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Después de 22 años sin dar señales de vida, un hombre que había servido en el ejército regresó a su pueblo en busca de su esposa. Pero la persona que le abrió la puerta lo dejó paralizado: nunca se habría imaginado que su esposa…

Capítulo 1 – El regreso

El sol caía lentamente sobre el pequeño pueblo costero de Santa Cruz, en Oaxaca. Las olas rompían con un rumor constante contra los acantilados, como un susurro que parecía querer contar secretos antiguos. Alejandro caminaba por la polvorienta carretera que lo llevaba a su hogar de la infancia, cada paso llenando su corazón de una mezcla de nostalgia y temor. Veintidós años habían pasado desde que dejó la aldea como un joven soldado con promesas de volver.

Su rostro curtido por el sol y sus manos callosas del servicio militar eran un contraste doloroso con los recuerdos de su juventud. Imaginaba que al abrir la puerta encontraría a Isabella esperándolo, con esa sonrisa que había iluminado sus días y calmado sus noches. Cada ladrillo rojo, cada hoja de los árboles de mango, parecía susurrarle: “Aquí estás, Alejandro. Regresas al lugar donde todo comenzó”.

Cuando llegó frente a la casa, notó que los muros estaban cubiertos de hiedra y que la madera de la puerta estaba gastada por el salitre y el tiempo. Su corazón latía con fuerza. Levantó la mano, y un instante después golpeó la puerta con el dorso del puño: toc, toc, toc.

Nada.

Otro golpe.

Entonces, la puerta se abrió lentamente y Alejandro se quedó inmóvil. No era Isabella. La mujer que apareció tenía los ojos oscuros, profundos y una expresión dura que parecía tallada con años de sufrimiento. Sus rasgos recordaban a alguien conocido, pero Alejandro tardó en comprender: aquella mujer era Lucía, su hija, a quien nunca había visto crecer.

—Papá… —dijo Lucía con voz temblorosa, pero firme—. Mamá… ya no está.

Alejandro sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Su boca quedó seca, su corazón golpeando con fuerza desmedida. —¿Qué…? ¿Cómo que no está? —logró balbucear—. ¿Dónde está Isabella?

Lucía bajó la mirada, sujeta sus manos con fuerza como si quisiera transmitirle algo más que palabras. —Papá… ella fue… —dudó un momento, tragándose las lágrimas—. Fue llevada por personas malas, y… no regresó.

El mundo de Alejandro se vino abajo. Su esposa, su amada, arrebatada por la violencia, y él… él se había perdido la vida de su hija y el destino de Isabella durante más de dos décadas.

Pasaron minutos que parecieron horas. Alejandro finalmente logró dar un paso hacia dentro de la casa. Cada rincón le resultaba extraño y familiar al mismo tiempo: la cocina con los azulejos agrietados, la hamaca que alguna vez colgaba en el patio, y las fotos amarillentas de su boda con Isabella, sonriendo como si el tiempo no hubiera pasado.

—Papá… —susurró Lucía, llevando a Alejandro hacia una fotografía enmarcada—. Ella siempre te esperaba, incluso cuando ya no había nadie que pudiera hacerlo.

Alejandro se inclinó, tocando la imagen con dedos temblorosos. Los recuerdos lo invadieron: las risas bajo los árboles de mango, las tardes de cacao caliente, los abrazos que prometían protección eterna. La guerra lo había cambiado, lo había endurecido, pero aquel instante le recordó que aún existía algo por lo que luchar: su hija, su familia que aún podía reconstruir.

La noche cayó sobre Santa Cruz mientras Alejandro y Lucía se sentaban en la vieja sala, con las ventanas abiertas para dejar entrar la brisa marina. Alejandro no podía dormir; cada sonido de la casa le recordaba a Isabella, y cada gesto de Lucía le recordaba la responsabilidad de protegerla.

—Papá… —Lucía habló, su voz quebrada—. Hay cosas que todavía no sabes sobre lo que pasó… con mamá.

Alejandro tragó saliva. Había regresado buscando su pasado, pero el pasado lo había dejado con cicatrices que ni él podía entender del todo.

—Dímelo… —susurró—. Quiero saberlo todo.

Lucía respiró hondo, sus ojos llenos de lágrimas y de fuerza a la vez:
—Era mucho más peligroso de lo que podíamos imaginar…

Y en ese momento, Alejandro comprendió que su regreso no era solo un reencuentro, sino el inicio de un viaje hacia secretos oscuros que habían permanecido ocultos durante más de veinte años.

Capítulo 2 – Sombras del pasado


La madrugada trajo consigo un silencio inquietante. Alejandro permanecía despierto, recordando los últimos mensajes de Lucía. La casa parecía respirar con él, las paredes guardaban ecos de gritos, risas y llantos de un pasado que él había dejado atrás. La guerra, pensó, le había enseñado a enfrentar la muerte, pero no lo preparó para enfrentar la traición, el dolor y la pérdida silenciosa de quienes más amaba.

—Papá… —Lucía lo despertó con un susurro—. Hay algo que tienes que ver.

Lo llevó al granero trasero. Alejandro se sorprendió: hacía años que no entraba allí. Entre sacos de maíz y herramientas oxidadas, Lucía sacó una caja de madera cuidadosamente sellada. —Esto… —dijo, temblando—. Lo encontré escondido en la pared.

Alejandro abrió la caja. Dentro había cartas, recortes de periódicos, fotografías de Isabella con hombres desconocidos, y un cuaderno con notas ilegibles al principio. Entre ellas, una carta escrita por Isabella, dirigida a él, fechada apenas unas semanas antes de que desapareciera.

—Papá… —dijo Lucía, con voz quebrada—. Esto… ella sabía que algo malo iba a pasar.

Alejandro comenzó a leer la carta, y cada palabra lo golpeaba como un balazo invisible. Isabella hablaba de amenazas, de hombres que querían obligarlo a involucrarse en algo ilegal, de su miedo a perderlo a él y a Lucía. Mencionaba nombres, direcciones, y un plan para proteger a su hija antes de desaparecer. Alejandro sintió cómo su corazón se encogía: su esposa había muerto intentando protegerlos.

—No… —murmuró Alejandro—. Todo esto… podría haberlo evitado…

—Papá —intervino Lucía—, no es culpa tuya. Nadie esperaba que la guerra te llevara tan lejos, y ella… ella hizo lo que pudo. Pero hay algo más. —Lucía tragó saliva, sus manos temblorosas—. Creo que quienes se la llevaron… siguen aquí.

El silencio se hizo absoluto. Alejandro sintió un escalofrío recorrer su espalda. Durante décadas había enfrentado enemigos visibles, pero ahora el enemigo estaba oculto, acechando en la propia tierra que creía conocer.

—Tenemos que tener cuidado —dijo Alejandro—. Nadie más debe saber que estamos aquí.

Durante días, Alejandro y Lucía empezaron a reconstruir la historia que Isabella dejó incompleta. Descubrieron que un grupo criminal de Oaxaca había amenazado a Isabella, intentando forzar a Alejandro a entregar información militar que él, años atrás, había protegido. Su valentía, su lealtad y su amor habían convertido a su familia en objetivo.

Una tarde, mientras Alejandro revisaba el cuaderno de Isabella, encontró un nombre repetido varias veces: Don Ernesto. Lucía lo miró con incredulidad:
—Papá… ese hombre… mi madre mencionó que él estaba detrás de todo.

Alejandro frunció el ceño. —Entonces… no se trataba solo de un secuestro. Esto es más grande de lo que imaginamos.

Esa noche, mientras el viento traía el olor a sal y madera húmeda desde el mar, Alejandro comprendió que el regreso a su pueblo no era simplemente un retorno a casa. Era el comienzo de una lucha para desenterrar secretos que podrían ponerlos en peligro nuevamente. Y, mientras la luna se reflejaba en las olas, Alejandro sintió cómo el peso de la responsabilidad lo aplastaba: debía proteger a Lucía, honrar a Isabella y enfrentar los fantasmas que acechaban su pasado.

Capítulo 3 – La verdad bajo el mango


El sol apenas despuntaba cuando Alejandro y Lucía decidieron seguir una pista del cuaderno de Isabella. Según las notas, un antiguo almacén en las afueras del pueblo había sido escenario de reuniones clandestinas de los criminales que se la llevaron. Alejandro no quería involucrarse directamente, pero sabía que debía enfrentarlo. Su experiencia militar era la única esperanza de descubrir la verdad.

Llegaron al lugar entre sombras de los mangos que crecían salvajes alrededor del almacén. La puerta estaba cerrada, pero Alejandro notó un pequeño agujero en la madera, suficiente para espiar el interior. Dentro, hombres discutían con voces bajas, algunos revisando papeles, otros manipulando cajas llenas de objetos misteriosos. Alejandro no los reconoció, pero un nombre lo hizo gelar: Don Ernesto.

—Es él… —susurró Lucía, apretando su brazo—.

Alejandro asintió. —Debemos actuar con cautela. No podemos arriesgarnos sin un plan.

Mientras planeaban, Alejandro recordó la valentía de Isabella. Ella había enfrentado a estos hombres sola, por amor a su familia. Su determinación y coraje eran ahora su guía. Decidieron regresar al pueblo y preparar una estrategia. Necesitaban aliados, y Alejandro sabía que algunos antiguos compañeros del ejército podrían ayudarlos.

Esa misma noche, mientras se sentaban en la terraza de la casa, escucharon un ruido en la puerta trasera. Alejandro levantó la vista y vio sombras moverse. Su corazón se aceleró. —Lucía… alguien está afuera.

No era un ladrón común. La presencia era silenciosa pero peligrosa, cargada de amenaza. Alejandro tomó un bate viejo de béisbol y se acercó a la puerta, respirando profundamente. La sombra retrocedió al ver que estaba armado, y entonces apareció un sobre deslizado bajo la puerta.

Lucía lo recogió y lo abrió. Dentro había una sola hoja:

"Deja el pasado enterrado o perderás más que recuerdos."

Alejandro sintió cómo el miedo se mezclaba con la determinación. Sabía que la verdad sobre Isabella y el oscuro mundo que la rodeaba no podía quedar oculta más tiempo. Su familia, su hija, su historia, todo estaba en juego.

—Papá… —dijo Lucía con voz temblorosa—. ¿Qué haremos ahora?

—Lucharemos —respondió Alejandro con firmeza—. Por mamá, por ti… y por la verdad.

La brisa marina trajo consigo un olor a lluvia y sal, mientras las olas golpeaban con fuerza los acantilados. Alejandro comprendió que su regreso no solo había sido un viaje de nostalgia, sino una confrontación inevitable con el peligro, la pérdida y la justicia que su familia merecía.

Y así, con la noche cubriéndolos, padre e hija se prepararon para enfrentar el pasado, sabiendo que el camino sería peligroso, pero que su amor y su coraje podrían iluminar incluso los rincones más oscuros de Oaxaca.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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