Capítulo 1 – Los pasillos de la indiferencia
Clara ajustó su blusa blanca frente al espejo del baño del edificio, intentando calmar los nervios que siempre le provocaba llegar tarde. Era su tercer mes como secretaria en la oficina principal de la Torre Castillo, un edificio antiguo en el corazón de Ciudad de México, y todavía no lograba acostumbrarse al ritmo frenético de los ejecutivos, las llamadas telefónicas y el olor a café que impregnaba cada rincón del vestíbulo.
Mientras caminaba por el largo pasillo del tercer piso, chocó ligeramente con el carrito de limpieza de Don Ernesto, que barría con una paciencia infinita.
—¡Con cuidado! —dijo Clara, frunciendo el ceño—. Siempre estás en el camino.
Don Ernesto levantó la vista apenas y asintió con un gesto lento de cabeza. Su rostro arrugado apenas mostraba expresión, pero Clara podía percibir cierta tristeza en sus ojos.
—Lo siento, señor —murmuró, más por formalidad que por convicción—. Solo que… bueno, ¿podría no estar justo aquí mientras paso?
—Claro, niña —respondió él con suavidad, sin rastro de enojo—. No hay problema.
Clara siguió caminando, conteniendo un suspiro. Siempre le parecía ridículo cómo alguien podía pasar horas limpiando un pasillo viejo, hablando solo y pareciera que el mundo entero girara alrededor de su escoba. Cada vez que Don Ernesto tropezaba ligeramente con su propio carrito, Clara sentía un impulso de reírse en silencio, y a menudo lo hacía, a pesar de que nadie la veía.
Durante semanas, la joven había sentido una mezcla de fastidio y curiosidad por aquel anciano silencioso. Sus compañeros le decían que no le prestara atención, que era solo un viejo empleado de limpieza. Pero Clara no podía evitar notar cómo Don Ernesto parecía conocer cada recoveco del edificio, cada grieta en la pared, cada mancha en el piso. Como si el edificio y él fueran uno solo.
Esa mañana, mientras revisaba los documentos para la reunión internacional que se celebraría esa tarde, Clara oyó un murmullo extraño desde el pasillo:
—…y no dejaré que olviden lo que significa este lugar… —la voz era baja, casi un susurro—. No todavía…
Clara alzó la cabeza y vio a Don Ernesto inclinado sobre el carrito, moviendo lentamente la escoba. Lo observó unos segundos, intrigada, pero se dijo a sí misma que probablemente estaba delirando de cansancio. No había nada extraño en un viejo hablando solo.
Sin embargo, cuando entró a la sala de conferencias, no pudo quitarse esa sensación de inquietud. Algo en la manera en que Don Ernesto caminaba, como si cada paso estuviera calculado, parecía diferente hoy. Más firme. Más decidido. Clara se sacudió la cabeza y trató de concentrarse en los informes.
A mediodía, una notificación por el sistema de altavoces la interrumpió:
—Se les recuerda a todos los empleados que se concentren en el vestíbulo principal a las tres de la tarde. Tenemos un anuncio importante.
Clara miró el reloj. Tres horas para que algo sucediera. Sus compañeras murmuraban con emoción, especulando sobre algún cliente importante, un inversionista extranjero, algún político… Pero Clara no podía evitar imaginarse algo mucho más sencillo y aburrido. Quizá una simple entrega de premios o un discurso rutinario.
Lo que no sabía era que ese día, los pasillos que ella había despreciado durante meses estaban a punto de revelar un secreto que cambiaría su manera de ver el mundo para siempre.
Capítulo 2 – La aparición
Clara llegó al vestíbulo puntual, pero se encontró con un caos silencioso. Todos los empleados estaban de pie, susurrando entre ellos, y los ejecutivos más importantes se agolpaban cerca del escenario improvisado. La tensión en el aire era palpable.
—¿Ya viste quién es el invitado? —preguntó Mariana, su colega de recursos humanos, inclinándose para hablarle al oído.
—No —respondió Clara, ajustándose la carpeta contra el pecho—. Espero que sea alguien interesante.
Un murmullo recorrió la multitud. Todos los ojos se dirigieron hacia la entrada principal, y Clara sintió que su corazón se aceleraba, aunque no sabía por qué. Entonces, un silencio profundo cayó sobre el vestíbulo.
Don Ernesto apareció en el marco de la puerta, pero no era el mismo hombre que había visto barrer pasillos durante años. Su cabello todavía plateado brillaba bajo la luz de las lámparas, pero lo que realmente sorprendió a todos fue su atuendo: un elegante traje negro, corbata color vino y zapatos de cuero impecables. Llevaba gafas de sol oscuras que le daban un aire enigmático.
Clara parpadeó varias veces, incrédula.
—¿Eso es… Don Ernesto? —murmuró para sí misma.
El anciano caminó con paso firme hacia el escenario, y la multitud se apartó automáticamente. Sus movimientos eran seguros, llenos de autoridad, y por un instante, Clara sintió un escalofrío recorrer su espalda. Nadie en la oficina lo había visto así antes.
—¡Buenos días! —la voz de Don Ernesto resonó en el vestíbulo, profunda y clara—. Soy Don Ernesto Castillo. Fundé este edificio hace cuarenta años, y hoy regreso para anunciar un proyecto que transformará nuestra ciudad.
Clara no podía creer lo que escuchaba. ¿Cómo podía el hombre que ella veía cada día barrer y murmurar para sí mismo ser el fundador de toda esta torre y un empresario influyente?
—¿Pero… cómo es posible? —susurró Mariana, igualmente sorprendida—. Yo lo veía solo limpiando el pasillo.
Don Ernesto continuó hablando, pero Clara apenas escuchaba. Su mente estaba llena de preguntas: ¿Por qué nunca nos dijo quién era realmente? ¿Qué otras verdades ocultaba? Y sobre todo, ¿por qué ella había sido tan rápida para juzgarlo?
En ese momento, el anciano hizo una pausa, y su mirada se posó en Clara por un instante. Ella sintió como si un rayo la atravesara. Él sonrió levemente, y por primera vez, Clara tuvo la sensación de que Don Ernesto sabía exactamente lo que pensaba de él.
—El verdadero valor de una persona no se mide por su apariencia ni por su cargo —continuó Don Ernesto, elevando la voz para que todos escucharan—, sino por la manera en que trata a quienes lo rodean, por la constancia, la honestidad y el respeto.
Clara se estremeció. Cada palabra parecía dirigida a ella, a su impaciencia, a su juicio apresurado. Un calor de vergüenza subió por su cuello y se extendió por su rostro.
Al terminar el discurso, Don Ernesto bajó del escenario. La multitud aplaudió, algunos confundidos, otros emocionados. Sin embargo, antes de regresar a su oficina, se volvió hacia Clara y dijo, con voz casi inaudible:
—Recuerda, niña, a veces la sabiduría se encuentra donde menos se espera.
Clara se quedó congelada. Esa simple frase retumbaba en su cabeza, despertando algo que no podía nombrar: curiosidad, respeto, miedo y admiración a la vez.
Mientras los invitados se dispersaban, ella lo observó alejarse hacia los pasillos que ahora parecían menos ordinarios y más llenos de historias ocultas. Cada movimiento de Don Ernesto estaba cargado de dignidad, y Clara comprendió que había estado viviendo junto a un hombre que era mucho más de lo que jamás imaginó.
Capítulo 3 – El secreto revelado
Al día siguiente, la oficina parecía otra. Algunos empleados comentaban con entusiasmo los planes culturales que Don Ernesto había mencionado, mientras otros se mostraban incrédulos. Clara, sin embargo, no podía dejar de pensar en él.
Decidió acercarse a Don Ernesto cuando lo vio barriendo el vestíbulo, esta vez con su uniforme de siempre. Su corazón latía con fuerza, y no sabía si debía saludarlo con respeto o con disculpa.
—Buenos días, señor Ernesto —dijo finalmente, con voz temblorosa—. Quería… quería disculparme por haberlo juzgado tan rápido.
Don Ernesto la miró, y por un momento, su expresión fue casi seria. Luego, sonrió con esa calidez que parecía atravesarlo todo.
—Gracias, Clara —respondió—. Eso ya demuestra más valor que cualquier traje o título.
Clara lo observó mientras trabajaba, y algo en ella cambió. Ya no veía solo al anciano que barría pasillos, sino a un hombre que había construido todo un legado con paciencia y humildad. Por primera vez, entendió que cada persona tiene su historia, y que muchas veces, lo que vemos es apenas una fracción de la verdad.
Esa tarde, mientras salía del edificio, Clara miró hacia los pasillos donde Don Ernesto desapareció entre sombras y luces. Sintió un profundo respeto, y una promesa silenciosa de nunca más subestimar a nadie.
La ciudad seguía su ritmo agitado, con vendedores ambulantes, aromas de tacos al pastor y música de mariachi que flotaba desde las calles. Pero para Clara, el mundo había cambiado. Cada persona, cada gesto, cada historia podía esconder un secreto que valía la pena descubrir.
Y mientras la sombra del anciano desaparecía entre la luz de la tarde, Clara supo que la verdadera lección no estaba en la grandiosidad de los eventos, sino en la humildad y la constancia de aquellos que el mundo a menudo ignora.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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