Min menu

Pages

Puse la solicitud de divorcio sobre la mesa; a un lado, un expediente grueso: mensajes, fotos y contratos a nombre de él y de la mujer a la que durante diez años siempre llamé “la socia de mi esposo”. Su rostro se quedó pálido. —¿Desde cuándo lo sabes…? —preguntó con la voz temblorosa...

Capítulo 1: La mesa de mesquite

Puse la demanda de divorcio sobre la mesa de mesquite como quien deja caer una sentencia. El sonido fue seco, definitivo. A su lado, el expediente grueso parecía respirar: mensajes impresos, fotografías cuidadosamente ordenadas, estados de cuenta, contratos firmados con una caligrafía que yo conocía demasiado bien.

Carlos se quedó inmóvil, de pie frente a mí. La luz de la tarde entraba por los ventanales de la casa en la colonia Americana, bañándolo todo de un tono dorado que solía tranquilizarme. Esa vez, no. Esa vez parecía una burla.

—¿Desde cuándo…? —preguntó al fin—. ¿Desde cuándo lo sabes?

Su voz tembló. Sus dedos buscaron, casi con desesperación, el rosario de la Virgen de Guadalupe que siempre llevaba en el bolsillo del saco. El mismo que besaba antes de cerrar un trato. El mismo que había sostenido el día de nuestra boda.

No le respondí. Caminé despacio hacia el ventanal y miré el patio. La bugambilia estaba en flor, tan viva, tan llena de color, que dolía. Pensé que nuestro matrimonio se parecía mucho a esa planta: hermoso por fuera, seco por dentro.

—Desde el día —dije sin girarme— en que me quedé parada frente a la iglesia de San Juan de Dios esperando a que llegaras a nuestro aniversario número diez… mientras tú firmabas la compra de un hotel en Cancún.

Escuché cómo soltaba el aire de golpe.

—Con María.

El nombre cayó entre nosotros como un golpe invisible. María. La mujer de vestido rojo, de risa fuerte, de abrazos largos. La “socia”. La “aliada estratégica”. La que mi suegra siempre defendía.

—No era así… —Carlos se dejó caer en la silla—. Todo empezó como negocios. Luego… se salió de control.

Me giré por fin.
—Diez años no es perder el control, Carlos. Diez años es elegir.

Se llevó las manos al rostro.
—Nunca quise hacerte daño.

—Pero lo hiciste —respondí—. Cada día.

El silencio se volvió espeso. Afuera, alguien afinaba una trompeta. Guadalajara seguía viva, indiferente a nuestra ruina.

Capítulo 2: Lo que se rompe por dentro


Empujé el expediente hacia él.

—¿Sabes qué es lo que más duele? —le pregunté—. No que la amaras. Sino que me usaras.

Carlos hojeó los papeles. Reconocí el momento exacto en que entendió que no había vuelta atrás. Sus hombros se hundieron.

—Tú apareces como responsable legal —murmuró—. Todo estaba pensado así…

—Claro que lo estaba —lo interrumpí—. Yo firmaba, yo respondía, yo cargaba con los riesgos. Mientras el dinero real se movía entre Monterrey, Ciudad de México… y María.

Levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos.

—Si entregas eso, lo pierdo todo. Mi familia, mi nombre…

Solté una risa corta, sin alegría.

—¿Mi nombre sí lo podías usar, verdad? ¿Mi tiempo? ¿Mi silencio?

Se levantó de golpe.

—¡Yo trabajaba por nosotros!

—No —dije con calma—. Trabajabas para ti.

Recordé el hospital, el olor a desinfectante, la silla vacía junto a mi cama.

—¿Recuerdas cuando perdimos al bebé? —pregunté.

Bajó la cabeza.

—Me dijiste que no podías llegar. Tenías una junta.

No respondió. No hacía falta.

Desde la calle entró la música de un mariachi. “Cielito lindo”. Casi me pareció cruel.

—No voy a entregar esto hoy —dije—. Pero sí quiero algo.

Deslicé la demanda hacia él.

—Firma.

Sus manos temblaban.

—¿Y María?

—Ella siempre supo jugar sola.

Tardó varios segundos. Luego tomó la pluma. La misma que usó para firmar nuestro acta de matrimonio. Su firma salió irregular, como si ya no le perteneciera.

Cuando terminó, dejó la pluma y se quedó mirando la mesa.

—Nunca pensé que terminaría así.

—Yo tampoco —respondí—. Pero aquí estamos.

Capítulo 3: Bajo otro cielo


Tres meses después, Guadalajara quedó atrás en el retrovisor.

Me fui con una sola maleta y una calma nueva. Oaxaca me recibió con calles de piedra, olor a chocolate caliente y tardes lentas. Abrí un café pequeño cerca del zócalo. Nada lujoso. Nada falso.

Aprendí a estar sola sin sentirme vacía.

Una tarde, mientras limpiaba la barra, vibró mi teléfono.

Carlos y María están bajo investigación fiscal.

Leí el mensaje una vez. Luego lo dejé boca abajo.

No sentí alegría. Tampoco tristeza. Solo un cierre.

Esa noche, preparé café de olla. Me senté afuera, viendo cómo el sol se escondía tras los cerros.

Pensé en la mujer que fui. En la que esperó. En la que creyó.

Y en la que ahora respiraba sin miedo.

Por primera vez en muchos años, no era la esposa de nadie.
No era la fachada de nadie.

Era yo.
Y eso, bajo cualquier sol, era suficiente.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

Comentarios