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El hijo ingrato le gritó a su madre anciana: —“¡Ya estás vieja, solo estorbas en la casa!”—. Poco después, la obligó a dormir afuera, cerca del gallinero. Esa noche llovió, y ella desapareció de repente… A la mañana siguiente, el hijo y su nuera tuvieron que pagar el precio con una lección que jamás olvidarían…

Capítulo 1 – Sombras en el atardecer

El sol caía sobre los techos de teja roja del pequeño pueblo de San Miguel de la Montaña, tiñendo de naranja los muros de adobe y los huertos de mango. En una de esas casas vivía Carmen, una mujer de cabello gris como el humo de las fogatas, lomo encorvado y ojos apagados por la edad, pero con un corazón que había dado toda su vida por su único hijo, Miguel.

Miguel, un hombre de treinta y pocos años, había crecido bajo la disciplina y el amor silencioso de su madre. Sin embargo, desde que se había casado con Mariana, una joven de carácter decidido y mirada calculadora, comenzó a sentir que su madre era más un obstáculo que un apoyo.

—Mamá, ¿otra vez quieres seguir cocinando a esta hora? —gruñó Miguel una tarde sofocante, mientras el sudor se le pegaba a la frente.

—Solo quiero que no pases hambre, hijo —respondió Carmen con voz débil, acomodando un sartén de barro sobre la mesa.

Miguel apretó los puños, el calor y la frustración del día hacían que su paciencia se agotara. Mariana lo miraba desde la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, sin intervenir.

—¡Mamá, ya basta! —explotó Miguel—. ¡Estás vieja, solo estorbas en la casa!

Carmen bajó la cabeza, su mirada fija en el piso de tierra. Un suspiro pesado salió de su pecho. Mariana, sin decir nada, asintió ligeramente.

La tensión creció durante toda la tarde. Carmen apenas comió, mientras Miguel se encerraba en su cuarto y Mariana revisaba el fuego, evitando mostrar algún sentimiento. La tranquilidad habitual de la casa se había roto, y con ella, un delicado hilo de armonía que había sostenido la familia por décadas.

Esa noche, mientras el viento movía las ramas de los mangos, Carmen se sentó cerca de la ventana, observando el atardecer. Miguel y Mariana cenaban en silencio, pero cada bocado llevaba consigo la sombra de un reproche no dicho, de un cariño ignorado.

—Mamá, deberías irte a dormir temprano —dijo Miguel al final, con un tono que mezclaba fastidio y determinación.

Carmen solo asintió, pero algo cambió en ella esa noche: una quietud extraña, como si supiera que su presencia ya no era bienvenida.

Capítulo 2 – La noche de la tormenta


Dos días después, Miguel perdió la paciencia por completo. Mientras Mariana preparaba tortillas en la cocina, él se acercó a su madre y, con un gesto brusco, le señaló la puerta trasera:

—Duérmete en el cobertizo, mamá. Allí estarás más cómoda, ¿no ves que solo estorbas?

Carmen abrió los ojos, sorprendida y herida. Mariana lo miró sin protestar, aunque su corazón se oprimió un poco ante la escena. Carmen tomó su manta con manos temblorosas y salió bajo el cielo que empezaba a oscurecerse.

El viento soplaba con fuerza y las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el techo de lámina del cobertizo donde las gallinas dormían. Carmen se sentó sobre el suelo húmedo, envolviendo su cuerpo con la manta, tratando de no mojarse demasiado. Su respiración se hacía corta, cada ráfaga de viento parecía más fría que la anterior.

—Mamá, ¿estás bien? —gritó Mariana desde la ventana, aunque no se atrevió a salir a ayudarla.

—Sí… estoy bien —respondió Carmen con voz apagada—. No se preocupen…

La tormenta creció durante la noche. El viento arrastraba hojas secas y ramas caídas, mientras los truenos retumbaban sobre las colinas cercanas. Miguel y Mariana, seguros en la casa, se durmieron sin pensar en su madre, convencidos de que todo estaría bien al amanecer.

Pero al despertar, algo no estaba bien. Las gallinas permanecían en silencio. El cobertizo estaba vacío. Carmen había desaparecido.

Miguel recorrió el patio llamando su nombre, su voz cargada de ansiedad:

—¡Mamá! ¡Carmen!

Mariana salió detrás de él, pero tampoco encontró rastro alguno. Solo había charcos de agua mezclados con barro y un pañuelo que Carmen había olvidado sobre la tierra mojada.

—¡No puede ser! —dijo Miguel, con el corazón latiendo con fuerza—. ¿Cómo se fue sin que la viéramos?

Regresaron a la casa y se detuvieron frente al cobertizo. Allí, sobre la pared de adobe, algo los hizo retroceder: palabras formadas con barro, que el agua de la lluvia apenas dejaba ver, pero que tenían un mensaje imposible de ignorar:

"Olvidaste a tu madre. Ahora ella olvidará de ti."

Un escalofrío recorrió sus espaldas. Mariana intentó tocar la pared, pero el barro se deshacía entre sus dedos. Miguel permaneció inmóvil, sin palabras, sintiendo que una pesada sombra había caído sobre su hogar.

La desaparición de Carmen marcó el inicio de días oscuros. Los cultivos comenzaron a marchitarse, las gallinas murieron sin explicación y la vida en la casa se volvió insoportablemente silenciosa. Las noches traían pesadillas: figuras de Carmen en la lluvia, mirándolos con ojos llenos de reproche, y susurros que parecía escuchar desde los rincones del patio.

Capítulo 3 – El precio del olvido


Las semanas pasaron, y el miedo creció en Miguel y Mariana. La ausencia de Carmen no solo era física: su presencia se sentía en cada rincón de la casa, en cada sombra que se alargaba al atardecer. La culpa y la angustia los devoraban.

—Miguel… ¿qué hemos hecho? —susurró Mariana una noche, temblando mientras se sentaba junto a la ventana—. La vida nos estaba dando una lección… y no hemos entendido nada.

Miguel apoyó la cabeza en la pared, sintiendo que el peso del mundo se asentaba sobre sus hombros. Nunca había imaginado que un reproche y un acto de indiferencia podrían tener consecuencias tan devastadoras.

—No sé si podremos… —dijo con voz quebrada—. No sé si alguna vez volveremos a verla…

El pueblo, testigo silencioso, murmuraba historias sobre la familia de Miguel: “los que olvidan a sus padres pagan caro”, decían los vecinos. Pero ellos, atrapados en su propia culpa, no querían escuchar más advertencias; querían respuestas, querían a Carmen de vuelta.

Días después, mientras Miguel trabajaba en el huerto marchito, una idea desesperada cruzó por su mente: reparar el daño. Buscó en las cajas de la casa las cosas que su madre había amado: su manta, el sombrero de paja que usaba para ir al campo, las ollas de barro. Colocó todo cuidadosamente cerca del cobertizo, hablando en voz baja:

—Mamá… si puedes oírme… perdóname…

Pero la noche cayó y Carmen no regresó. La tormenta que comenzó aquella fatídica noche había desaparecido, dejando un cielo despejado, pero un vacío imposible de llenar.

Con el tiempo, Miguel y Mariana comprendieron que su madre no solo había desaparecido físicamente, sino que su ausencia era un recordatorio constante de la ingratitud. Cada día sin ella era un día en el que el hogar se volvía más frío, más silencioso, y cada recuerdo de Carmen se teñía de remordimiento.

Miguel pasaba las tardes mirando los árboles de mango, recordando las manos arrugadas que lo habían cuidado toda su vida. Mariana, a su lado, lloraba en silencio, sabiendo que la lección más dura de sus vidas no tendría redención: habían perdido para siempre a Carmen, pero habían ganado, a costa de su felicidad, la comprensión de que la gratitud y el amor hacia quienes nos crían no pueden ser ignorados.

Y así, la casa de tejas rojas siguió en pie, pero el calor del hogar se había ido. La sombra de Carmen permanecía, invisible y silenciosa, enseñándoles, cada día, que la indiferencia tiene un precio que nadie puede evadir.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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