Capítulo 1 – La casa amarilla en Jalatlaco
Oaxaca olía a maíz tostado y a tierra húmeda aquella tarde de septiembre. Las calles empedradas de Jalatlaco todavía guardaban el brillo de la lluvia reciente, y en las fachadas color mostaza y azul añil se reflejaba una luz tibia que parecía prometer calma.
En la casa amarilla de la esquina vivían Diego y Lucía Hernández.
—¿Vas a llegar para la cena o otra vez te vas a quedar en Puebla? —preguntó Lucía por teléfono, intentando que su voz no sonara a reclamo.
Del otro lado hubo un silencio breve, cubierto por el ruido lejano de motores.
—Se complicó la junta, Lu. Mañana temprano salgo para Oaxaca. No me esperes despierta.
Lucía cerró los ojos un instante.
—Mateo preguntó por ti.
—Dile que le traje un balón nuevo.
—Siempre traes algo —respondió ella en voz baja—. Pero no siempre estás.
Diego no contestó. Cortó la llamada con una promesa vaga y se quedó mirando el techo del pequeño departamento que había rentado en Puebla. No era lujoso, pero era suficiente: una cama amplia, cortinas claras y el aroma del perfume de Valeria impregnado en las sábanas.
Valeria apareció desde la cocina con dos cervezas.
—¿Otra vez problemas en casa? —preguntó con una sonrisa ligera.
—No son problemas —respondió Diego—. Es… rutina.
Ella lo miró como si pudiera descifrarlo.
—Conmigo no es rutina.
Y durante dos meses, Diego creyó esa frase. Con Valeria todo parecía nuevo: las conversaciones hasta la madrugada, las risas sin responsabilidades, la sensación absurda de que aún era joven y podía reinventarse.
En Oaxaca, mientras tanto, Lucía corregía exámenes en la mesa del comedor. Mateo hacía la tarea a su lado.
—¿Papá va a venir al partido del domingo? —preguntó el niño sin levantar la vista del cuaderno.
Lucía dudó.
—Eso espero, hijo.
Pero el domingo llegó y Diego no apareció. Envió un mensaje a última hora: “Se atrasó el camión. Perdón.”
Las ausencias empezaron a hacerse costumbre. Los vecinos, que antes los veían caminar de la mano rumbo al Zócalo, notaron que ahora Lucía salía sola con Mateo.
—Los hombres cuando suben de puesto cambian —comentó una vecina desde la puerta—. Se marean.
Lucía sonrió con cortesía.
—Diego trabaja mucho, nada más.
Pero por las noches, cuando la casa quedaba en silencio, se sentaba en la cama y miraba el espacio vacío a su lado. No sospechaba todavía una traición concreta, pero sí sentía una distancia nueva, como una pared invisible.
En Puebla, Diego comenzó a vivir dos vidas. Un fin de semana regresaba a Oaxaca con regalos y promesas; al siguiente inventaba reuniones urgentes. Valeria no preguntaba demasiado. Le bastaba con que él volviera.
—¿Y tu esposa? —preguntó una noche, recostada sobre su pecho.
Diego respiró hondo.
—Ella está bien. Tenemos… estabilidad.
—¿Y me quieres a mí?
Él la besó en lugar de responder.
La mentira empezó a crecer en pequeños detalles: una factura olvidada, una llamada interrumpida, un perfume distinto en la camisa. Lucía percibía algo extraño, pero se aferraba a la idea de que el amor se sostiene con paciencia.
Hasta que una mañana, semanas después de que Diego hubiera terminado abruptamente su relación con Valeria —asustado por una discusión y por una inquietud que no sabía nombrar—, Lucía decidió ir al médico.
No se sentía bien. Cansancio constante. Fiebre leve. Nada alarmante, pero suficiente para hacerse estudios.
—Es solo para descartar —le dijo a la enfermera con una sonrisa nerviosa.
Los días de espera fueron densos. Diego estaba en Oaxaca esa semana. Intentaba mostrarse atento, casi excesivamente amable.
—Te noto rara —le dijo él una noche—. ¿Te pasa algo?
Lucía lo miró fijamente.
—Fui al doctor.
Diego sintió un leve pinchazo en el estómago.
—¿Y?
—Me hicieron análisis. Me entregan los resultados mañana.
Él asintió, intentando mantener la calma.
Al día siguiente, Lucía volvió a casa con un sobre blanco. No lloraba. No temblaba. Solo caminaba más despacio de lo habitual.
Se sentó en la mesa del comedor y esperó a que Diego llegara.
Cuando la puerta se abrió, él traía un ramo de flores improvisado.
—Para ti —dijo, forzando una sonrisa.
Lucía no tomó las flores.
Empujó el sobre hacia él.
—Necesito que leas esto.
Diego lo abrió. Sus ojos recorrieron las líneas impresas. La palabra “positivo” parecía agrandarse frente a él.
El mundo se volvió silencioso.
—¿Qué… qué significa? —balbuceó.
Lucía sostuvo su mirada.
—Significa que estoy enferma, Diego.
El aire se volvió espeso.
—¿Estás segura? —preguntó él, sintiendo cómo el sudor le recorría la espalda.
—El médico confirmó el resultado.
Hubo un silencio que parecía eterno.
—Mateo… —susurró él.
—Está bien. Le hicieron pruebas también. Está sano.
Diego se dejó caer en la silla. Una sola idea retumbaba en su cabeza: Puebla. Valeria. Las noches imprudentes.
Lucía habló con voz serena, pero cargada de un dolor contenido.
—Yo solo he estado contigo.
No fue un grito. Fue una afirmación.
Diego sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Y mientras la tarde caía sobre Oaxaca, comprendió que aquello no era el final de su mentira… sino el principio de algo mucho más oscuro.
Continuará…
Capítulo 2 – El peso del silencio
Diego no durmió esa noche.
Escuchaba la respiración pausada de Lucía a su lado y sentía que cada exhalación era un juicio silencioso. Aunque ella no lo acusaba, él se sentía señalado.
A la mañana siguiente salió temprano.
—Voy a la oficina —dijo sin mirarla.
En realidad, condujo hasta una clínica privada en el centro.
—Necesito hacerme una prueba —dijo en recepción, con voz baja.
—¿De rutina?
—Sí… de rutina.
La espera fue interminable. Recordó cada momento en Puebla, cada decisión imprudente. Recordó a Valeria riendo.
Tres días después recibió el resultado.
Negativo.
El alivio lo hizo apoyarse contra la pared. Pero el médico fue claro:
—Debe repetirla en tres meses. Existe un periodo ventana.
Tres meses.
En casa, Lucía comenzó tratamiento. Ponía alarmas en el celular para no olvidar los medicamentos.
—Todo va a estar bien —le decía ella a Mateo cuando él preguntaba por qué mamá estaba más cansada.
Diego observaba desde lejos. Cada pastilla que Lucía tomaba era una acusación muda.
Valeria comenzó a llamarlo.
—¿Por qué desapareciste? —le reclamó por teléfono—. No puedes simplemente borrarme.
—No me llames más —respondió él, con frialdad forzada.
—¿Te asustaste? —preguntó ella, y en su tono había algo que lo inquietó.
Diego colgó.
Las semanas se hicieron pesadas. Lucía no preguntaba nada, pero lo miraba con una intensidad nueva, como si tratara de entender algo que no encajaba.
Una noche, mientras Mateo dormía, Lucía habló:
—Diego… necesito saber algo.
Él sintió que el corazón le golpeaba en la garganta.
—¿Qué cosa?
—¿Hay algo que no me estés diciendo?
El silencio fue un abismo.
—No —respondió él, casi susurrando.
Lucía sostuvo su mirada unos segundos más y luego asintió.
—Está bien.
Pero en sus ojos había una sombra.
Pasaron los tres meses. Diego volvió a la clínica.
El médico no necesitó hablar demasiado. Bastó con que deslizara el resultado hacia él.
Positivo.
Diego sintió que el ruido de la ciudad desaparecía. Recordó la frase de Lucía: “Yo solo he estado contigo.”
Volvió a casa con el sobre en la mano.
Lucía lo esperaba en la cocina.
—¿Te hiciste la prueba? —preguntó.
Él asintió.
—Sí.
—¿Y?
Diego levantó la mirada. En ese instante pudo confesarlo todo. Decir el nombre de Valeria. Pedir perdón.
Pero el miedo fue más fuerte.
—Salió… igual que la tuya.
Lucía cerró los ojos. No lloró.
—Entonces vamos a salir adelante juntos —dijo simplemente.
Esa respuesta fue más dolorosa que cualquier reproche.
Porque ella aún no sabía.
Y el silencio se convirtió en el tercer habitante de la casa.
Continuará…
Capítulo 3 – Lo que nunca se borra
Los años pasaron.
Con tratamiento, la vida siguió casi normal. Mateo creció fuerte, ajeno a la tormenta que había atravesado su familia.
Cada noviembre, Lucía decoraba el altar de Día de Muertos con flores de cempasúchil y fotografías de sus abuelos.
Diego envejeció antes de tiempo. Las ojeras marcaban su rostro. Vivía con un temor constante: que la verdad saliera a la luz.
Una tarde, muchos años después, alguien tocó la puerta.
Lucía abrió.
Era Valeria.
—Solo quiero hablar —dijo ella.
Diego, al verla desde el pasillo, sintió que el pasado regresaba con fuerza.
Lucía escuchó en silencio. No gritó. No interrumpió.
Cuando Valeria se fue, la casa quedó en un silencio profundo.
Esa noche, mientras acomodaban el altar, Lucía habló:
—No fue hoy cuando supe la verdad.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué… quieres decir?
—Valeria me buscó hace años. Me contó todo.
El aire olía a copal.
—¿Y… por qué nunca dijiste nada? —preguntó él, con la voz rota.
Lucía lo miró con una serenidad que dolía.
—Porque no quería que Mateo creciera en medio del odio. Y porque entendí que el rencor me iba a destruir más que la enfermedad.
Diego cayó de rodillas.
—Perdóname.
Lucía negó suavemente con la cabeza.
—Perdonar no es olvidar, Diego. Es decidir seguir viviendo.
No lo abrazó. No hizo falta.
El verdadero castigo ya estaba dentro de él.
Diego vivió doce años más. No fue la enfermedad lo que lo consumió, sino la culpa. Cada vez que miraba a Lucía preparando café, riendo con Mateo, o acomodando flores en noviembre, sentía el peso de lo irreversible.
Porque hay errores que no desaparecen.
Solo aprenden a convivir con nosotros.
Y en el silencio de aquella casa amarilla en Jalatlaco, el amor sobrevivió… pero nunca volvió a ser el mismo.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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