**CAPÍTULO 1 UNA SEMANA**
El médico todavía no había terminado de hablar cuando Javier ya estaba mirando el reloj.
—No es grave —decía el doctor, con tono tranquilo—. Fue un evento leve. Pero su mamá necesita compañía constante al menos unas semanas. No puede quedarse sola.
Javier asintió sin mirarlo.
—Sí, sí… claro.
Por dentro, solo pensaba en Monterrey, en el tráfico, en las juntas que tenía pendientes, en el tiempo perdido.
Rosa Martínez despertó en la camilla, confundida. Sus ojos, cansados pero atentos, buscaron a su hijo.
—¿Javier…? —susurró.
Él se acercó, incómodo.
—Aquí estoy, mamá.
Ella sonrió, como si con eso bastara.
La casa de Javier era amplia, moderna, con muebles claros y silencios largos. Rosa caminaba despacio, apoyándose en las paredes como si pidiera permiso para existir allí.
—Mamá, cuidado —le decía él, sin ocultar la impaciencia—. No pongas eso ahí.
—Perdón, hijo… —respondía ella, bajando la mirada.
Al tercer día, Laura, la esposa de Javier, habló en voz baja en la cocina.
—No podemos seguir así —dijo—. Los niños están incómodos. Y yo no puedo estar todo el día pendiente.
Javier suspiró.
—Es temporal.
Pero esa misma noche, mientras Rosa dormía en el cuarto de visitas, Javier abrió su laptop y buscó: residencias para adultos mayores, Guadalajara.
Al quinto día, la conversación fue directa.
—Mamá —dijo Javier, sentado frente a ella—. Hemos pensado que lo mejor sería un lugar donde te cuiden bien. Profesionales.
Rosa lo miró largo rato.
—¿Ya no te estorbo aquí? —preguntó con voz suave.
Javier frunció el ceño.
—No es eso. Es por tu bien.
Ella asintió lentamente.
—Está bien, hijo.
No lloró. No discutió. Solo apretó las manos sobre el regazo.
Una semana exacta después de haber llegado a esa casa, Rosa fue llevada a una residencia privada, limpia, silenciosa, con olor a desinfectante y flores artificiales.
Cinco días más tarde, una llamada interrumpió una junta de ventas en Monterrey.
—¿El señor Javier Martínez? —preguntó una voz—. Lamentamos informarle que su madre falleció mientras dormía.
Javier no respondió de inmediato.
—¿Cómo… falleció? —preguntó, como si no entendiera el idioma.
—Fue tranquilo. No sufrió.
Colgó. Se quedó mirando la pantalla negra del celular. Por primera vez en días, el reloj dejó de importarle.
**CAPÍTULO 2 LA CARTA**
Javier volvió a Guadalajara solo porque el abogado insistió.
—Es importante que esté presente —le dijo—. Su madre dejó instrucciones claras.
El despacho era pequeño. Viejos libreros. Un crucifijo discreto en la pared.
—Empecemos —dijo el abogado.
Javier cruzó las piernas, seguro de que todo sería rápido.
—La casa ubicada en la colonia Santa Cecilia… —leyó el abogado— no será heredada por el señor Javier Martínez.
—¿Cómo que no? —interrumpió Javier.
—La propiedad fue destinada a otros fines. Asimismo, los ahorros de la señora Rosa Martínez serán transferidos a un fondo educativo para niños de bajos recursos.
Javier sintió un golpe seco en el pecho.
—Eso no puede ser…
El abogado sacó un sobre amarillo.
—Y dejó esto. Solo para usted.
Javier abrió la carta con manos temblorosas.
Hijo:
Si estás leyendo esto, ya no estoy. Perdóname por lo que voy a decirte ahora.
Leyó. Y el mundo se le fue cerrando.
No soy tu madre de sangre.
El aire faltó.
Hace treinta y cinco años, trabajaba en una casa rica. La hija de mis patrones quedó embarazada. Nadie quería ese niño. Yo sí.
Javier apretó el papel.
Te tomé en mis brazos y decidí que serías mi hijo. Perdí mi trabajo. Perdí a mi familia. Pero nunca te perdí a ti.
Las letras se movían.
Te amé porque te elegí.
El abogado habló, pero Javier ya no escuchaba. El corazón le latía desordenado. Tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.
No te reprocho nada. Solo quería que supieras la verdad antes de que fuera tarde.
Las últimas líneas lo rompieron.
Hay personas que no nos dan la vida,
pero nos la entregan completa.
Javier dejó caer la carta. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no supo contener.
—¿Está bien? —preguntó el abogado.
Javier negó con la cabeza.
—No… no estoy bien.
**CAPÍTULO 3 CASA ROSA**
Después del funeral sencillo, Javier fue solo a la vieja casa.
El silencio era distinto ahí. Más pesado.
Abrió un ropero viejo. Encontró cuadernos.
Uniforme escolar – 120 pesos
Libros – 300 pesos
Excursión de Javier – sí
Cada peso contado. Cada sacrificio escrito.
Halló fotos: él, niño, sonriendo. Rosa detrás, siempre un paso atrás, siempre cuidando.
En una cajita, un collar barato.
—Te lo compré con mi primer sueldo, mamá… —murmuró.
Cayó de rodillas. Lloró sin vergüenza, como no lo había hecho en años.
—Perdóname… —susurró al piso—. Perdóname por una semana… por no verte… por no quedarme.
Meses después, Javier vendió la propiedad que legalmente le correspondía tras descubrir su origen verdadero en los documentos del abogado.
Con ese dinero, abrió un lugar modesto en Guadalajara.
Un letrero sencillo decía:
CASA ROSA
Cuidado digno para quienes lo dieron todo.
El primer día, Javier acomodó sillas, sirvió café, escuchó historias.
Una anciana le tomó la mano.
—Gracias, hijo.
Javier sonrió con los ojos húmedos.
—Gracias a usted… mamá.
Y por primera vez, sintió que había llegado un poco menos tarde.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
Comentarios
Publicar un comentario