CAPÍTULO I – EL PESO DE LO NO DICHO
El golpe seco del portón al cerrarse resonó en toda la casa, como si alguien hubiera querido despertar a los muertos. El calor de Oaxaca caía espeso sobre nosotros, pegándose a la piel, mezclado con el olor de las flores de cempasúchil que aún quedaban marchitas en el patio desde el último Día de los Muertos. Mi madre había fallecido esa misma tarde, y aun así, el mundo parecía seguir respirando con indiferencia.
—No puede ser… —murmuró Tomás, el mayor, pasándose la mano por la cara—. Esta casa se siente más chica que nunca.
Nadie respondió. Estábamos los tres ahí, de pie en la sala, bajo el techo color tierra que nuestra madre había pintado ella misma años atrás. Yo sentía el pecho apretado, como si cada recuerdo quisiera salir de golpe.
Empezamos a ordenar en silencio. Cada objeto tenía una historia, y cada historia dolía. Cuando subí la mirada hacia el viejo ropero de madera, vi algo que no recordaba: tres cobijas dobladas, colocadas con un cuidado casi ceremonial, cada una con un papel amarillento prendido con un alfiler.
—¿Eso qué es? —pregunté.
Tomás se encogió de hombros.
—Seguro cosas viejas de mamá. Ya sabes cómo era.
Me subí a una silla para alcanzarlas. Al tomar la primera, leí el nombre: “Tomás”, escrito con la letra redonda e inconfundible de mi madre. La segunda decía “Luis”. La tercera… mi nombre.
Luis soltó una risa breve, nerviosa.
—Ni loco me llevo eso. Mi departamento ya parece bodega.
—Además, ¿para qué? —añadió Tomás—. Son cobijas viejas, llenas de polvo.
Yo no dije nada. Cuando tomé la mía, sentí algo extraño: pesaba más de lo normal. Olía a humo de leña, a jabón artesanal, a hogar. La doblé despacio.
—¿De verdad te la vas a llevar? —preguntó Luis, arqueando una ceja.
—Sí —respondí, sin pensar—. Es de mamá.
Nadie discutió. Tal vez porque discutir habría significado aceptar que algo se estaba rompiendo definitivamente entre nosotros.
Esa noche, en nuestro departamento de la Ciudad de México, el silencio era distinto. Mi esposa, Clara, extendió la cobija sobre la cama.
—Está bien hecha —dijo—. Tu mamá sabía coser.
Entonces se quedó quieta.
—Oye… —susurró—. ¿La sientes rara?
Pasé la mano por la tela. Había algo duro dentro, oculto entre el relleno.
—No puede ser… —dije, con el corazón acelerado.
Con cuidado, deshicimos unas puntadas. De dentro cayó una pequeña bolsa de tela. Clara me miró, inquieta.
—Ábrela.
Dentro había una llave antigua, un peso de plata gastado y una carta.
Reconocí la letra de inmediato. Mis manos temblaban.
—Es de mi mamá…
No dormimos esa noche.
CAPÍTULO II – LA CASA QUE AÚN RESPIRA
Volví a Oaxaca dos semanas después, solo. La casa parecía observarme cuando abrí la puerta. El altar familiar seguía intacto. Detrás de él, tal como decía la carta, había un pequeño compartimento. La llave encajó perfectamente.
Dentro encontré un cuaderno grueso, de tapas gastadas.
—Así que aquí estabas… —murmuré.
Me senté en el suelo y empecé a leer. Mi madre había escrito durante años. Sobre el mercado, sobre sus manos cansadas, sobre nosotros.
“Tomás siempre quiere ser fuerte.”
“Luis huye cuando algo le duele.”
“Él… él siente demasiado.”
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —susurré al aire.
Esa noche soñé con ella. No hablaba. Solo sonreía.
Al despertar, entendí que la casa no estaba vacía. Nunca lo había estado.
CAPÍTULO III – LO QUE SE QUEDA
Meses después, mis hermanos regresaron. Les mostré el cuaderno.
—Mamá sabía —dijo Tomás, con la voz quebrada—. Siempre supo.
Luis apretó los labios.
—Y nosotros nunca preguntamos.
Encendimos velas. El peso de plata brilló bajo la luz.
—No era dinero —dije—. Era memoria.
Esa noche dormimos ahí. Compartimos historias, risas y silencios.
Al amanecer, doblé la cobija una vez más. Ya no pesaba. O tal vez yo era más fuerte.
—Gracias, mamá —susurré.
Y por primera vez desde su partida, sentí paz.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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