Min menu

Pages

El esposo llevó a su amante —quien supuestamente estaba embarazada— a vivir a la casa y obligó a su esposa a cederle el dormitorio. No conforme con eso, también le exigió que todos los días preparara comidas muy nutritivas para “cuidar” el embarazo y asegurarse de que naciera un hijo varón sano. La esposa aguantó en silencio y cumplió cada una de sus exigencias. Pero justo al tercer día ocurrió algo inesperado que desató la furia del marido, y en plena madrugada terminó echando sin miramientos a la amante fuera de la casa…

Capítulo 1 – La casa que dejó de ser hogar

La noche en Puebla tenía un peso extraño, como si el aire supiera algo que Isabel aún no se atrevía a nombrar. El reloj de pared marcaba las once cuando escuchó el chirrido de la reja. No eran los pasos habituales de Javier: había risas contenidas, una voz femenina, joven. Isabel apagó la estufa y se quedó quieta, con el cucharón suspendido en el aire.

—Ya llegamos —dijo Javier desde el patio, con un tono que no usaba desde hacía años.

Isabel sintió que algo se quebraba por dentro antes de verlos. Cuando entraron, la muchacha llevaba un vestido suelto, color crema. Una mano descansaba sobre su vientre con un gesto ensayado. Sus ojos recorrieron la casa con curiosidad, como quien evalúa una propiedad.

—Ella es Lucía —anunció Javier—. Va a quedarse con nosotros.

Isabel no preguntó nada. Observó el polvo en los zapatos de él, la seguridad con la que la joven se sentó en la silla del comedor, como si siempre hubiera pertenecido ahí.

—Estoy embarazada —dijo Lucía, rompiendo el silencio—. De Javier.

El sonido lejano de las campanas de la iglesia se coló por la ventana. Isabel apretó el delantal con tanta fuerza que le dolieron los dedos.

—Necesita descanso —continuó Javier—. Tú vas a dormir en el cuarto de abajo. No hagas drama.

No gritó. No lloró. Solo asintió. En doce años de matrimonio había aprendido que discutir con Javier era como hablarle a una pared recién pintada: todo manchaba, nada cambiaba.

Esa noche, mientras bajaba sus pocas cosas al cuarto junto a la cocina, Isabel escuchó risas apagadas desde su antigua habitación. Se sentó en el catre, respirando despacio. Tres días, pensó sin saber por qué. Solo observa tres días.

A la mañana siguiente, Javier dio instrucciones como si administrara una obra.

—Haz sopa de res. Que tenga tuétano. Es bueno para el bebé.

En el mercado, las vendedoras la saludaron como siempre. Isabel respondió con sonrisas cortas. Nadie notó que sus manos temblaban al escoger las verduras.

Lucía comió con apetito, sin náuseas, sin pausas. Isabel la observó en silencio. No dijo nada.

El segundo día fue el caldo de gallina. Javier habló de doctores, de parteras, de que “esta vez sí iba a ser padre de un varón”. Lucía asentía, demasiado segura.

Esa noche, Isabel apenas durmió. Había algo que no encajaba, como una grieta invisible en la pared.

Y entonces llegó el tercer día.

Capítulo 2 – Las grietas


Javier salió temprano a la construcción. Antes de irse, dejó una orden más:

—Hoy algo fuerte. El mes es importante.

Isabel asintió. Esperó.

Lucía despertó tarde, con humor cambiante. Buscaba algo dulce cuando su bolsa cayó al suelo. El sonido fue seco. Un objeto blanco se deslizó hasta los pies de Isabel.

Pastillas. Anticonceptivos.

El tiempo se detuvo. Lucía palideció.

—Eso no es lo que crees —balbuceó.

Isabel levantó el blíster con cuidado, como si fuera frágil.

—No pienso nada —respondió—. Solo cocino.

No hubo discusión. Isabel volvió a la estufa. Preparó la comida con la misma dedicación de siempre, pero cuando sirvió, el caldo estaba frío, insípido.

—¿Qué es esto? —reclamó Lucía—. No sabe a nada.

Isabel la miró por primera vez a los ojos.

—Una mujer embarazada no come así.

Lucía se levantó de golpe. Su respiración era rápida.

—Tú no sabes nada.

—Sé observar —contestó Isabel con calma.

El silencio se volvió pesado.

Esa noche, la casa explotó en voces. Javier regresó cansado y se encontró con el llanto de Lucía, acusaciones lanzadas al aire.

—Me odia —decía ella—. Quiere hacerme daño.

Isabel no respondió. Caminó hasta la mesa y dejó las pastillas bajo la luz amarilla.

Javier las tomó. Leyó. Volvió a leer.

—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz quebrada.

Lucía no contestó.

El orgullo herido fue más fuerte que cualquier sentimiento. Javier gritó, lanzó palabras que parecían cuchillos.

—¡Me viste la cara!

En minutos, Lucía estaba fuera, con su maleta en el suelo. La reja se cerró con estruendo.

Isabel observó todo desde la cocina.

Capítulo 3 – El amanecer


El silencio posterior fue peor que los gritos. Javier se dejó caer en la silla, murmurando sobre su nombre, su familia, su vergüenza.

—Tú sabías —dijo sin mirarla—. Siempre supiste.

Isabel lavaba un plato.

—Sí.

—¿Por qué no dijiste nada?

Ella cerró la llave.

—Porque no me lo pediste.

Javier no respondió.

Esa noche, Isabel empacó. Pocas cosas. Dinero guardado con paciencia. Miró la casa por última vez. No era rencor lo que sentía, sino una calma nueva.

Cuando el sol salió sobre Puebla, la casa amarilla estaba vacía.

Horas después, Javier despertó solo. Por primera vez, entendió que había perdido algo que no sabía valorar.

Y en algún lugar del camino, Isabel respiró libre.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

Comentarios