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La esposa estaba acompañando a su mamá junto a la cama del hospital en sus últimos momentos de vida, cuando su marido le llamó para decirle que regresara a la casa a preparar la comida, porque unos compañeros de trabajo estaban por llegar de visita. Llenándose de coraje, ella no discutió ni dio explicaciones; simplemente hizo algo en silencio… y logró que su esposo y todos sus invitados terminaran recogiendo sus cosas y saliendo de la casa...

Capítulo 1 – La casa que respira recuerdos

En una calle empedrada de Guadalajara, donde las tardes huelen a pan dulce recién horneado y a bugambilia húmeda, se levantaba la casa amarilla de la familia Morales. No era grande ni ostentosa, pero tenía algo que muchas otras no: memoria. Las paredes guardaban risas, discusiones, cumpleaños con piñatas improvisadas y madrugadas de trabajo cuando doña Elena amasaba tortillas para vender en el mercado San Juan de Dios.

Lucía había crecido allí, entre el vapor del comal y la voz rasposa de Vicente Fernández saliendo de un radio viejo. Recordaba a su madre cantando mientras acomodaba los guisados en recipientes de plástico.

—La vida es dura, hija —le decía—, pero una casa es como un corazón: si la cuidas, siempre late por ti.

Cuando Lucía se casó con Raúl, muchos vecinos comentaron que era un buen partido. Trabajaba en una empresa constructora importante, usaba camisa planchada todos los días y hablaba de proyectos como si ya fuera director.

—Vámonos a vivir a la casa de tu mamá —propuso él con una sonrisa calculada—. Es amplia, bien ubicada… y no pagamos renta. Después la remodelamos, la ponemos más moderna.

Lucía aceptó convencida de que el amor consistía en ceder un poco.

Al principio todo fue ilusión. Pero pronto, la palabra “remodelar” empezó a significar otra cosa. Raúl comenzó a llevar compañeros de trabajo cada viernes.


—Son contactos importantes —explicaba—. Si quedo bien con ellos, subo de puesto.

Lucía cocinaba sin descanso: enchiladas, pozole, carne asada, guacamole en grandes molcajetes. Mientras los hombres brindaban con tequila en la sala, ella corría de la cocina al comedor.

Una noche, cuando por fin se sentaron solos, Lucía se atrevió a decir:

—Raúl, me gustaría que al menos me avisaras con más tiempo.

Él suspiró.

—No exageres. Solo es comida. Además, es tu casa… deberías sentirte orgullosa de recibir gente.

Ella calló. Pero algo en su interior comenzó a incomodarse.

Semanas después, doña Elena enfermó. Un dolor persistente en el pecho terminó en diagnósticos y hospitalizaciones. El Hospital Civil Viejo se convirtió en el nuevo escenario de la vida de Lucía.

Aquella tarde de octubre, la luz dorada entraba por las ventanas del pasillo cuando el médico habló con voz serena:

—Señorita Lucía… su mamá está muy delicada. Quizá solo sean horas.

Lucía entró al cuarto. El olor a desinfectante era fuerte. Su madre respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando como si cargara un peso invisible.

—Mamá, aquí estoy —susurró, tomando su mano.

Los dedos de doña Elena apenas respondieron.

—Hija… la casa… —murmuró con esfuerzo—. Es tuya. Prométeme que nadie te sacará de ahí.

—Te lo prometo.

En ese instante, el celular vibró.

Raúl.

Lucía salió al pasillo para contestar.

—¿Dónde estás? —preguntó él.

—En el hospital. Mamá está muy mal.

—Sí, sí, pero escucha… los ingenieros de Monterrey vienen hoy. Cerramos trato si todo sale bien. Van para la casa. ¿Puedes irte adelantando y preparar algo? No quiero quedar mal.

Lucía apretó el teléfono.

—Raúl… creo que mi mamá no pasa de esta noche.

Hubo un silencio breve.

—Lo siento, de verdad. Pero ya lo que vaya a pasar… va a pasar. En cambio, lo del trabajo depende de hoy. Solo es una cena.

La frase quedó suspendida en el aire, fría y pesada.

Lucía miró por la ventana. El cielo comenzaba a oscurecerse.

—Está bien —dijo finalmente.

Regresó al cuarto. Se sentó junto a su madre y apoyó la frente sobre la sábana.

El monitor emitía un sonido constante, como un reloj marcando los últimos segundos.

Cuando el aparato lanzó un pitido largo y uniforme, Lucía sintió que algo dentro de ella se quebraba en silencio.

No lloró de inmediato. Firmó papeles, habló con la funeraria, escuchó instrucciones que parecían venir desde muy lejos.

Al salir del hospital, la noche ya cubría la ciudad.

Encendió el auto. En lugar de dirigirse a casa directamente, marcó un número.

—Buenas noches —dijo con voz firme—. Necesito que trasladen el cuerpo esta misma noche… Sí. A su domicilio.

Colgó.

Mientras conducía, veía desfilar los recuerdos como luces borrosas. Las fiestas de Raúl. Las risas ajenas. La promesa hecha a su madre.

Cuando dobló la esquina de su calle, escuchó música norteña a todo volumen.

La casa amarilla brillaba como si celebrara algo.

Lucía apagó el motor.

Y entonces, en medio del ruido y las risas, tomó una decisión que cambiaría todo.

La puerta estaba abierta. El olor a tequila y carne asada flotaba en el aire.

Raúl levantó su copa al verla entrar.

—¡Ya llegó mi esposa! —anunció—. Amor, ¿nos ayudas con la comida?

Lucía lo miró fijamente.

Y sin decir una palabra, caminó hacia su habitación.

Minutos después, el sonido de un vehículo deteniéndose frente a la casa hizo que la música se detuviera abruptamente.

Los hombres se miraron entre sí.

Raúl frunció el ceño.

—¿Esperas a alguien?

Lucía regresó al salón, sosteniendo un sobre en la mano.

—Sí —respondió—. Estoy esperando a mi madre.

Y en ese instante, alguien tocó la puerta.

El silencio se volvió espeso.

La perilla comenzó a girar lentamente…

Continuará…

Capítulo 2 – La noche del velorio


La puerta se abrió con un crujido leve, como si la casa misma contuviera la respiración. Cuatro hombres vestidos de negro entraron con pasos solemnes. Detrás de ellos, el aire nocturno trajo el aroma húmedo de la calle.

Entre todos cargaban un ataúd de madera oscura.

La música había cesado. Las risas se apagaron como velas sopladas de golpe.

—¿Qué significa esto? —preguntó Raúl, bajando la copa con torpeza.

Lucía dio un paso al frente.

—Mi madre falleció hace dos horas —dijo sin elevar la voz—. Y va a ser velada aquí. En su casa.

Uno de los ingenieros carraspeó.

—Raúl… quizá deberíamos irnos.

Raúl intentó reír, incómodo.

—Es una broma de mal gusto, ¿verdad?

Lucía lo miró directamente a los ojos.

—¿Te parece una broma?

El ataúd fue colocado en el centro de la sala, justo donde minutos antes estaban las botanas y las botellas.

Lucía tomó el sobre y lo dejó sobre la mesa.

—Aquí están las escrituras. Esta casa está a mi nombre. Mi madre me la heredó hace años.

Raúl palideció.

—Eso… eso lo podemos hablar luego.

—No. Lo hablamos ahora.

Los hombres alrededor comenzaron a recoger discretamente sus cosas.

—Caballeros —continuó Lucía con firmeza—, si desean acompañar el velorio, son bienvenidos. Si no, les pido respeto.

Uno por uno, salieron murmurando condolencias apresuradas.

La puerta se cerró.

Quedaron solo Raúl y Lucía, frente al ataúd.

—Me hiciste quedar como un tonto —dijo él en voz baja.

Lucía sintió un cansancio profundo.

—No fui yo.

—Podías esperar a mañana.

—¿Esperar? —susurró ella—. ¿Como esperé cada vez que pusiste tu trabajo por encima de todo?

Raúl guardó silencio.

Desde la cocina, el olor de la carne asada ahora resultaba fuera de lugar, casi ofensivo.

—Esta casa no es una sala de negociaciones —continuó Lucía—. Es el lugar donde mi madre trabajó toda su vida. Donde me enseñó a no dejarme pisotear.

Se acercó al ataúd y apoyó la mano sobre la madera.

—Y yo te prometí que nadie me sacaría de aquí.

Raúl tragó saliva.

—¿Qué estás diciendo?

Lucía lo miró con una serenidad nueva.

—Te pido que te vayas esta noche.

El silencio fue más fuerte que cualquier grito.

Afuera comenzaron a llegar vecinos. Doña Marta apareció con un rosario en la mano.

—Hija… lo siento mucho.

La sala empezó a llenarse de murmullos, rezos, flores de cempasúchil.

Raúl quedó desplazado en su propia reunión.

Observó cómo la comunidad ocupaba el espacio que él creía dominar.

Lucía encendió una vela.

Y mientras el Padre Nuestro se elevaba en la habitación, Raúl entendió que algo irreversible estaba ocurriendo.

Pero aún no sabía si estaba perdiendo solo una noche…

o todo lo demás.

Capítulo 3 – Lo que permanece


El velorio se prolongó hasta la madrugada. La casa amarilla volvió a ser lo que siempre había sido: refugio.

Las vecinas llevaron café, pan dulce y abrazos sinceros. Se escucharon anécdotas de doña Elena, risas suaves entre lágrimas.

Raúl permaneció en silencio, sentado en una esquina.

Observaba a Lucía dirigir discretamente todo, fuerte y serena. No era la mujer que corría de la cocina a la sala para complacerlo.

Al amanecer, cuando el ataúd fue llevado al panteón, Raúl se acercó.

—Lucía… podemos arreglar esto.

Ella lo miró largamente.

—No se trata de esta noche. Se trata de años.

Él intentó tomar su mano, pero ella la retiró con suavidad.

—Necesito tiempo —dijo ella—. Y necesito respeto.

Los días siguientes fueron extraños. Raúl intentó mostrarse atento, pero algo se había fracturado.

Una tarde, Lucía colocó sobre la mesa unos documentos.

—He hablado con un abogado.

Raúl entendió sin que ella lo dijera.

No hubo gritos. Solo una aceptación lenta.

Semanas después, Raúl se mudó.

Lucía reabrió la cocina de su madre. Volvió el comal al centro del hogar. El olor a masa fresca reemplazó al del tequila.

Los vecinos acudían cada mañana.

Un día, mientras acomodaba flores bajo la foto de su madre, Lucía susurró:

—Lo logré, mamá.

En la pared colgaba una frase escrita a mano:

“Esta casa es de quien la respeta.”

La bugambilia volvió a florecer con intensidad.

La casa amarilla seguía en pie.

Pero ahora respiraba paz.

Y Lucía, por primera vez en mucho tiempo, también.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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