CAPÍTULO 1 – EL DÍA EN QUE EL NOVIO DESAPARECIÓ
El sol caía implacable sobre San Miguel de Allende, tiñendo las fachadas coloniales de un dorado intenso. Las papel picado colgaban de balcón en balcón, moviéndose suavemente con el viento, como si celebraran una fiesta anticipada. Desde la plaza principal, el sonido lejano de un mariachi anunciaba lo que sería la boda más comentada del año.
Pero dentro de la Casa Hernández, el ambiente era otro.
—¿Todavía no responde? —preguntó Isabela, con la voz quebrada, sosteniendo el teléfono entre sus manos temblorosas.
La pantalla seguía en negro.
—Hija, tranquila —dijo Doña Teresa, su madre, intentando sonreír—. Quizá se quedó sin señal. Alejandro siempre fue… reservado.
Isabela negó lentamente. Algo no encajaba. Alejandro nunca desaparecía sin avisar. Nunca.
La habitación del hotel donde se hospedaba estaba intacta: la cama hecha, la maleta abierta, el traje del ensayo colgado con cuidado. Como si hubiera salido por un momento… y jamás hubiera regresado.
—Esto no es normal —dijo Don Rafael Hernández, con el ceño fruncido—. Llamen a la policía. Ahora.
Las horas pasaron entre llamadas, murmullos y miradas de preocupación. Al caer la noche, la noticia ya corría por todo San Miguel. El hombre perfecto, el futuro yerno de una de las familias más poderosas del estado… había desaparecido.
A la mañana siguiente, frente a invitados confundidos y proveedores nerviosos, Don Rafael subió al estrado improvisado en el patio.
—Por causas de fuerza mayor —anunció con voz firme—, la boda de mi hija queda pospuesta indefinidamente.
Un murmullo recorrió el lugar. Isabela sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No se fue porque no me amara… —susurró ella más tarde, sola en su habitación—. Algo pasó. Yo lo sé.
Esa noche, mientras el pueblo dormía, Isabela encontró algo bajo la puerta: un sobre sin remitente. Dentro, solo una frase escrita a mano:
“A veces, el pasado exige ser escuchado.”
El corazón le dio un vuelco.
CAPÍTULO 2 – EL NOMBRE QUE NO ERA SUYO
El noticiero del mediodía interrumpió la rutina del pueblo.
—Tenemos información exclusiva sobre la desaparición de Alejandro Cruz —anunció la periodista con tono grave—. Su identidad podría no ser la que todos conocíamos.
Isabela se quedó paralizada frente al televisor.
—Alejandro Cruz no existe —continuó la voz—. Su verdadero nombre es Alejandro Morales.
El aire se volvió pesado.
La periodista relató una historia enterrada hacía más de veinte años. Esteban Morales, un pequeño propietario de tierras, había perdido todo tras un conflicto legal con Don Rafael Hernández. El caso terminó con Esteban en prisión, arruinado y olvidado. Murió sin recuperar su nombre.
—Eso es mentira —dijo Don Rafael, apagando el televisor—. Calumnias.
—¿Lo es? —preguntó Isabela, mirándolo por primera vez con desconfianza.
Horas después, llegó la carta. Esta vez, dirigida a Don Rafael, entregada en la iglesia donde debía celebrarse la boda.
Isabela la leyó en voz alta, con lágrimas cayendo sobre el papel.
—“Usted destruyó a mi padre. Yo solo le mostré lo que se siente perderlo todo en silencio…”
Don Rafael se sentó lentamente, como si el peso de los años cayera de golpe.
—Alejandro se acercó a mí… ¿por venganza? —preguntó Isabela—. ¿Todo fue una mentira?
Nadie respondió.
Esa noche, Isabela recordó cada gesto, cada promesa. ¿Había amor en sus ojos? ¿O solo paciencia?
—Si todo fue un plan… —susurró—, ¿por qué duele como si fuera real?
CAPÍTULO 3 – LO QUE QUEDA DESPUÉS DEL SILENCIO
Las semanas siguientes fueron un derrumbe silencioso.
Viejos documentos salieron a la luz. Testigos hablaron. El apellido Hernández, antes respetado, comenzó a resquebrajarse. Don Rafael envejeció de golpe.
—Nunca pensé que alguien volvería por eso —admitió una noche—. Creí que el tiempo lo había enterrado.
—El tiempo no borra —respondió Isabela—. Solo espera.
Alejandro nunca reapareció. No hubo juicio, ni confrontación final. Solo ausencia.
Meses después, Isabela dejó San Miguel. Desde la ventana del autobús, vio las papel picado descoloridas colgando aún en la plaza.
En Ciudad de México, comenzó de nuevo. Trabajo, anonimato, silencio.
A veces pensaba en Alejandro. No con odio. No con amor. Con una tristeza extraña.
—Fuimos dos víctimas de la misma historia —dijo una vez en voz baja.
El pasado había cobrado su deuda.
Y en San Miguel, el viento seguía moviendo los papeles de colores, recordando a todos que ninguna verdad permanece oculta para siempre.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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