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Me casé con un hombre mayor, y en mi interior estaba emocionada, pensando que pronto toda su fortuna sería mía, ya que seguramente no le quedaba mucho tiempo de vida. Pero en la noche de bodas, me llevó a un cuarto que había estado cerrado durante veinte años… y cuando levantó la reja de hierro, me quedé paralizada, atónita, y de inmediato empujé la puerta con fuerza y salí corriendo, presa del pánico…

Capítulo 1 – La llegada a Oaxaca

El autobús dejó atrás el último tramo de carretera serpenteante y me dejó frente a la casa amarilla, con sus paredes agrietadas y el techo de tejas rojas cubierto de musgo. El olor a mar mezclado con el aroma de los mercados locales me golpeó de inmediato. Mi corazón se aceleró. Después de meses de planificación, finalmente estaba aquí. Eduardo Morales me esperaba, y todo el mundo creería que era la esposa feliz de un hombre adinerado.

La puerta principal se abrió antes de que pudiera tocarla. Eduardo apareció, impecable en su traje gris claro, cabello plateado cuidadosamente peinado hacia atrás y una sonrisa que parecía más un cálculo que una emoción sincera.

—Bienvenida, querida —dijo, su voz profunda y pausada, como si midiera cada palabra—. Me alegra que hayas llegado sin problemas.

—Gracias, señor Morales —respondí, tratando de mantener la calma mientras mis dedos temblaban ligeramente. Por dentro, una mezcla de ansiedad y excitación me recorrió—. La casa es… impresionante.

—Es antigua, sí, pero tiene carácter. Mucho carácter —respondió, mirando a su alrededor como si cada grieta contara una historia que solo él conocía. Luego añadió, bajando la voz—: Me alegra que finalmente estemos juntos.

El tono de sus palabras me hizo estremecer. No era solo un hombre mayor que buscaba compañía; había algo en su mirada que sugería secretos, cosas que no compartía con nadie. Sonreí, fingiendo interés, mientras mi mente repasaba el plan: matrimonio rápido, manejar los bienes, esperar el momento adecuado…

El atardecer cayó sobre el mar, tiñendo de naranja y violeta las paredes de la casa. Eduardo me mostró los pasillos, las habitaciones con muebles antiguos, cuadros de familia que no reconocía, y finalmente la gran sala con ventanas que daban al océano. Todo parecía perfecto.

—Mañana tendremos la boda, como acordamos —dijo—. Una ceremonia sencilla, pero significativa.

Yo asentí, pensando que mañana, al firmar esos papeles, todo cambiaría a mi favor. Sin embargo, un escalofrío me recorrió la espalda al notar cómo sus ojos parecían evaluar cada uno de mis movimientos.

Esa noche, mientras el viento del mar azotaba las ventanas, no podía dormir. El murmullo de las olas se mezclaba con los latidos acelerados de mi corazón, anticipando el futuro brillante que había imaginado… sin saber que el pasado de Eduardo estaba a punto de desbaratar todos mis planes.

Capítulo 2 – La habitación secreta


La boda fue breve y elegante. Solo algunos vecinos del pueblo asistieron, y el aire estaba impregnado de aroma a flores y pan dulce. La ceremonia fue perfecta; Eduardo me tomó la mano, sus dedos fríos contrastaban con la calidez de los míos, y por un momento, sentí que estaba atrapada en un juego del que no podía escapar.

Esa noche, me condujo por los pasillos iluminados por velas hasta lo que pensé que sería nuestro dormitorio. Pero se detuvo frente a una puerta de madera gruesa, cubierta de polvo y telarañas.

—Esta es una habitación que he mantenido cerrada durante veinte años —dijo, con voz grave y misteriosa.

Mi corazón se detuvo un instante. Veinte años… ¿qué podía esconder allí? Joyas, oro, documentos de propiedad… todo lo que había soñado tener. Lo miré con ojos brillantes de expectación.

—¿Puedo verla? —pregunté, tratando de ocultar la ansiedad en mi voz.

—Por supuesto, pero debes saber que lo que hay dentro no es para los débiles de corazón —dijo, mientras levantaba lentamente una pesada reja de hierro.

Cuando la puerta se abrió, no encontré tesoros ni riquezas. Encontré papeles arrugados, cuentas impagadas, documentos legales de deudas crecientes y algunos muebles antiguos que apenas podían considerarse valiosos. La realidad me golpeó como un balde de agua fría.

—¿Qué… es esto? —mi voz se quebró, y un sudor frío recorrió mi espalda—. ¿Dónde está su… su fortuna?

Eduardo suspiró, y sus ojos brillaron con una mezcla de resignación y cierta diversión.

—Todo eso… era solo una ilusión. La casa, la boda… incluso yo. Todo ha sido un escape, un disfraz para que los acreedores me dejen en paz, al menos por unas semanas.

Mi mente giraba a mil por hora. Cada paso, cada sonrisa que había compartido con él en los últimos días era un engaño. Todo lo que planeaba estaba en ruinas.

—Pero… ¿qué significa eso? —balbuceé, intentando mantener la compostura mientras el pánico se apoderaba de mí.

—Significa que, querida, has entrado en un laberinto del que no sabías que formabas parte. Pero no temas —dijo, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Nadie sale herido. Solo… más sabio.

El golpe fue demasiado. Retrocedí, empujando la puerta con fuerza. Mi corazón latía con tal violencia que sentí que iba a estallar. Sin mirar atrás, corrí por el pasillo, dejando atrás la luz cálida de las velas y el sonido lejano del océano. Afuera, bajo el cielo estrellado, respiré profundamente, sintiendo cómo la adrenalina borraba cualquier rastro de miedo.

Eduardo apareció en el umbral, solo su silueta contra la luz de la casa.

—Ve tranquila —dijo—. Todo lo que buscabas no estaba aquí… y tal vez, nunca lo estuvo.

Nunca olvidaré esa noche. La mezcla de alivio y decepción, la sensación de haber sido usada y, al mismo tiempo, liberada de un destino que ni siquiera era mío.

Capítulo 3 – La elección


Días después, seguía caminando por las calles de Oaxaca, entre puestos de chile seco, tortillas recién hechas y aromas a mariscos, tratando de procesar lo sucedido. Cada vez que veía el techo rojo de la casa de Eduardo desde la distancia, un escalofrío recorría mi espalda.

Me encontré pensando en Eduardo, en su juego de máscaras, en cómo había logrado mantener su mundo en secreto durante tanto tiempo. No había oro, no había herencia, solo deudas y secretos antiguos. Y sin embargo, él parecía haber sobrevivido a todo, mientras yo había caído en la ilusión de la riqueza fácil.

Una tarde, mientras paseaba por la playa, lo vi a lo lejos. Estaba de pie junto a una roca, mirando al horizonte. Me acerqué, con la decisión de enfrentar la realidad de una vez por todas.

—Eduardo… —dije—. No te casaste conmigo por amor, ¿verdad?

Él se volvió lentamente, y sus ojos reflejaban la calma de alguien que ha visto demasiado para sorprenderse.

—No, nunca lo hice —admitió—. Pero tampoco quería hacer daño. Solo necesitaba… un respiro.

—Y yo… yo pensaba que podía aprovecharme de ti —dije, con un hilo de risa amarga—. Qué ironía.

Se quedó en silencio, luego suspiró.

—A veces, los planes no salen como uno espera. Tú querías riqueza, yo quería libertad. Ambos obtuvimos algo que no esperábamos.

Una brisa suave me trajo el aroma del mar y el sonido lejano de las olas rompiendo contra la costa. Por primera vez en días, sentí claridad. No había rencor, solo una lección aprendida.

—Supongo que esto es lo que llaman… aprendizaje —dije, con una sonrisa ligera—. Me alegra no haberme quedado atrapada en tu laberinto más tiempo del necesario.

Eduardo asintió, sus arrugas suavizadas por la luz dorada del atardecer.

—Y yo me alegro de que hayas entendido a tiempo. No todos tienen esa suerte.

Nos quedamos un momento en silencio, contemplando el océano. El mundo continuaba, con sus secretos y sus misterios, y yo finalmente comprendí que la verdadera riqueza no estaba en la casa ni en los papeles, sino en la libertad de elegir mi propio camino.

Sin mirar atrás, me alejé hacia el pueblo, hacia las calles llenas de vida y de promesas, con la sensación de que, aunque los planes se tuvieran que romper, siempre había una forma de levantarse y seguir adelante.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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