Capítulo 1 – La noche de la lluvia
La lluvia caía con fuerza sobre la Ciudad de México, haciendo que las luces amarillas de los faroles se reflejaran en charcos irregulares sobre el empedrado de las calles. Mariana caminaba lentamente, envuelta en un viejo impermeable que no lograba resguardarla del todo del frío y la humedad. En sus brazos llevaba a su hijo de seis años, Diego, quien dormitaba, acurrucado contra ella.
Mariana sentía cómo la fatiga se acumulaba en sus hombros. Su trabajo en una pequeña tienda de abarrotes apenas alcanzaba para pagar la renta y la escuela de Diego. Los recibos se amontonaban sobre la mesa de su modesto apartamento en la colonia Doctores, y la desesperanza la abrazaba cada noche.
—Tranquilo, mi amor… pronto estaremos en casa —susurró Mariana, mientras ajustaba la capucha de su impermeable—. Solo un poquito más.
El sonido del motor de un coche de lujo la sobresaltó. Un sedán negro, reluciente bajo la lluvia, se detuvo a un lado de la acera. Una puerta se abrió, y un hombre elegante, con un impermeable gris y cabello oscuro ligeramente despeinado, se acercó. Su presencia imponía, pero sus ojos eran cálidos.
—¿Quiere refugiarse de la lluvia? —preguntó, con voz profunda y pausada.
Mariana lo miró con cautela. El frío y la incertidumbre hicieron que su corazón latiera más rápido. Por un instante, consideró rechazar la oferta, pero la idea de Diego mojándose la hizo tragarse la prudencia.
—Eh… sí, gracias —dijo, aunque su voz sonaba temblorosa.
El hombre le tendió la mano para ayudarla a subir al coche, pero Mariana dudó. Su mente, siempre alerta ante la vulnerabilidad, buscaba una salida. Entonces, un pensamiento audaz surgió de repente:
—¿Podría… podría usted fingir que es mi esposo… solo por un día? —preguntó, sin poder contener la urgencia en su voz.
El hombre la miró con sorpresa, y luego una sonrisa ligera se dibujó en su rostro. Su mirada era un curioso equilibrio entre diversión y comprensión.
—Eso… suena imposible —dijo finalmente—. Pero supongo que podemos intentarlo.
Mariana no podía creerlo. El corazón le dio un vuelco. Subió al coche, sintiendo que aquella noche podría cambiarlo todo, aunque no sabía cómo ni por qué.
Durante el trayecto, Alejandro —como se presentó él mismo— no decía mucho, pero su presencia era reconfortante. Mariana notó cómo cada gesto suyo, desde el manejo del coche hasta la manera en que ajustaba su asiento, parecía pensado para proteger a Diego sin hacerlo evidente.
—Gracias… por esto —dijo Mariana en un susurro, mirando por la ventana las luces de la ciudad borrosas por la lluvia.
—No tiene que darme las gracias —respondió Alejandro—. Todos merecemos un respiro de vez en cuando.
La tensión se relajó un poco, pero Mariana seguía con el corazón en vilo. La lluvia golpeaba el parabrisas como un tambor insistente, recordándole que la noche no era solo fría; era también un preludio de lo que estaba por venir.
Cuando llegaron al apartamento de Mariana, Diego todavía dormía. Alejandro lo tomó con cuidado y lo sentó en el sofá, cubriéndolo con una manta que él mismo había traído. Mariana lo observaba, intrigada por la suavidad de su gesto, que contrastaba con la fuerza que emanaba de él.
—Mariana… ¿está segura de esto? —preguntó Alejandro, bajando la voz para no despertar a Diego—. Lo que sea que pase mañana, solo recuerde… no podemos controlar todo.
—Lo sé —respondió Mariana—. Pero… necesito intentarlo. Necesito que Diego tenga un día… normal. Aunque sea solo por hoy.
La noche continuó con un silencio cargado de expectativas. La lluvia seguía cayendo, pero dentro del apartamento había algo que no se podía tocar: la promesa de un cambio inesperado, de un giro en sus vidas que aún no podían imaginar.
Capítulo 2 – El cumpleaños y la actuación
El amanecer llegó con un cielo gris y una llovizna persistente que empapaba las calles. Mariana había pasado la noche sin dormir, pensando en cómo presentaría a Alejandro como su esposo ante sus familiares adinerados en el cumpleaños de su tía Isabel.
—Recuerda, Mariana —le dijo Alejandro mientras la ayudaba a ajustar su vestido—, la clave es la naturalidad. No tenemos que actuar demasiado. Solo ser nosotros mismos… o lo más parecido posible.
—¿Nosotros mismos? —Mariana murmuró, dudando—. Si Diego se entera de que todo es un juego… podría sentirse confundido.
—No se enterará —respondió Alejandro con firmeza—. Solo confía en mí.
La llegada a la mansión fue un espectáculo en sí mismo. Flores frescas, cortinas de terciopelo, candelabros de cristal y un aroma a pan recién horneado y chocolate caliente inundaban el salón. Los invitados, todos familiares de Mariana y amigos de su tía, se giraron al verlos entrar.
—Mariana, querido… ¡qué sorpresa verte acompañada! —exclamó la tía Isabel, abrazándola efusivamente—. Y este debe ser tu esposo, ¿verdad? —miró a Alejandro con una sonrisa curiosa.
—Así es, tía —respondió Alejandro con una inclinación elegante de cabeza—. Mariana me ha hablado mucho de usted.
Mariana contuvo la respiración. Alejandro era convincente, seguro de sí mismo, y eso ayudó a que su papel pareciera creíble. A medida que avanzaba la tarde, la “familia” interactuaba con naturalidad, pero Mariana no podía evitar sentir que estaba caminando sobre un hilo muy delgado.
Entre risas y charlas superficiales, Mariana y Alejandro encontraron momentos de intimidad: en la cocina, mientras ayudaban a Diego con un pastel de chocolate; en el jardín, mientras observaban la lluvia a través de los ventanales; y en la biblioteca, donde compartieron recuerdos de su infancia y sueños que habían quedado en pausa.
—Nunca pensé que alguien pudiera escucharme de esta manera —dijo Mariana, con un dejo de vulnerabilidad en la voz—. Es extraño… sentirme comprendida.
—Yo tampoco —respondió Alejandro—. A veces nos rodeamos de gente y aún así estamos solos.
Pero la calma se rompió de repente. Diego, corriendo por el salón, tropezó con una alfombra y cayó de bruces, golpeándose la rodilla contra el piso de mármol. Mariana gritó y corrió hacia él, mientras Alejandro reaccionaba con rapidez, arrodillándose junto al niño y revisando la herida.
—No parece grave… pero debemos limpiar esto —dijo Alejandro, levantando a Diego con cuidado—. Mariana, respira… todo estará bien.
Mariana lo miró fijamente. Por primera vez, la máscara de Alejandro desapareció. No era solo un actor en su juego; era un hombre dispuesto a protegerlos de verdad. Su corazón se agitó con fuerza, y por un momento, se dio cuenta de que los límites entre la actuación y la realidad se estaban desdibujando.
—Gracias… —susurró, sin poder apartar la mirada de sus ojos—. Gracias por cuidar de Diego.
—Siempre lo haré —respondió él, con un tono que no admitía dudas.
El cumpleaños continuó, pero Mariana no podía concentrarse en la fiesta. La adrenalina del accidente y la cercanía de Alejandro habían creado un vínculo que ninguno de los dos esperaba. La tensión emocional creció, y Mariana se dio cuenta de que estaba empezando a depender de él, aunque el día apenas comenzaba.
Al final de la jornada, mientras los invitados se retiraban, la lluvia se intensificó, y Mariana y Alejandro quedaron solos en el jardín, mirando cómo las gotas golpeaban las hojas de los naranjos.
—Un día… y ya siento que todo cambió —dijo Mariana, temblando un poco, tanto por la humedad como por la emoción.
—No es solo un día, Mariana —replicó Alejandro, acercándose—. Es un comienzo.
La noche los envolvió con su manto húmedo y fresco, mientras ambos comprendían que la relación que habían comenzado como un juego podría transformarse en algo mucho más profundo.
Capítulo 3 – La revelación y el nuevo comienzo
La lluvia continuó durante la madrugada, y la ciudad despertaba con un manto gris. Mariana se encontraba sola en la terraza de la mansión, contemplando cómo el agua resbalaba por los balcones y el aroma a tierra mojada llenaba el aire. Alejandro se acercó sin hacer ruido, sosteniendo dos tazas de café caliente.
—Pensé que te vendría bien —dijo, extendiéndole una taza.
Mariana aceptó el café con una sonrisa tímida. Había pasado toda la noche reflexionando sobre lo que sentía: miedo, gratitud y una emoción que no podía nombrar.
—Nunca pensé que un día pudiera cambiar tanto —dijo finalmente—. Y lo peor es que… creo que me estoy enamorando de ti.
Alejandro la miró fijamente, con la seriedad y ternura que lo caracterizaba.
—Yo también —confesó—. Y eso me asusta… pero al mismo tiempo, me hace sentir vivo.
El ambiente estaba cargado de electricidad, y la lluvia parecía acompañarlos, creando un momento casi mágico. Diego dormía dentro, ajeno a la intensidad del momento, protegido y seguro. Mariana y Alejandro se acercaron, tomados de la mano, conscientes de que lo que había comenzado como un juego se había convertido en una realidad inesperada y prometedora.
Salieron al jardín bajo la lluvia, dejando que el agua empapara sus ropas y mezclara sus miedos con sus esperanzas. Mariana apoyó la cabeza en el hombro de Alejandro y respiró profundamente.
—Un día… cambió nuestras vidas —susurró.
—No solo un día… toda nuestra vida —respondió él, apretando su mano con firmeza.
La lluvia continuó cayendo, pero por primera vez, Mariana no sintió frío ni soledad. La ciudad seguía su ritmo caótico, pero para ellos, el mundo se había reducido a un instante perfecto: amor, esperanza y confianza.
El día terminaba, pero el futuro comenzaba, y aunque la vida seguía siendo incierta, Mariana sabía que, junto a Alejandro y Diego, había encontrado un hogar y una familia que no esperaba, pero que siempre había soñado.
‼️‼️‼️Nota final para el lector: Esta historia es completamente híbrida y ficticia. Cualquier parecido con personas reales, hechos o instituciones es pura coincidencia y no debe interpretarse como un hecho periodístico.
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