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La suegra llevaba casi un mes internada en el hospital y la nuera no había ido ni una sola vez a visitarla. Sin embargo, justo el día en que el esposo tenía que salir de viaje por trabajo, ella apareció de repente, mostrando una atención y cuidado extremos, e insistió en quedarse para cuidar de la señora. Al notar un cambio tan repentino, el esposo empezó a sospechar y decidió regresar al hospital antes de lo previsto… solo para quedarse paralizado al descubrir que su esposa estaba…

Capítulo 1 – Sombras bajo el sol de Guadalajara

El calor del mediodía caía con fuerza sobre Guadalajara. Las calles, flanqueadas por altos nopales y jacarandas, parecían derretirse bajo el sol. Alejandro se detuvo frente a la pequeña clínica privada donde su madre, Carmen, llevaba casi un mes internada tras un accidente cerebrovascular. Con los hombros tensos y la camisa pegajosa de sudor, respiró hondo antes de entrar.

“Ya casi no la reconozco…”, murmuró, recordando la vitalidad de su madre antes del accidente. Su esposa, Isabella, aún no había aparecido ni una sola vez durante este tiempo. La familia le había dicho que estaba “muy ocupada con la oficina” o “que no soportaba el olor de los hospitales”. Alejandro, acostumbrado a manejar los problemas con calma, había decidido no insistir. Tal vez, pensó, la indiferencia de Isabella no era más que un rasgo de carácter.

Al entrar al cuarto, la enfermera le informó que Carmen había tenido un sueño inquieto y que había llamado su nombre varias veces. Alejandro se acercó a la cama, tomó la mano de su madre y le habló en voz baja, asegurándose de que pudiera entenderlo. La respiración de Carmen era pausada, casi frágil, pero la mirada de la mujer aún conservaba una chispa de lucidez.

—Mamá, me voy a Monterrey mañana —dijo Alejandro—. No te preocupes, voy a regresar pronto.

Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió y apareció Isabella. Su cabello negro brillaba con un toque de laca, y sus ojos oscuros reflejaban una calidez que Alejandro no esperaba.

—¡Hola, cariño! —dijo Isabella, acercándose a Carmen y tomando su mano con delicadeza—. ¿Cómo estás hoy, mamá? Te he extrañado mucho.

Alejandro la miró, sorprendido. El contraste con los días anteriores era abrumador. Isabella siempre había parecido fría, distante, más interesada en su trabajo y su apariencia que en cualquier familiar. Y ahora… allí estaba, arreglando la almohada de Carmen, acariciando su frente y hablando con ella como si el hospital fuera su hogar.

—Isabella… —balbuceó Alejandro—. No esperaba verte aquí.

—Tenías que salir, ¿verdad? —respondió ella con una sonrisa dulce—. No te preocupes, voy a cuidarla todo el día. Mamá necesita compañía, y yo puedo estar aquí.

Carmen, entre sueños y confusión, sonrió débilmente y apretó la mano de Isabella. Alejandro, con un nudo en la garganta, no pudo evitar preguntarse: “¿Qué ha cambiado?”

Mientras Isabella acomodaba las frazadas y hablaba suavemente con Carmen sobre anécdotas del pasado, Alejandro notó que su corazón no encontraba reposo. Algo no encajaba: aquel interés repentino, aquella dedicación… ¿sería sincero? ¿O había un motivo oculto tras esa sonrisa cálida?

La tarde avanzó lentamente, y Alejandro decidió marcharse. El calor de la ciudad parecía reflejar la inquietud que sentía en el pecho.

—Te dejo aquí con mamá —dijo, con voz tensa—. No tardes mucho.

Isabella asintió, y mientras Alejandro se alejaba, la vio cerrar la puerta y sentarse junto a Carmen, sacando un pequeño maletín negro que antes no había traído. Algo en su forma de mover los dedos hizo que Alejandro se detuviera un momento. Su intuición le decía que aquello no era solo “cuidado”, sino algo más calculado.

El sol se ocultaba tras los cerros y la ciudad comenzaba a llenarse de sombras largas. Alejandro manejó hacia su casa sin poder quitarse de la cabeza la sensación de que algo estaba a punto de ocurrir.

Capítulo 2 – El juego de las apariencias


La noche cayó sobre Guadalajara como un manto pesado. Las luces de los faroles iluminaban el exterior del hospital, proyectando sombras sobre los muros de color arena. Alejandro, incapaz de dormir, repasaba mentalmente la escena del día. Cada gesto de Isabella, cada palabra susurrada a Carmen, parecía demasiado meticulosa, demasiado ensayada.

Decidió regresar al hospital, al menos para asegurarse de que todo estaba bien. Aparcó el coche frente a la entrada lateral y caminó silencioso por el pasillo que llevaba a la habitación de su madre. Al acercarse, escuchó la voz de Isabella, suave pero insistente.

—Mamá… solo necesitamos tu firma aquí, es para proteger tu patrimonio. No te preocupes, todo es legal y seguro.

Carmen, con las manos temblorosas, miraba los papeles sobre la mesa de noche. Alejandro contuvo el aliento. ¿Qué hacía Isabella con esos documentos? No eran formularios médicos, sino contratos legales, y su madre estaba demasiado débil para comprenderlos completamente.

—Isabella… ¿qué es eso? —preguntó Carmen, con voz débil.

—Nada de qué preocuparse, mamá. Solo son unos trámites para que todo quede en orden. Piensa en el bienestar de Alejandro y de la familia —respondió Isabella, sonriendo, pero sus ojos brillaban con un resplandor frío que Alejandro reconoció al instante.

El corazón de Alejandro empezó a latir con fuerza. Cada palabra de Isabella sonaba dulce, pero sus movimientos revelaban cálculo y determinación. En un impulso, abrió la puerta y entró.

—¡Isabella! —gritó, con voz que vibraba de tensión—. ¿Qué estás haciendo?

Isabella giró hacia él, su sonrisa inquebrantable, pero con una sombra de sorpresa contenida. —Ah… Alejandro, no esperaba que llegaras tan pronto. Solo estoy ayudando a tu madre con algunos papeles importantes.

—¡Esos papeles no son para ayudarla, son para…! —Alejandro se acercó a la mesa y vio los contratos de transferencia de propiedad—. ¿¡Estás intentando que firme todo para dártelos a ti!?

Carmen, entre lágrimas, intentó apartarse, confundida. —Alejandro… yo… ella me dijo que era por ti…

—Mamá, no firmes nada —dijo Alejandro, sosteniendo su mano con firmeza—. No dejes que te engañen.

Isabella retrocedió, evaluando la situación. Su sonrisa seguía presente, pero sus ojos ahora mostraban una mezcla de ira y cálculo. —No sabes de qué hablas… —dijo, con un tono que intentaba sonar inocente—. Solo estoy cuidando a tu madre y asegurándome de que todo esté seguro.

Alejandro respiró hondo, tratando de controlar la rabia y la incredulidad. Cada segundo que pasaba sentía cómo la traición de la persona más cercana a él se solidificaba ante sus ojos. No era solo codicia, era manipulación deliberada, usando a su madre como peón en un juego que él apenas comenzaba a comprender.

—Isabella, esto se acaba aquí —dijo con voz firme, tomando los papeles de la mesa—. No permitiré que nada de esto suceda.

La tensión se cortaba como el filo de un cuchillo. Carmen sollozaba, agarrando a su hijo, mientras Isabella daba un paso atrás, evaluando su derrota momentánea.

—Veremos… —murmuró, con una calma que helaba la sangre de Alejandro—. No creas que esto termina hoy.

El silencio se instaló en la habitación. Las luces del hospital iluminaban los rostros tensos de los tres, y el aire parecía cargado de una amenaza invisible. Alejandro abrazó a su madre, prometiéndose a sí mismo protegerla de cualquier sombra que intentara acercarse a ella.

Capítulo 3 – Revelaciones y decisiones


Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Alejandro trasladó todos los documentos de la propiedad a su nombre y comenzó a reforzar la seguridad en la casa familiar. Cada vez que Isabella llamaba, él ignoraba el teléfono, incapaz de enfrentarla sin que la ira y la desconfianza dominaran sus palabras.

Carmen, aunque débil, recobraba lentamente la lucidez y el ánimo. Cada vez que veía a Alejandro, le sonreía con gratitud, como si supiera que finalmente estaba a salvo.

—Hijo, gracias por protegerme —decía, con voz temblorosa pero firme—. Te quiero mucho.

Alejandro se sentía dividido entre el dolor por la traición y el alivio de haber salvado a su madre. La sombra de Isabella seguía presente, pero ahora comprendía algo esencial: la verdadera fuerza no estaba en el dinero ni en los contratos, sino en el amor y la fidelidad a la familia.

Una tarde, mientras Alejandro y Carmen tomaban café en la terraza, Isabella apareció por última vez. Sus ojos buscaban confrontarlo, su expresión un intento de suavidad forzada.

—Alejandro… necesito hablar contigo —dijo, con un hilo de voz—.

Él la miró, sin miedo ni rencor evidente, solo con determinación. —No hay nada que hablar, Isabella. Lo que intentaste ya no tiene poder sobre nosotros.

Isabella asintió lentamente, entendiendo que su juego había terminado. Sin una palabra más, se dio la vuelta y desapareció entre las sombras de la ciudad.

Alejandro abrazó a su madre, y por primera vez en semanas, sintió que la paz regresaba. Había aprendido, a un precio doloroso, que incluso las personas más cercanas pueden ocultar secretos y ambiciones, pero también que el amor verdadero y la lealtad familiar eran invulnerables.

La tarde se desvaneció con el canto lejano de los pájaros y el aroma de los nopales en flor. Guadalajara seguía caliente, sí, pero Alejandro y Carmen habían encontrado una sombra protectora, un refugio donde la traición no podía penetrar.

Y en ese silencio, Alejandro prometió: nunca más permitiría que nadie jugara con la vida o el corazón de su familia.

‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.

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