia violeta trepaba por el portón como si quisiera cubrirlo todo, como si protegiera algo.
Siempre pensé que protegía mi matrimonio.
Lucía y yo crecimos juntas en un barrio al sur de la ciudad, cerca del Mercado Libertad. De niñas compartíamos un solo churro espolvoreado con azúcar, sentadas en la banqueta mientras mirábamos pasar a la gente. En septiembre subíamos a la azotea para ver los fuegos artificiales del Día de la Independencia y jurábamos:
—Pase lo que pase, nunca nos vamos a soltar —decía Lucía, con la cara iluminada por los cohetes.
—Nunca —respondía yo, convencida de que las promesas infantiles eran eternas.
Pero la vida se encargó de poner precio a esa palabra.
Yo estudié administración en la universidad. Conocí a Alejandro en una conferencia empresarial. Era elegante, seguro, hablaba con una calma que inspiraba confianza. Años después se convirtió en gerente comercial de una importante empresa distribuidora en Jalisco. Nos mudamos a una casa amplia en Zapopan. Teníamos estabilidad, cenas con mariachi en restaurantes del centro, viajes ocasionales a Puerto Vallarta.
Lucía tomó otro camino.
Se casó joven. Su esposo, albañil, se fue a Monterrey “por una mejor oportunidad” y nunca regresó. Se quedó sola con su hijo Diego, trabajando en lo que podía: ventas, limpieza, turnos dobles.
La volví a ver después de años, en una cafetería cerca de la Catedral de Guadalajara. Apenas la reconocí. Estaba más delgada, las manos ásperas, las ojeras profundas.
—María… —me dijo tomando mi mano— creo que me van a despedir. Si eso pasa, no voy a poder pagar la escuela de Diego.
Sentí que algo me apretaba el pecho. Recordé el churro partido a la mitad.
Esa noche hablé con Alejandro.
—Amor, ¿podrías ayudarla? Aunque sea como ejecutiva junior. Es inteligente, solo necesita una oportunidad.
Alejandro dejó el tenedor sobre el plato.
—No me gusta mezclar trabajo con amistades.
—Por favor… Es mi amiga. Es como mi hermana.
Me miró en silencio unos segundos.
—Está bien. Por ti.
Lo abracé con alivio. Pensé que estaba haciendo lo correcto. Pensé que estaba cumpliendo nuestra promesa.
Dos semanas después, Lucía empezó en la empresa.
Yo misma la acompañé a comprar ropa formal al centro comercial. Le enseñé a maquillarse de manera discreta.
—Te ves increíble —le dije sonriendo.
—No sé cómo agradecerte —respondió ella con lágrimas contenidas.
Los primeros meses fueron buenos. Alejandro llegaba a casa comentando su progreso.
—Aprende rápido.
—Tiene carácter para negociar.
—Sorprendió al cliente de Tlaquepaque.
Yo sonreía, orgullosa.
Hasta que empezaron los pequeños detalles.
Alejandro comenzó a llegar más tarde. Su teléfono vibraba de noche. Lo colocaba boca abajo sobre la mesa.
Un domingo hicimos una carne asada en el jardín. El olor a carbón y carne impregnaba el aire. Diego jugaba con la pelota. Yo servía guacamole cuando levanté la vista.
Lucía y Alejandro se miraban.
No era una mirada casual. Era silenciosa, larga, íntima.
Sentí un escalofrío.
“No seas absurda”, me dije. “Son ideas tuyas.”
Pero la duda ya había echado raíz.
Días después fui a la oficina para dejarle unos documentos. La secretaria me dijo que estaba en la sala de juntas.
Abrí la puerta sin tocar.
Ellos estaban demasiado cerca. Sus manos se separaron bruscamente al verme.
Lucía se puso pálida.
—María… no es lo que parece —dijo Alejandro.
El silencio pesaba más que cualquier explicación.
Esa noche lo enfrenté.
—¿Hay algo que quieras decirme?
Alejandro respiró hondo.
—No fue planeado.
El mundo se volvió un zumbido.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé… comenzó hablando de trabajo… luego de su vida… se siente sola.
—¿Y yo qué soy? —mi voz se quebró— ¿Yo no existo?
Él no respondió.
Ese silencio fue la primera grieta real en mi matrimonio.
Pero lo peor estaba por venir.
Porque a la mañana siguiente recibí un mensaje de Lucía:
“Tenemos que hablar. Es urgente.”
Y cuando vi su nombre en la pantalla, supe que algo se estaba rompiendo para siempre.
Capítulo 2 – La traición tiene nombre
Nos encontramos en el parque donde jugábamos de niñas. El mismo donde juramos no soltarnos jamás.
Lucía estaba sentada en la banca de siempre. Diego no estaba con ella. Eso me inquietó.
—Dime que no es cierto —le pedí antes siquiera de saludar.
Lucía bajó la mirada.
—No quería que pasara.
—Eso no es una respuesta.
—María… yo estaba sola. Alejandro me escuchaba. Me hacía sentir vista.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
—¿Y yo qué hice? ¿No te escuché? ¿No te ayudé?
—Sí, pero tú tenías todo. Casa, estabilidad, amor…
—¿Y eso te dio derecho?
Lucía comenzó a llorar.
—No planeé enamorarme.
La palabra cayó como un martillo.
—¿Enamorarte?
—Sí.
El aire parecía faltar.
—¿Él también?
Lucía guardó silencio.
Entendí que sí.
Esa noche Alejandro llegó decidido.
—María, no puedo seguir fingiendo.
—Entonces no finjas.
—Me voy a mudar por un tiempo.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
—¿Por ella?
—No es solo por ella… es que contigo ya no me sentía… entendido.
Las palabras dolían más que cualquier grito.
—Yo te di mi confianza —susurré.
—Y yo la rompí. Lo sé.
Un mes después se fue de la casa.
La bugambilia seguía floreciendo, como si nada.
Los vecinos susurraban. Mi madre me dijo por teléfono:
—Hija, levántate. No te dejes caer.
Pero cada rincón de la casa era un recuerdo.
Una tarde vi en redes sociales una foto: Alejandro y Lucía en Monterrey, sonriendo frente al Cerro de la Silla. Él había sido promovido.
Sentí una punzada, pero también algo nuevo.
Claridad.
No lo perdí cuando ella entró a la empresa.
Lo perdí cuando dejó de elegirme.
Y comprendí que aferrarme no iba a devolver nada.
Así que tomé una decisión.
Si todo iba a empezar de nuevo, sería bajo mis propios términos.
Capítulo 3 – La mujer que florece
Vendí el coche que compartíamos. Utilicé parte del dinero para rentar un pequeño local cerca del Mercado Libertad.
Cada vez que pasaba por ahí recordaba el churro partido en dos.
Decidí abrir una panadería.
Mi madre me ayudó con las recetas. Las vecinas me apoyaron difundiendo la noticia.
Le puse nombre: “La Bugambilia”.
El día de la inauguración colgué un listón morado en la puerta. Las campanas de la Catedral repicaban a lo lejos.
Una clienta probó mis conchas y dijo:
—Saben a hogar.
Sonreí por primera vez en meses.
Un día recibí un mensaje inesperado.
Era Lucía.
“María… no todo es como parece.”
No respondí.
Había aprendido algo importante: no todas las historias necesitan segunda parte.
Semanas después supe que la relación entre ellos tampoco era perfecta. Las decisiones tomadas desde la carencia suelen cargar con su propio peso.
Una tarde, mientras cerraba la panadería, miré el cielo teñido de naranja.
No sentía odio.
Sentía fortaleza.
Había perdido un matrimonio. Había perdido una amistad. Pero no me había perdido a mí.
La bugambilia frente a mi antiguo hogar seguía floreciendo.
Y yo también.
Porque algunas traiciones no destruyen.
Revelan.
Y cuando el polvo de la temporada seca finalmente se asienta, lo único que queda en pie es aquello que tiene raíces profundas.
Yo, por fin, las había encontrado.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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