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La esposa, a quien todos creían muerta tras la gran inundación que azotó el pueblo hace muchos años, dejó a su marido con un dolor imposible de superar. Diez años después, él decidió volver a casarse… Pero justo el día de la boda, la mujer que había desaparecido en aquella tragedia reapareció de manera inesperada y reveló toda la verdad, haciendo que el esposo rompiera en llanto, destrozado por el dolor...

CAPÍTULO 1 – El río que se llevó su nombre

San Isidro despertaba cada mañana con olor a café tostado y tierra húmeda. El canto de los gallos se mezclaba con el murmullo constante del Río Verde, que atravesaba el pueblo como una vena antigua. En la plaza principal, bajo la sombra de los laureles y frente a la iglesia de cantera gris, la vida transcurría con la calma de siempre… al menos eso parecía.

Pero en San Isidro nadie olvidaba la noche en que el río rugió como una bestia.

—Diez años ya… —murmuró don Evaristo, el panadero, una tarde de abril, mientras veía a Mateo Herrera cruzar la plaza con la cabeza baja.

Mateo cargaba un ramo de flores blancas. Siempre eran las mismas: margaritas y pequeñas azucenas silvestres que él mismo recogía al amanecer. Caminaba sin mirar a nadie, como si el pueblo entero fuera un recuerdo demasiado pesado.

El taller de guitarras de Mateo estaba a dos calles del río. Allí, entre maderas de cedro y olor a barniz, el tiempo parecía detenido. Sobre una repisa descansaba una fotografía enmarcada: él, joven y sonriente; a su lado, Lucía Morales, con el cabello negro cayéndole por la espalda y un rebozo bordado con flores blancas.

Aquella noche del desastre, el agua subió sin aviso. Las lluvias habían sido intensas, pero nadie imaginó que el río se desbordaría así. Lucía había salido a ayudar a una vecina anciana cuando la corriente la sorprendió.

—¡Lucía! —gritó Mateo entre la tormenta, intentando alcanzarla.

Pero la oscuridad y el agua la tragaron.


Durante semanas la buscó. Caminó kilómetros río abajo. Preguntó en hospitales, en albergues, en pueblos vecinos. Solo encontraron su rebozo enganchado en una rama, empapado y cubierto de lodo.

—Hijo… —le dijo su madre con voz quebrada—. Tienes que aceptar que ya no va a volver.

Mateo no respondió. Se limitó a abrazar el rebozo como si aún guardara el calor de ella.

Los años pasaron. San Isidro reconstruyó sus casas, sus puentes y su mercado. Pero Mateo no reconstruyó su corazón. Vivía para su trabajo y para el ritual anual de llevar flores al río.

Hasta que llegó Isabela Cruz.

La nueva maestra apareció un lunes de septiembre, con un vestido sencillo y una sonrisa decidida. Venía de Xalapa y había pedido el traslado buscando empezar de nuevo tras la muerte de su padre.

—Dicen que usted hace las mejores guitarras del estado —le dijo a Mateo la primera vez que entró al taller—. Necesito una para el festival escolar.

Mateo apenas levantó la vista.

—Las hago a mano. Tardan.

—No tengo prisa —respondió ella, observando la fotografía de Lucía—. Las cosas importantes merecen tiempo.

Esa frase lo descolocó.

Isabela no le preguntaba por el pasado con morbo ni con lástima. Simplemente estaba. A veces le llevaba café; otras, se sentaba a escucharlo tocar en silencio.

Una tarde, mientras el sol teñía de naranja los techos de teja, ella habló con suavidad:

—No quiero ocupar el lugar de nadie, Mateo. Solo quiero caminar contigo… si me dejas.

Él sintió culpa. Culpa por sonreírle. Culpa por sentir que la vida, de alguna manera, insistía en empujarlo hacia adelante.

—Tengo miedo de olvidar —confesó él.

—Amar otra vez no es olvidar —respondió Isabela—. Es aprender a recordar sin que duela tanto.

El pueblo empezó a murmurar cuando los vieron caminar juntos después de misa. Algunos sonreían; otros negaban con la cabeza, como si el duelo fuera una promesa eterna.

Pasaron tres años así. Lentos, cuidadosos. Hasta que una noche, bajo las bugambilias del patio de la casa de Mateo, él se arrodilló.

—Isabela… ¿te casarías conmigo?

Ella lo miró largo rato, como si buscara sombras en sus ojos.

—Sí —susurró finalmente—. Pero solo si es porque me eliges a mí… no porque estás huyendo del pasado.

Mateo la abrazó, convencido de que, por fin, había aprendido a vivir con la ausencia.

La fecha se fijó para abril, cuando el pueblo se llenaba de flores y música. La iglesia se adornó con papel picado y listones blancos. El mariachi ya estaba contratado. San Isidro celebraba como si el río, al fin, hubiera devuelto la paz.

La víspera de la boda, Mateo caminó solo hasta la orilla del Río Verde. Dejó las flores sobre la tierra húmeda.

—Mañana me caso, Lucía —susurró al viento—. Perdóname… si puedes.

El agua corría tranquila, casi inocente.

Esa misma noche, en la terminal de autobuses de un pueblo lejano, una mujer descendía con una pequeña maleta desgastada. Sus manos temblaban. Miró el letrero oxidado que decía: “San Isidro”.

Y murmuró con voz ronca:

—Volví, Mateo.

La luna se ocultó tras una nube espesa.

Y el río, en la oscuridad, pareció estremecerse.

CAPÍTULO 2 – La puerta abierta


Las campanas repicaban con alegría. La iglesia de San Isidro estaba llena; el aroma de azahar y cera derretida flotaba en el aire. Isabela, vestida de blanco, respiraba hondo frente al altar.

—Tranquila, hija —susurró su madre—. Todo saldrá bien.

Mateo, al otro extremo, sentía el corazón desbocado. Miró la imagen de la Virgen de Guadalupe. En ese mismo lugar, diez años atrás, había prometido amar a Lucía para siempre.

“Para siempre”, pensó. Qué frágil sonaba ahora.

El padre Tomás comenzó la ceremonia.

—Mateo Herrera, ¿aceptas a Isabela Cruz como tu esposa…?

La puerta de la iglesia se abrió con un golpe seco.

Todos voltearon.

Una figura femenina permanecía de pie bajo el arco de piedra. Delgada. Pálida. El cabello negro suelto sobre los hombros.

Mateo sintió que el aire desaparecía.

—No puede ser… —susurró.

La mujer dio un paso al frente.

—Mateo.

La voz, aunque quebrada, era inconfundible.

Isabela sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Lucía… —balbuceó alguien entre los invitados.

El murmullo creció como un enjambre.

Mateo dejó caer el anillo. El metal resonó contra el piso de mármol.

—Yo… yo te vi morir… —dijo él, con la voz rota.

Lucía negó lentamente.

—No morí.

Caminó por el pasillo central mientras los invitados se apartaban. Cada paso parecía una década.

—La corriente me arrastró kilómetros río abajo. Perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba en otro lugar… con gente que no conocía.

Su relato salió entrecortado, pero firme. Habló de cómo fue llevada lejos, de años trabajando sin poder comunicarse, de la falta de documentos, del miedo constante. Sin detalles crudos, pero con el peso suficiente para comprender su sufrimiento.

—Hace unos meses hubo un operativo —continuó—. Nos ayudaron. Y lo único que quise… fue volver.

Miró a Mateo con lágrimas acumuladas.

—Sobreviví pensando que tú me esperabas.

El silencio era absoluto.

Mateo cayó de rodillas, cubriéndose el rostro.

—Te lloré diez años… —sollozó—. Diez años.

Isabela permanecía inmóvil. El dolor en su pecho no era rabia; era algo más profundo. Una sensación de ser un puente entre dos tiempos.

—Padre —dijo con voz sorprendentemente serena—, detenga la ceremonia.

El padre Tomás asintió, pálido.

Lucía se volvió hacia Isabela.

—No vine a destruir nada. Solo necesitaba que él supiera que no lo abandoné.

Isabela sostuvo su mirada.

—Y ahora que lo sabe… ¿qué esperas?

La pregunta quedó suspendida.

Lucía bajó la vista.

—No lo sé.

Mateo levantó el rostro, empapado en lágrimas. Miró a una y luego a otra. Su pasado y su presente, frente a él.

La iglesia dejó de ser un lugar de fiesta y se convirtió en un escenario de verdad cruda.

Afuera, el cielo comenzó a nublarse.

Y el sonido lejano del río volvió a escucharse, como un eco del destino.

CAPÍTULO 3 – Lo que el agua no se llevó


Durante días, San Isidro habló de otra cosa. La boda suspendida, la esposa regresada de entre las sombras, el hombre dividido entre dos historias.

Mateo no salió de su casa. Isabela regresó a la escuela, con el rostro sereno pero los ojos cansados. Lucía se hospedó en la vieja casa de su tía, intentando reconocer un pueblo que ya no era el mismo.

Finalmente, Mateo citó a Lucía junto al río.

El atardecer teñía el agua de tonos dorados.

—Te busqué hasta que ya no pude más —dijo él—. Me quedé vacío.

—Yo también me quedé vacía —respondió ella—. Sobreviví, pero no viví.

Hablaron durante horas. Recordaron risas, promesas, la noche del desastre. Pero también reconocieron lo evidente: el tiempo los había transformado.

—Te amo —dijo Mateo con honestidad—. Pero no sé si amo a la mujer que eres ahora… o al recuerdo que guardé.

Lucía sonrió con tristeza.

—Y yo no sé si amo al hombre que eras… o al que imaginé para poder resistir.

El río corría, indiferente.

Al día siguiente, Mateo visitó a Isabela.

—No quiero perderte —le confesó—. Pero tampoco quiero que seas una sombra en mi vida.

Isabela lo miró fijamente.

—No puedo competir con un fantasma ni con una historia inconclusa. Si me eliges, debe ser sin culpa.

Él asintió, comprendiendo la magnitud de su decisión.

Esa noche, Lucía fue quien tomó la última palabra.

—Me voy a la Ciudad de México —anunció—. Necesito encontrar quién soy sin depender del pasado.

Le entregó el rebozo bordado.

—Lo guardé todos estos años. No como una cadena… sino como prueba de que fui amada.

Mateo la abrazó con lágrimas silenciosas.

En la terminal, mientras el autobús arrancaba, Lucía no miró atrás.

Meses después, en una ceremonia sencilla y sin música estridente, Mateo e Isabela se casaron. No hubo grandes adornos, solo la certeza de una elección consciente.

Cada aniversario de la inundación, Mateo lleva flores al río.

Pero ahora, cuando las deja sobre la tierra húmeda, no lo hace para despedirse.

Lo hace para agradecer.

Porque entendió que el amor no se mide por cuánto duele perderlo… sino por la valentía de vivirlo cuando la vida ofrece una segunda oportunidad.

Y mientras el Río Verde sigue su curso, San Isidro aprendió que hay cosas que el agua puede arrastrar…

pero nunca borrar del todo.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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