Capítulo 1 – La sombra entre las flores
El viento nocturno recorría la casa en la linde del pueblo como un susurro inquietante. Afuera, los campos de cempasúchil parecían mecerse suavemente, bañados por la luz de la luna, mientras adentro, el silencio era casi absoluto. Yo estaba sentado en la sala, con una manta sobre los hombros, cuando escuché un ruido que me erizó la piel: pasos ligeros que crujían sobre el piso de madera, pero demasiado rápidos y suaves para ser de mi sobrino.
—¿Sofía? —susurré, aunque ya sabía la respuesta.
La puerta del patio se abrió con un leve chirrido. Afuera, entre la penumbra, la silueta de mi cuñada se movía con cuidado. No llevaba nada en las manos, pero se inclinó sobre el suelo, escuchando algo que yo no podía percibir. Mi corazón latía con fuerza; un miedo frío se extendió por mi espalda.
Era la tercera vez que Sofía venía a quedarse en casa, pero algo había cambiado. Antes, su presencia era ligera y cálida: risas, historias de Guadalajara, la forma en que se acomodaba junto a la chimenea con una taza de chocolate caliente. Esta vez, sin embargo, había un aire extraño en ella. Evitaba mi mirada, se levantaba tarde, y había momentos en que simplemente se quedaba quieta frente a la ventana, mirando el campo sin pestañear.
Me levanté sigilosamente y la seguí por las escaleras. Cada paso que daba mi corazón parecía resonar más fuerte que los propios pasos de Sofía. Ella se dirigió hacia el viejo jardín trasero, donde un pozo de piedra permanecía cubierto de hiedra. Mis manos se aferraron al barandal mientras la observaba arrodillarse junto al pozo y murmurar palabras que no entendía. Luego sacó un pequeño objeto de su bolsillo y lo dejó caer dentro del pozo: un brillo plateado que reconocí de inmediato.
—No puede ser… —susurré para mí mismo.
Era la pulsera de mi madre, un recuerdo que guardaba como un tesoro. Mi confusión y miedo se mezclaban con una curiosidad imposible de contener. ¿Qué hacía Sofía allí, en la oscuridad, murmurando sobre un pozo con un objeto tan preciado?
Al día siguiente, cuando intenté confrontarla, ella solo me sonrió con esa calma inquietante:
—Vi la pulsera en la sala… pensé que sería bonito devolverle un poco de historia. —Su voz sonaba ligera, pero había algo que no decía.
Esa sonrisa no me tranquilizó. Algo ocultaba, y yo estaba decidido a descubrir qué.
Capítulo 2 – Secretos bajo la luna
Las noches siguientes estuvieron llenas de inquietud. Sofía no hablaba de sus actividades nocturnas, y yo, por instinto y un miedo cada vez más intenso, comencé a vigilarla desde la sombra de los corredores y detrás de las cortinas. Cada vez que se dirigía al jardín, el corazón me latía con fuerza, mezclando terror y fascinación.
Una noche decidí acercarme más. Esperé hasta que la casa quedó en silencio, respirando apenas mientras la veía avanzar hacia el pozo. Esta vez no estaba sola. Entre las sombras, distinguí otras figuras: pequeñas estatuillas, velas encendidas y símbolos dibujados con tizas blancas. Sofía comenzó a hablar en un idioma que me resultaba extraño, casi como un canto, y dejó caer otro objeto plateado dentro del pozo.
Mi mente intentaba comprender lo que veía. Cada gesto de Sofía estaba lleno de reverencia, pero también de un poder silencioso. Fue entonces cuando noté un detalle que me heló: los ojos de Sofía brillaban bajo la luz de la luna, y en su mirada había una determinación que no podía ignorar.
Al día siguiente, la confronté con más fuerza:
—Sofía, necesito que me digas qué está pasando. ¿Qué haces en el pozo? —mi voz temblaba, aunque intenté mantenerme firme.
Ella suspiró y se sentó frente a mí, su expresión mezcla de ternura y gravedad.
—Lo que hago… es algo que ha pasado en mi familia por generaciones. —Su voz era baja, casi un susurro—. Nosotras, las mujeres de mi linaje, tenemos la habilidad de comunicarnos con los espíritus de nuestros antepasados. Cada objeto que pongo en el pozo es un vínculo con ellos, una manera de proteger a quienes amo de las energías que pueden lastimarlos.
Me quedé en silencio, tratando de procesar lo que me decía. La idea parecía absurda, fantástica, pero la convicción en su mirada me decía que hablaba con verdad.
—¿Y la pulsera de mi madre? —pregunté finalmente, con una mezcla de miedo y resignación.
—Es un gesto de respeto y recuerdo —respondió suavemente—. No debí hacerlo sin decirte nada, pero necesitaba protegerte, a ti y a tu familia.
Su explicación me dejó confundido, con sentimientos encontrados: miedo, incredulidad y una curiosidad intensa que me empujaba a aprender más.
Capítulo 3 – Entre lo visible y lo invisible
Con el paso de los días, mi miedo comenzó a transformarse en fascinación. Cada noche, observaba a Sofía realizar su ritual: palabras extrañas, gestos delicados, movimientos casi coreográficos, y siempre el pozo como centro de todo. A veces, el aire olía a flores secas y a tierra húmeda; otras, había un silencio tan profundo que podía escuchar los latidos de mi propio corazón.
Empecé a hacer preguntas más precisas, y Sofía me enseñó pequeños secretos: cómo colocar las velas, cómo interpretar los símbolos, cómo sentir la energía de los objetos. Cada explicación abría una puerta a un mundo que desconocía por completo, un mundo donde la vida y la muerte, lo tangible y lo invisible, coexistían de manera delicada y poderosa.
—No es magia para hacernos daño —me dijo un día mientras caminábamos entre los campos de cempasúchil—. Es un acto de cuidado. Nuestra familia lo hace desde hace siglos. Cada final de mes, cada luna llena, cada ritual, está destinado a proteger a quienes queremos.
Yo la escuchaba, y poco a poco entendía. La historia que al principio me llenaba de terror ahora me fascinaba. Sofía no era una intrusa ni una amenaza; era un puente entre nuestro mundo y algo más profundo, algo que nuestra vida cotidiana rara vez nos permitía ver.
Con el tiempo, dejé de espiar desde las sombras y comencé a participar discretamente, primero observando, luego ayudando a colocar las velas y los objetos en el pozo. Cada gesto me conectaba con la memoria de mi madre, con la historia de nuestra familia y con el misterio que Sofía cuidaba con tanto celo.
Una noche, mientras la luna llena iluminaba los campos de flores, Sofía me tomó la mano y dijo:
—Ahora entiendes, ¿verdad? Lo que parecía oscuro no lo es. Lo que parecía peligroso, en realidad protege.
Asentí, sintiendo una mezcla de respeto y gratitud. Ya no había miedo. Solo la certeza de que había aprendido algo que muchos jamás conocerían: la conexión sutil pero poderosa entre los vivos y aquellos que nos precedieron, una tradición que seguía viva en nuestra pequeña casa en Puebla, entre el olor de la tierra y el dorado de los cempasúchiles.
Desde entonces, cada visita de Sofía ya no me provoca inquietud. La miro con respeto, con la comprensión de que la protección y el amor pueden tomar formas que desafían la lógica, y que a veces, lo más profundo y valioso se encuentra escondido en la oscuridad, esperando ser descubierto.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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