Capítulo 1 – Susurros bajo las tejas rojas
Guadalajara en noviembre huele a azahar y a maíz tostado. Al caer la tarde, la luz se derrama sobre las fachadas coloniales y las tejas rojas parecen guardar secretos antiguos. Desde el balcón del departamento en la colonia Americana, Sofía Herrera observaba cómo la ciudad se encendía poco a poco, mientras el eco lejano de un mariachi subía desde la Plaza de los Mariachis.
—¿Otra vez te vas mañana? —preguntó ella sin voltear, manteniendo la voz serena.
Alejandro se acomodó el saco frente al espejo.
—Es solo una reunión en Zapopan. No tardaré.
Era la tercera “reunión” en dos semanas. Sofía asintió en silencio. No era una mujer ingenua; era paciente. Creció en Oaxaca, entre mujeres que sabían leer los silencios mejor que las palabras. Su madre le decía: “El que guarda demasiado, termina traicionándose solo.”
Esa noche, mientras Alejandro se duchaba, el teléfono vibró sobre la mesa de la sala. Sofía no tenía la costumbre de revisar nada. Pero aquella vibración insistente, breve y decidida, le pareció diferente.
La pantalla se iluminó:
“Habitación 317. 8:00 p.m. Como la vez pasada.”
No hubo nombre, solo un número.
El tiempo pareció detenerse. Sofía sintió el golpe en el pecho, pero su rostro no cambió. Tomó su propio teléfono, fotografió el mensaje y volvió a dejar todo exactamente como estaba. El agua seguía corriendo en el baño. Alejandro tarareaba una canción ranchera, despreocupado.
Sofía se sentó y respiró profundo.
Habitación 317.
Repitió el número en su mente como si fuera una coordenada. No lloró. No gritó. Solo recordó las pequeñas cosas que había ido acumulando: el perfume distinto en su camisa, las llamadas que terminaban cuando ella entraba, la sonrisa ausente durante la cena.
Al salir del baño, Alejandro la miró con naturalidad.
—¿Qué ves?
—La ciudad —respondió ella—. Se ve bonita cuando empieza a oscurecer.
Él la abrazó por la espalda.
—Te prometo que el viernes salimos a cenar. Donde tú quieras.
Sofía sostuvo esa promesa como quien sostiene una pieza de vidrio: sabiendo que puede cortar.
Al día siguiente, mientras Alejandro “trabajaba”, Sofía investigó el número del hotel. No fue difícil. En Avenida Vallarta había un hotel antiguo, de fachada beige y balcones de hierro forjado. El número coincidía.
A las seis y media de la tarde, Sofía abrió su armario. Eligió un vestido rojo oscuro, sobrio pero elegante. No era provocación; era presencia. Se miró al espejo y vio en su reflejo a su madre, firme y silenciosa.
—No necesitas gritar para que te escuchen —murmuró.
Llegó al hotel antes de las siete. El joven recepcionista la miró con cierta curiosidad.
—Buenas tardes.
—Buenas. Tengo una reservación… habitación 317.
Un billete doblado discretamente sobre el mostrador facilitó el trámite. El chico dudó un segundo y luego deslizó la tarjeta.
—Elevador al fondo, señora.
La habitación olía a madera pulida y a sábanas recién cambiadas. Sofía dejó su bolso sobre la mesa y caminó hasta el balcón. Desde allí se veía el tránsito constante, las luces de los coches formando ríos brillantes.
Apagó la luz principal y dejó encendida solo la lámpara del buró. Se sentó en la orilla de la cama. Luego se recostó, mirando el techo.
Cada minuto pesaba.
A las 8:12 p.m., escuchó pasos en el pasillo. El sonido de la tarjeta al deslizarse. El clic suave de la puerta al abrirse.
—Llegué —dijo la voz de Alejandro con una sonrisa en la garganta—. Pensé que…
Se detuvo.
Sofía se incorporó lentamente.
El ramo de flores cayó al suelo.
—¿Sofía? —susurró él, pálido.
Ella lo observó como si estuviera estudiando un edificio mal construido.
—Buenas noches, Alejandro.
El silencio fue tan espeso que parecía material.
—Esto no es lo que parece —dijo él, casi sin aire.
Sofía inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces explícame qué parece.
El teléfono de Alejandro vibró en su bolsillo. Él no se movió. Sofía dio un paso hacia él.
—Contesta —dijo con suavidad.
Él negó con la cabeza.
—No hace falta —respondió ella—. Ya hablé con ella.
El rostro de Alejandro cambió.
—¿Qué hiciste?
Sofía sostuvo su mirada.
—Lo correcto.
El suspenso flotaba en el aire como una tormenta a punto de caer. Afuera, el mariachi comenzaba a tocar “El Rey”.
Y dentro de la habitación 317, algo estaba a punto de romperse para siempre.
Capítulo 2 – La habitación donde todo se revela
Alejandro retrocedió un paso.
—No entiendo nada.
—Claro que entiendes —respondió Sofía, tranquila—. Solo no quieres aceptar.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez, él lo sacó. La pantalla mostraba el nombre: Valeria.
Sofía sonrió apenas.
—Contesta. Merece saber la verdad.
—No metas a nadie en esto —murmuró él.
—Ella ya está dentro.
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa sin responder. Caminó hacia la ventana, pasándose la mano por el cabello.
—No es serio. Solo fue… algo pasajero.
Sofía sintió que aquella frase era más dolorosa que cualquier otra.
—¿Pasajero? ¿Cuántas veces has venido aquí?
El silencio fue respuesta suficiente.
—No quise lastimarte —dijo él al fin.
—Me lastimaste cuando pensaste que no lo descubriría.
Sofía abrió su bolso y sacó un sobre.
—Aquí están los papeles del divorcio.
Alejandro la miró con incredulidad.
—¿Divorcio? Sofía, estás exagerando.
Ella soltó una pequeña risa sin humor.
—¿Exagerando? Alejandro, no estoy haciendo un escándalo. Estoy tomando una decisión.
Él se acercó, intentando tocarle el brazo, pero ella se apartó.
—Escúchame. Podemos arreglarlo.
—¿Cómo? —preguntó ella con serenidad—. ¿Con otra promesa?
Alejandro bajó la mirada.
—Fue un error.
—No. Un error es olvidar una cita. Esto es una elección.
La tensión crecía. Afuera, el sonido de los coches y la música contrastaba con la quietud densa del cuarto.
—Mi madre lo sabrá —añadió Sofía con calma—. Ya le envié la información.
Alejandro abrió los ojos con alarma.
—¿A mi mamá?
—Sí. En nuestra familia, la verdad no se esconde debajo de la alfombra.
El peso cultural cayó como una losa. En México, la opinión de la familia no es ligera; es historia, orgullo, tradición.
—No tenías derecho —susurró él.
—Tenía derecho a defender mi dignidad.
Alejandro se dejó caer en la silla.
—Sofía… no quiero perderte.
Ella lo observó largamente. Durante un segundo, recordó los viajes a Puerto Vallarta, las risas compartidas, las noches de confidencias.
Pero también recordó el mensaje: Como la vez pasada.
—Ya me perdiste —dijo en voz baja.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez, Sofía lo tomó y lo colocó frente a él.
—Dile la verdad. Aquí. Ahora.
Alejandro tragó saliva.
El suspenso se tensaba como una cuerda al límite.
—¿Y si aún podemos salvar esto? —preguntó él con desesperación.
Sofía respiró profundo.
—La confianza no se remienda. Se construye. Y tú la demoliste.
El sonido de un mensaje entrante interrumpió el silencio. Valeria había escrito:
“¿Está todo bien? Me voy.”
Sofía levantó la vista.
—Creo que alguien ya entendió antes que tú.
Alejandro cerró los ojos.
La noche apenas comenzaba, pero el final ya estaba cerca.
Capítulo 3 – Lo que queda después del silencio
La habitación parecía más pequeña. El aire, más denso.
Alejandro tomó asiento frente a Sofía.
—Dime qué quieres que haga.
Ella lo miró con serenidad.
—Nada. Lo que hagas ahora es para ti, no para mí.
—Podemos ir a terapia. Podemos empezar de nuevo.
Sofía caminó hacia el balcón. La ciudad brillaba, ajena al drama íntimo que se desarrollaba sobre ella.
—Alejandro, cuando uno ama, protege. No busca escondites.
Él se levantó.
—Te amo.
Ella tardó en responder.
—Tal vez. Pero no supiste honrarlo.
El teléfono dejó de vibrar. Valeria ya no insistía.
Sofía tomó su bolso.
—¿De verdad te vas así? —preguntó él.
—No me voy “así”. Me voy con claridad.
Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Alguna vez me dijiste que Guadalajara es más hermosa desde las alturas. Quédate. Mírala. Piensa en lo que decidiste arriesgar.
Abrió la puerta.
Alejandro dio un paso.
—Sofía…
Ella lo miró por última vez. No había odio en sus ojos, solo determinación.
—Adiós, Alejandro.
La puerta se cerró con suavidad.
En el pasillo, el sonido de sus tacones marcaba un ritmo firme. No era el paso de alguien derrotado, sino el de una mujer que recupera su espacio.
Al salir del hotel, el aire fresco la envolvió. Un grupo de mariachis afinaba instrumentos en la esquina. Uno comenzó a cantar “Si nos dejan”.
Sofía sonrió levemente.
Sacó su teléfono y escribió un mensaje a su madre:
“Estoy bien. Hice lo que tenía que hacer.”
La respuesta llegó casi de inmediato:
“Hija, la dignidad siempre vale más.”
Sofía guardó el teléfono y miró la ciudad iluminada.
No sabía exactamente cómo sería el mañana. Pero sabía algo con certeza: prefería caminar sola que acompañada por la mentira.
Y mientras la noche de Guadalajara seguía su curso, en la habitación 317 un hombre entendía demasiado tarde que el verdadero suspenso no era si lo descubrirían… sino si aún había algo que salvar.
Pero para Sofía, la historia ya tenía un punto final.
Uno escrito con firmeza, silencio y libertad.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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